Marta - Tacercamos dun bolao
Manuel dio un paso adelante y, sin previo aviso, envolvió a Marta en un abrazo de esos que te dejan sin aliento, un abrazo de oso, sincero y rudo, que olía a campo y a verdad. La soltó y le puso las manos en los hombros, mirándola fijamente.
—**Bueno, chavales. Aquí os quedáis... yo arreo ya, que deben ser las mil** —anunció Manuel, recuperando su tono de voz de mando—. **Os quedáis bien acompañados ambos. Marta, cuídamelo, espero verte por aquí de nuevo. Ya siento el espectáculo, no era mi intención remover cosas... Este es un tío elegante, demasiado muchas veces, pero gente... boh, no hay otro como él. La gente en el pueblo lo quiere "muchísmo". Ayuda a tol que puede. Boh...**
Él miraba al suelo, removiendo una piedra invisible con la puntera de la zapatilla, abrumado por el elogio público de su mejor amigo.
—**Ya sé que solo trabajáis juntos y eso, pero lo dicho... cuídamelo** —remató Manuel con un guiño que invalidaba totalmente la excusa del "trabajo".
—**Anda, anda, tira... "Caminomafecta", te voy a llamar así ahora** —le soltó él a su amigo, intentando romper el momento sentimental con un poco de sorna—. **Que me has dado la tarde, mecagüenla... Anda, ¿te llevo de un boleo a casa o qué?**
Se giró hacia ella con una mirada suave, invitándola a sumarse al trayecto corto por el pueblo.
—**Marta, ¿vienes?**
—**¡Claro! Vamos** —contestó ella al instante, cogiendo su chaqueta.
—**N’ace falta que m’acerques, tranquilo anda** —refunfuñó Manuel, haciendo gala de esa testarudez de pueblo que le impedía aceptar favores después de haber bebido un par de cervezas.
—**Tira anda, que te llevo, que vas un poco pimplao, a ver si mañana vas a estar por ahí esperrencao o algo** —insistió él, empujándole cariñosamente hacia la salida.
Marta, contagiada por el ritmo y la jerga de los dos amigos, soltó de repente con una gracia natural que dejó a Manuel petrificado:
—**Eso, Manué... ¡que t’acercamos d’umbolao!** —exclamó ella, forzando un acento de campo exageradamente marcado, con esa "s" aspirada y la terminación brusca.
Manuel se detuvo en seco en el umbral de la puerta, girando la cabeza lentamente para mirar a Marta. La miró de arriba abajo, asimilando que una modelo de ciudad acababa de hablar como si llevara toda la vida vendiendo miel en la plaza del pueblo. Se quedó un segundo procesando el "shock" cultural y luego miró a su amigo, que no podía ocultar una sonrisa de orgullo absoluto.
—**Compañeros de trabajo... Boh...** —murmuró Manuel entre dientes mientras bajaba los escalones del porche—. **"T'acercamos d'umbolao", dice... ¡manda cojones con la socia!**
Él soltó una carcajada limpia y cerró la puerta de casa, siguiendo a Manuel y a Marta hacia el coche. La tensión se había evaporado y ahora solo quedaba la complicidad de los tres bajo el frío de la sierra, mientras Manuel seguía mascullando tonterías sobre "compañeros" y "mucha puntería" camino del coche.
Manuel se peleó un poco con la puerta trasera, mascullando porque a él lo de ir de "paquete" le sentaba como un tiro al orgullo. Al final se encajó en el asiento de atrás, ocupando casi todo el espacio con sus hombros de albañil.
—**Ahí te pones, Bartolo** —le soltó él con una sonrisa, ajustándose el cinturón mientras arrancaba el motor.
—**Sí, "k’ailante" en el Subaru este matocino...** —gruñó Manuel desde la penumbra del asiento trasero, dándole un par de palmaditas al respaldo con desprecio cariñoso.
—**¿Subaru?** —preguntó Marta, frunciendo el ceño y mirando el logo del volante, que claramente no era un Subaru.
—**Sí, déjalo...** —respondió él con un suspiro de resignación—. **Se ha empeñado en que cambie este coche, que tiene más años que yo. Si vas encantao aquí, Manué...** —dijo elevando un poco la voz hacia atrás.
—**Boh... "encantao" dice. Tie' esto más años que el río. Pero va bien, va bien...** —concedió Manuel, aunque ya se le empezaba a notar que el vaivén del coche y el calor de la calefacción estaban haciendo estragos.
