Marta - Su mejor amigo quiere conocerla

 Él conducía con una mano en el volante y la otra gesticulando con naturalidad, quitándole hierro al asunto de su "humildad" mientras encaraban la última subida hacia el pueblo.

—Mira, tampoco me malinterpretes, que no soy un neandertal que bebe agua de los charcos ni duerme sobre piedras —decía él con una risita, mirándola de reojo—. Me gusta vivir bien, pero mis lujos son otros. Ya viste el baño esta mañana... No es que sea un metrosexual, pero me gusta cuidarme. Lo que pasa es que prefiero gastarme el dinero en un buen equipo de montaña o en un colchón que te arregle la espalda, que en una lámpara de diseño que solo sirve para acumular polvo.

Cuando aparcaron frente a la casa de piedra, Marta la miró con otros ojos. Por la mañana, con las prisas de salir a correr y el caos del desayuno, apenas se había fijado. Ahora, con la luz de la tarde, la casa se veía sólida, honesta. Al entrar, el olor a madera limpia y a hogar la recibió de inmediato.

No había muebles de catálogo. Se notaba que él, sin ser un carpintero experto, le había echado horas a la casa. Había una estantería de madera maciza un poco irregular pero robusta, llena de libros técnicos y novelas; una mesa de centro hecha con un palé perfectamente lijado y barnizado, y las paredes estaban pintadas con un tono cálido que él mismo había aplicado. Todo estaba en su sitio, impecable, demostrando que no era el típico "jipi" descuidado que vive entre el desorden.

—Casi todos los lunes por la tarde viene mi mejor amigo —comentó él mientras dejaba las llaves en un cuenco de cerámica—. Nos echamos unas risas, arreglamos el mundo y, si la cosa se alarga, se queda a cenar. Es un ritual que me mantiene cuerdo entre tanta empresa de cristal.

De repente, el ambiente cambió. El peso de la noche que se avecinaba cayó sobre sus hombros. Él empezó a dar vueltas por el salón, rascándose la nuca, mientras los gatos, Nube y Carbón, se paseaban por sus piernas reclamando atención. El "asunto pendiente" seguía ahí, pero la logística de la pernocta le estaba bloqueando el procesador.

—Que a todo esto... —empezó a decir él, deteniéndose en seco y mirándola con una mezcla de duda y torpeza—. Cuando me digas... te llevo a casa, o quédate... esto... no sé... em...

Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la cocina, hablando para sí mismo en un susurro que Marta alcanzó a oír perfectamente:

—Dios, seré imbécil... —susurró, entrando en modo pánico logístico mientras visualizaba los escasos metros cuadrados de su dormitorio.

Su cama era de 1,50 m. Una medida estándar, cómoda para él, pero que ahora le parecía un ring de boxeo demasiado estrecho para compartir con una mujer que, aunque sentía que conocía de toda la vida, seguía siendo una "casi desconocida" en el terreno del sueño compartido.

Volvió al salón, se detuvo frente a ella y soltó un suspiro de rendición.

—Mira, te diría de... bueno, sí. Si te quedas, yo duermo en el sofá y tú en mi cama. No es negociable —dijo señalando hacia el pasillo—. El colchón es nuevo y me costó un huevo de la cara... vamos, que después de pagarlo casi soy un eunuco —bromeó para relajar la tensión—. Así que al menos que alguien lo aproveche esta noche como Dios manda. Yo en el sofá estoy acostumbrado, a veces me quedo frito aquí viendo documentales.


Ella le observaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa que se le ensanchaba por momentos. Le veía dar vueltas como un león enjaulado, balbuceando sobre colchones y sacrificios de eunuco, y no podía evitar que la risa le burbujeara en el pecho. Le resultaba fascinante ver cómo aquel tío que se enfrentaba a directivos de multinacionales con una seguridad aplastante, se deshacía ahora en dudas por un par de metros de colchón.

—No pensaba irme... —soltó ella de repente, cortando sus nervios de raíz.

Él se detuvo en seco, con la mano aún en la nuca, mirándola como si no acabara de procesar la información.

—Me apetece conocer a tu amigo —continuó ella, relajada, dando un paso hacia el centro del salón—. Además, no tengo nada que hacer en mi casa y no me espera nadie. De momento, con el trabajo solo tengo que ir de vez en cuando a alguna sesión de fotos aburrida, pero bueno... es lo que me da de comer para pagar el alquiler.

Él la miró de arriba abajo, totalmente perplejo. No terminaba de cuadrarle la imagen de la modelo de éxito con esa confesión tan terrenal.

—¿Y rechazas el pastizal de la agencia de antes e irías así de justa? —preguntó él, genuinamente extrañado, casi sin creerse que alguien pudiera tener las prioridades tan "al revés" que él—. Me refiero a que podrías tener el alquiler pagado de tres años con lo que decía ese correo...

Marta se acercó un poco más a él, lo suficiente para que él notara de nuevo ese perfume que ya empezaba a asociar con el peligro y la calma a partes iguales. Se detuvo a escasos centímetros y, con una lentitud deliberada, le sostuvo la mirada antes de soltar la carga de profundidad.