Marta observaba a Manuel por el retrovisor, alucinada con la rapidez con la que el alcohol y el bajón de adrenalina le estaban pasando factura.
—**Joder, cómo va, ¿no?** —le susurró ella a él—. **Si ha bebido poco, ¿no?**
—**Bueno, poco, poco...** —contestó él en voz baja, manejando con suavidad por las calles estrechas del pueblo—. **Al menos no se mete con nadie nunca. Solo le da por decir bobadas... Me da a mí que este, mientras hacía la cena, ha tomado "jarabe" a base de bien en la cocina.**
Desde atrás, como un eco lejano y pastoso, llegó la voz de Manuel que seguía procesando su fascinación por la invitada.
—**Boh... La Marta... casi ná... más majica... boh** —iba diciendo entre dientes, medio adormilado contra la ventanilla.
Llegaron a la puerta de la casa de Manuel, una construcción de piedra sólida, como él. Él detuvo el coche con suavidad y se giró para ver a su amigo.
—**¡Ale! ¡Aaaparcao!** —anunció con energía para espabilarlo—. **¡Mañana a currar como un campeón! Hasta mañana, Manuel.**
Manuel tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo, recuperó la lucidez justa para dar el último "mitin" de la noche. Abrió la puerta, sacó una pierna con dificultad y se apoyó en el marco del coche, mirando a Marta con una ternura borrachuza que resultaba casi entrañable.
—**Hasta mañana, artistas...** —dijo con la voz ronca—. **Marta... te tengo calá. Eres una maestra. Me has encandilao. Cuídamelo a este, corazón.**
Cerró la puerta de un empujón y se quedó ahí plantado, saludando con la mano de forma torpe mientras ellos arrancaban de nuevo. Se quedaron los dos solos en el silencio del habitáculo, con el motor ronroneando y el rastro de la última frase de Manuel flotando en el aire. Él miró a Marta de reojo, sintiendo que, después de toda la tormenta de Manuel, por fin volvía la calma, pero una calma mucho más eléctrica que la de antes.
Él detuvo el coche en un semáforo vacío y aprovechó para girar la cabeza. La luz tenue del cuadro de mandos iluminaba el perfil de Marta, que le observaba con una sonrisa ladeada, cargada de una ironía tierna, como diciéndole sin palabras: *“Vaya mal rato te ha hecho pasar tu amigo, ¿eh, Spiderman?”*.
Él resopló, negando con la cabeza pero con una sonrisa de derrota.
—**Sí, lo sé... Rescato gatos y... alguna persona, o personaje como este** —soltó con un tono de fingida indignación—. **Vaya tarde nos ha dado.**
Hizo una pausa, suavizando el gesto mientras metía primera.
—**Pero en fin. En el fondo es un trozo de pan, siempre atento y es un buen tío. Pero cuando se echa cuatro tragos, pues ya ves, se pone un pelín pesadete.**
—**Es majo...** —respondió ella, acomodándose en el asiento y mirando por la ventanilla el rastro de las farolas—. **Me ha caído bien. Un poco bruto, pero majo.**
—**Sí, sí... Bueno, tú qué vas a decir si a ti te ha puesto en un pedestal: "Boh, la Marta, la Marta"... madre mía** —la imitó él con una voz ronca y cerrada, clavando el acento de Manuel.
—**¡Jajaja! Qué bien lo imitas. ¡Qué cabrón!** —Marta soltó una carcajada limpia, relajándose por completo.
El viaje de vuelta era un poco más largo de lo habitual. Él, de forma casi instintiva, se desvió de la carretera principal. Quería recuperar la magia que la irrupción de Manuel había desordenado. Se dirigían a uno de sus rincones preferidos, un mirador natural donde el silencio mandaba y donde solía refugiarse para pensar cuando el mundo pesaba demasiado. La magia seguía ahí, intacta, esperando a ser compartida.
Marta, sin embargo, iba sumergida en sus propios pensamientos. Le daba vueltas a la reacción de Manuel. Le inquietaba ese dolor residual por la "Ex" problemática. Le había impresionado la integridad de él al defender a alguien que no estaba presente, pero sabía por experiencia que esas batallas dejan cicatrices invisibles. Te vuelven más cauto, más defensivo, o simplemente te dejan una mella difícil de rellenar.
—**¿Todo bien, Marta? Vas muy callada...** —le preguntó él, rompiendo el hilo de sus pensamientos.
—**Sí, sí, todo bien. Solo iba pensando...**
—**Ya imagino... Entiendo que haya habido algo quizá un poco inquietante en lo que haya podido decir este neandertal. Pero todo está bien...**
Marta le miró de reojo, sorprendida. La facilidad que tenía para leerla, para detectar sus nubarrones mentales, la desarmaba por completo. Parecía que le leía el pensamiento sin esfuerzo.
—**A este, cuando se le cruza una birra, dice cosas un poco sin sentido...** —siguió él, intentando restarle peso al asunto con una sonrisa—. **Pero es lo que hay, jejeje.**
Era abrumador. No se conocían de nada y, en menos de cuarenta y ocho horas, parecía que habían hecho un máster en conocerse. Había un imán invisible que les empujaba a comprenderse con una precisión que asustaba.
—**Te quiero enseñar un sitio..., verás. Te va a encantar, que está la noche preciosa** —dijo él, bajando el tono de voz—. **Ya sé que se ha hecho tardísimo... pero me apetece enseñártelo.**
Hizo una pequeña pausa, calculando la logística de la noche. Ella vivía en la ciudad, a una hora de distancia, y su coche estaba allí. Llevarla y volver supondría otras dos horas de carretera en plena madrugada.
—**Ya nos apañaremos luego en casa para dormir, porque a estas horas no sé si nos da tiempo de ir hasta tu casa...** —lanzó él, tanteando el terreno con cautela.
Ella se limitó a mirarle, con una serenidad que terminó de borrar cualquier duda.
—**No me preocupa** —sentenció ella.
Esas tres palabras cayeron en el habitáculo del coche como una declaración de intenciones. No le importaba la hora, ni la logística, ni la falta de sueño. Lo único que importaba era el trayecto, el mirador que estaba por venir y la extraña certeza de que, pasara lo que pasara, estaba exactamente donde quería estar.
El coche abandonó el asfalto para adentrarse en un camino de tierra que crujía suavemente bajo los neumáticos, hasta que finalmente se detuvo. Al apagar el motor, el silencio no fue un vacío, sino una presencia física; una calma tan profunda que parecía que el mundo entero se hubiera quedado en pausa solo para ellos.
Era un lugar elevado, donde la civilización era apenas un puñado de luces titilantes a lo lejos, en el valle. La oscuridad era total, pero de una pureza que permitía que la Vía Láctea se desplegara sobre sus cabezas como un manto de diamantes derramados. No se oía nada, ni siquiera el viento, solo el suave "clic" del metal del motor enfriándose.
Él abrió la puerta y salió del coche con movimientos lentos, como si no quisiera despertar a la noche. Se alejó unos pasos hacia el borde del mirador natural y, de espaldas a Marta, **estiró los brazos al máximo**, abriéndolos como si quisiera abarcar todo el horizonte, y echó la cabeza hacia atrás para clavar la vista en el infinito estrellado.
Marta bajó del coche y se quedó apoyada en la puerta, observando esa silueta recortada contra el cosmos. Él inspiró hondo, llenando los pulmones de ese aire gélido y limpio que sabía a libertad, y tras un largo suspiro de alivio, bajó los brazos y dijo con una voz que sonó a paz recuperada:
—**Bueno...**
Esa palabra, tan sencilla, lo decía todo. Era el final del ruido de Manuel, el final de la tensión del día, el final de las dudas. Era su forma de presentarle su templo, su lugar de seguridad.
—**Aquí es donde vengo cuando necesito recordar que somos un suspiro en mitad de la nada** —continuó, dándose la vuelta para mirarla a ella, con los ojos brillando bajo la luz de las estrellas—. **Y que, a veces, un suspiro es más que suficiente si se da en el momento adecuado.**
Se quedó esperándola, invitándola con la mirada a que se acercara y se olvidara por un momento de la ciudad, de los trabajos y de los hijos que no tenía. Solo ellos dos y ese silencio absoluto que, por primera vez en mucho tiempo, no le resultaba solitario.
Él notó que ella se había quedado un poco rezagada junto a la puerta del coche, mirando hacia el suelo con precaución. En la oscuridad casi total, la falta de referencias visuales hacía que cualquier desnivel pareciera un abismo, y Marta, aunque valiente para muchas cosas, sentía ese pequeño hormigueo de vértigo recorriéndole las piernas.