—Tengo algo en mente... —le dijo ella, bajando el tono de voz y guiñándole un ojo con una picardía que lo decía todo sin decir nada.

El efecto fue inmediato. Él, que presumía de estar curtido en mil batallas y de no ser un "neandertal", sintió cómo el calor le subía de golpe por el cuello hasta las orejas. Se puso completamente rojo, de un tono que casi rivalizaba con las brasas que habían dejado atrás en el asador. Se quedó mudo, con la boca entreabierta, intentando asimilar que ella no estaba allí por la montaña, ni por los asesoramientos, ni por el aire puro... sino por él.

—Yo... esto... —balbuceó él, rompiendo el contacto visual un segundo para mirar a los gatos, que parecían disfrutar de su humillación—. Vale. O sea, que el plan sigue en pie. Sofá para mí, cama para ti y... mentes peligrosas para ambos.

Marta soltó una carcajada limpia, disfrutando de haberle roto los esquemas una vez más.

—No te preocupes por tu hombría, eunuco —bromeó ella, dándole un toquecito juguetón en el brazo mientras pasaba por su lado hacia la cocina—. Vamos a ver qué tienes en esa nevera de hombre soltero y apañado, porque si tu amigo viene mañana, habrá que empezar a planear algo, ¿no?

Él se quedó ahí parado un segundo más, intentando que el pulso le bajara de las doscientas pulsaciones, mirando cómo ella se movía por su casa con una naturalidad que le asustaba y le encantaba a partes iguales.


Él se llevó las manos a la cara, frotándose los ojos mientras soltaba una risotada nerviosa que mezclaba el alivio con el despiste más absoluto. El efecto del guiño de Marta todavía le tenía el cerebro a medio gas, pero sus palabras sobre el "mañana" le devolvieron a la realidad de golpe.

—Que mañana... ¡que viene hoy! —exclamó él, señalando el calendario imaginario en el aire con un dedo—. Que hoy es lunes, Marta. Madre mía... veo que no soy el único que ha perdido la noción del tiempo entre tanto wasabi, tanta montaña y tanta multinacional.

Se apoyó en la encimera, mirándola con una mezcla de disculpa y diversión. La idea de tener a su mejor amigo allí en unos minutos, mientras ella estaba en su cocina con esa energía de "tengo algo en mente", le parecía el colmo de la comedia de enredos en la que se había convertido su vida en las últimas 48 horas.

—Mira, si quieres le digo que lo dejamos para otro día y listo —propuso él, ya con el móvil en la mano—. No le importará lo más mínimo, vive aquí al lado y le cuesta quince minutos venir. Solo tengo que decirle que... no sé, que me ha salido un "asesoramiento de urgencia".

Justo cuando estaba a punto de desbloquear la pantalla, el sonido seco de unos nudillos golpeando la madera de la puerta principal retumbó en toda la casa.

¡Toc, toc!

Él se quedó congelado, con el pulso acelerado y mirando a Marta como si acabaran de pillarlos haciendo algo ilegal.

—Demasiado tarde —susurró él, encogiéndose de hombros con una sonrisa de culpabilidad—. Ese es el "neandertal" de mi amigo. Ahora sí que no hay escapatoria... Prepárate, porque si yo te parezco raro, este te va a terminar de confirmar que en este pueblo no estamos muy cuerdos.

Se encaminó hacia la puerta, lanzándole una última mirada de reojo a Marta, mitad advertencia, mitad fascinación, antes de abrir y dejar pasar al tercer protagonista de la tarde.


Marta se detuvo en seco, borrando la sonrisa juguetona de antes. Le miró directamente a los ojos, con una seriedad que lo desarmó por completo.

—¿Quién ha dicho que me parezcas raro? —soltó ella, con un tono un poco enfadado, casi ofendida por el comentario—. No pienso eso de ti en absoluto, ni se te ocurra volver a decirlo.

Él se quedó mudo, tragando saliva. No esperaba esa defensa tan directa de su forma de ser. Pero antes de que pudiera balbucear una disculpa, los golpes en la puerta se repitieron y no tuvo más remedio que ir a abrir, todavía con el cuerpo un poco cortado por el tono de ella.

—¡Ey, qué pasa tron! —exclamó él al abrir, forzando la voz para recuperar el tono habitual.

—Qué tal, tío. Mira, esta es Marta —dijo él, señalando hacia el salón donde ella esperaba.

—Tu chica —interrumpió el recién llegado sin dejarle terminar, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Mi chica? No, no, es una amiga. Una compañera de...

—¡De mis cojones! —soltó el amigo soltando una carcajada sonora que llenó el recibidor—. ¿Desde cuándo traes tú a nadie a esta casa? Jaja, anda, anda... no me vengas con milongas.

El amigo se adelantó, dejando a "Spiderman" con la palabra en la boca y cara de querer que la tierra se lo tragara.