—**Oye... ¿está muy alto esto?** —preguntó ella con un hilo de voz, sin atreverse a dar un paso en falso—. **Es que me da un poco de yuyu... no veo ni dónde piso y las alturas me imponen un poco.**
Él soltó una risita suave, una de esas que transmiten una confianza absoluta. Dio un par de pasos hacia ella, recortando la distancia hasta que pudo ver el brillo de sus ojos preocupados. Con un movimiento lento y seguro, **le tendió la mano**, dejando la palma abierta hacia arriba, esperando a que ella se refugiara en su agarre.
—**No tengas miedo** —le dijo con una voz aterciopelada, firme como la roca que pisaban—. **Estoy aquí. Te tengo yo.**
Marta dudó un segundo, pero acabó deslizando su mano en la de él. El contraste de la piel fría de ella con el calor de la mano de él fue como un interruptor. Él cerró los dedos con firmeza, asegurando el contacto.
—**Confía en mí** —siguió él, tirando suavemente para invitarla a caminar—. **Sé perfectamente dónde termina el suelo. No vamos a ir al borde, solo quiero que sientas el aire aquí arriba. Ve despacio, yo soy tus ojos ahora mismo.**
Ella fue dando pasos cortos, dejándose guiar, notando cómo la tensión de sus hombros desaparecía al sentir la fuerza de su brazo. La oscuridad, que antes le parecía una amenaza, empezó a volverse acogedora gracias a esa mano que no la soltaba.
—**¿Ves?** —susurró él cuando se detuvieron a una distancia prudencial del borde—. **Ya estás aquí. Respira... nota cómo huele a tomillo y a noche limpia. Aquí no hay facturas que pagar, ni prisas, ni nada que nos pueda caer encima. Solo estamos nosotros y ese silencio que tanto me gusta.**
Marta suspiró, apretando un poco más su mano, sintiéndose extrañamente a salvo en mitad de la nada más absoluta. Aquel "yuyu" se había transformado, casi sin darse cuenta, en una sensación de protección que nunca antes había experimentado.
Él la guio con suavidad, notando cómo ella apretaba los dedos contra su palma, buscando un anclaje. Se detuvieron donde el suelo era firme, pero la sensación de inmensidad seguía siendo sobrecogedora.
—**Mucha gente vendría aquí y se pondría a gritar** —empezó él con voz baja, casi en un susurro, mientras miraba hacia el horizonte invisible—. **Creen que soltando aire y ruido se liberan las tensiones. Pero mi ritual es justo al revés.**
Hizo una pausa y la miró de reojo. Ella no apartaba los ojos de él, hipnotizada por sus palabras.
—**Yo me concentro en escuchar el silencio** —continuó él—. **Es como intentar eliminar los pensamientos, esos que enturbian lo que realmente es importante. Fuera malos rollos... cualquier cosa desagradable que haya pasado. Es como tirar a la papelera los archivos que no sirven. Llega un punto en el que comienzas a escuchar la nada... el silencio puro. Y ahí es cuando te encuentras.**
Marta le escuchaba emocionada, sintiendo cómo sus palabras le acariciaban el alma. Sin embargo, el instinto de supervivencia le hizo dar un pequeño respingo; el vacío estaba ahí, oculto por la negrura, y el miedo al precipicio seguía latiendo en su pecho. Él, que parecía tener un radar para sus emociones, notó esa ligera rigidez en su brazo.
Con un movimiento protector, la empujó suavemente un poco más hacia adentro, alejándola unos metros de la caída.
—**¿Aquí mejor?** —le preguntó con dulzura.
—**Sí... pero no me sueltes** —respondió ella, casi en un ruego, aferrándose a su mano como si fuera su único cable a tierra.
Él se detuvo y se giró por completo para quedar frente a ella. La luz de la luna apenas perfilaba sus rostros, pero la intensidad de su mirada era suficiente para iluminar el momento. Le sostuvo la mano con una firmeza que iba mucho más allá de evitar que se cayera.
—**No te suelto** —le dijo mirándola fijamente a los ojos—. **No te soltaré.**
Sus palabras flotaron en el aire con un peso distinto. No hablaba solo del precipicio físico; era una promesa silenciosa, un juramento de que no dejaría pasar ese tren, de que no permitiría que ella se alejara de su vida ahora que la había encontrado.
—**Qué paz...** —susurró ella, dejando que el aire puro de la cumbre le llenara los pulmones—. **Qué maravilla...**
De repente, Marta sintió algo cálido resbalar por su mejilla. **Se le escapó una lágrima**, pero no era de miedo, sino de una plenitud que la desbordaba. Estaba teniendo sensaciones que jamás habría imaginado. Él estaba rompiendo todos sus esquemas, capa por capa. Sentía que el hombre que la sujetaba no la admiraba solo por su cara bonita o su cuerpo perfecto, sino que veía lo que había dentro.
Sentía que estaban compartiendo una frecuencia, un lenguaje de sentimientos y sensaciones que ella misma desconocía que poseía hasta ese preciso instante. En mitad de la oscuridad más absoluta, Marta nunca lo había visto todo tan claro.
Marta sintió que las piernas le flaqueaban un poco, no por el cansancio, sino por la intensidad de todo lo que estaba procesando. Necesitaba tocar tierra, sentir la solidez del monte bajo ella para terminar de aterrizar en ese momento tan irreal.
—**¿Nos sentamos?** —le pidió en un susurro, tirando suavemente de su brazo hacia abajo.
Él asintió y, sin soltarle la mano ni un segundo, la ayudó a bajar hasta que ambos quedaron sentados sobre la roca fría, protegidos por la silueta del Subaru que descansaba a unos metros. Se acomodaron de cara al fondo del valle, donde las luces de los pueblos lejanos parecían brasas de una hoguera que se resistía a morir en la inmensidad de la noche.
Marta, dejándose llevar por un instinto de confianza absoluta, **buscó el hueco de su hombro y apoyó la cabeza sobre él**. Fue un gesto natural, sin pretensiones, como si ese lugar hubiera sido diseñado exclusivamente para que ella encajara allí.
Él respondió rodeándola con el brazo, pegándola un poco más a su costado para protegerla del frío que empezaba a arreciar. Desde esa posición, el precipicio ya no daba miedo; ahora era simplemente un escenario grandioso que enmarcaba su silencio.
—**Es increíble...** —murmuró ella, sintiendo el latido del corazón de él a través de la chaqueta—. **Desde aquí abajo todo parece tan pequeño. Los problemas, las prisas... hasta Manuel parece que ha sido hace una eternidad.**
Él no contestó con palabras. Se limitó a apoyar su mejilla sobre el pelo de ella, respirando su aroma y contemplando cómo la oscuridad del valle se fundía con el horizonte. En ese rincón del mundo, el silencio que él tanto le había ensalzado ya no era algo que tenían que buscar: era algo que estaban construyendo juntos.
Marta cerró los ojos un instante, disfrutando de la seguridad de ese hombro y de la mano que seguía entrelazada con la suya. En ese momento, el valle podía ser el fin del mundo o el principio de todo, y a ella, por primera vez en su vida, no le importaba no tener el mapa de lo que vendría después.
Después de unos minutos en los que el tiempo pareció detenerse, él notó cómo un escalofrío ligero recorría el brazo de Marta. El aire de la montaña no perdonaba, y la humedad de la madrugada empezaba a calar en la ropa. Con un movimiento suave, casi pidiendo permiso al silencio para romperlo, empezó a incorporarse.
—**Ale... vamos para abajo poco a poco, que aquí empieza a hacer fresquete** —dijo él, ofreciéndole ambas manos para ayudarla a levantarse del suelo pedregoso.
—**Sí...** —respondió ella con un suspiro, estirando las piernas y sacudiéndose un poco el polvo, aunque le costaba desprenderse de la paz de aquel rincón.
Él no la soltó hasta que estuvieron de nuevo junto al coche. La guio con el mismo cuidado que antes, atento a cada piedra del camino, hasta que ambos estuvieron instalados en el calor del habitáculo. Al cerrar las puertas, el sonido del mundo exterior desapareció, dejando solo el murmullo bajo del motor al arrancar.
Empezaron a bajar por la pista de tierra con una lentitud reverencial. Los faros del coche cortaban la oscuridad, dibujando sombras alargadas entre los pinos y las rocas. Ella miraba por la ventana, viendo cómo el mirador se perdía en la altura, guardando el secreto de lo que acababa de pasar allí arriba.
Al alcanzar la carretera secundaria, el asfalto trajo consigo una suavidad que invitaba al sueño. No hablaban; no hacía falta. La música de la radio estaba tan baja que era casi imperceptible, dejando que el ritmo de los neumáticos contra el suelo fuera la única banda sonora.
En poco rato, las siluetas familiares de la casa de piedra aparecieron entre la penumbra. Él detuvo el Subaru frente a la entrada, apagó las luces y se quedaron un segundo en penumbra, asimilando que el viaje —el físico y el emocional— les había traído de vuelta a un lugar que, aunque era el mismo de la tarde, ahora se sentía completamente distinto.
Comentarios
Publicar un comentario