—Hola, Marta, soy Manuel... —le dijo dándole dos besos con una cortesía algo ruda pero sincera—. Encantado. Lamento decirte que este cantamañanas nunca me ha hablado de ti. Se cree que he nacido esta mañana, el muy lila.

—Es una compañeeeera, no toques los cojones, anda... —refunfuñó él, empujando a Manuel suavemente hacia el interior—. Píllate lo que te dé la gana de la nevera. Y trae algo para picar, anda, que parece que solo vienes a dar el mitin.

Manuel se fue hacia la cocina entre risas, tarareando una canción absurda y soltando algún que otro comentario sobre "las sorpresas que da la vida". Él se quedó allí, parado frente a Marta, sin saber muy bien dónde meterse mientras escuchaba a su amigo abrir cajones y cantar sandeces.

—Dios, qué tontolaba es... —le susurró a Marta, totalmente superado por la situación.

Marta, que había estado aguantando el tipo frente a Manuel, no pudo más. Soltó una carcajada limpia, de las que salen del alma, viendo la escena.

—¡Jajajajaja! —Marta se partía, señalándole con el dedo—. ¡Estás hiper colorado, jajajajaja!

Él se llevó las manos a las mejillas, que efectivamente ardían como si estuviera frente a una hoguera. La seguridad de la montaña y la templanza frente a los directivos habían desaparecido por completo delante de su mejor amigo y de la mujer que acababa de llamarle "socio" y "eunuco" en la misma tarde.


Marta seguía riéndose, disfrutando de ver cómo el tipo duro de la montaña se deshacía ante las bromas de Manuel. Se acercó un poco más a él, con esa naturalidad que le estaba desarmando por completo.

—Sí que os lleváis bien, sí... ¿sois pareja o algo? —soltó ella con ironía, viendo la química de piques que tenían.

—Sí, de trapecistas... —refunfuñó él, cruzándose de brazos y mirando hacia la cocina con cara de querer lanzar a Manuel por la ventana por la nota que estaba dando el gilipollas de su amigo.

Marta, al ver que se estaba picando de verdad, suavizó el gesto. Dio un paso hacia él y le puso una mano en el hombro, con cariño.

—Relájate, anda, que no lo ha dicho de mal rollo —le dijo ella en voz baja—. ¿Estás bien, ojazos? —añadió mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar, rompiendo toda su resistencia.

Él suspiró, cerrando los ojos un segundo ante el tacto de su mano. La tensión se le escapó del cuerpo de golpe.

—Sí, sí... tienes razón, estoy un pelín tenso. Perdona mi actitud —contestó él, mucho más suave, rindiéndose a la evidencia de que Marta sabía perfectamente cómo manejarle.

En ese momento, Manuel reapareció desde la cocina haciendo malabares con las latas y las botellas, con una sonrisa de triunfador.

—¡Bueno... aquí traigo vitaminas! —anunció Manuel con voz de locutor de radio—. Aquarius "pal" rarito, cervezuki para la Marta, que ahora iremos conociendooo... ¡y otraaaa "pal" menda!

Él miró la lata de Aquarius con desprecio cómico y miró a su amigo.

—A mí cámbiame el Aquarius por Vodka, que llevo un día...

—¡Anda, vete a tomar por culo, llorón! —le soltó Manuel con esa voz de campo, profunda y bruta, que le salía cuando estaba de broma.

Marta miró la cerveza que le habían puesto delante y luego el reloj.

—Hostia, yo cerveza ahora... Antes de cenar... —dijo ella, dudando.

—¿Te traigo otra "hostia" desas? ¿Un Aquarius quieres? —saltó Manuel con una rapidez mental de espanto, haciéndola reír otra vez.

—Sí, por fa. Gracias —contestó ella.

Manuel no se hizo de rogar y agarró la cerveza de Marta de nuevo.

—La cerveza esa déjala ahí mismo, que me la pimplo yo, que a mí "nomafecta".

—"Nomafecta" dice... ¡hostia Bartolo, que "notafecta"! —le soltó él, ya totalmente relajado y entrando al trapo del pique—. El otro día acabaste guapo. Hoy moderación, por favor, que tenemos invitados.

—Si es por no tirarla... —se justificó Manuel con una lógica aplastante.

Marta, que ya le había pillado el punto al amigo, se metió en la conversación con un guiño:

—Pues no la tires, pero tarda un ratico en bebértela, anda... —le soltó de broma, imitando un poco el tono vacilón de ellos.

Manuel se quedó mirando a Marta un segundo, sorprendido por el "zasca" amistoso, y soltó una carcajada que casi hace que se le caiga la lata.

—¡Jajaja! ¡La Marta de los cojones! ¡Qué pieza te has traído aquí, tío! —exclamó Manuel dándole una palmada en la espalda a su amigo, que casi le saca el aire—. Me gusta esta chica, tiene más peligro que tú en un día de tormenta.


Él sacudió la cabeza, resoplando con una mezcla de vergüenza ajena y cariño, mientras veía a su amigo dar buena cuenta de la cerveza.

—Deja de hacer el anormal, anda, que esta va a pensar que eres lelo —le soltó él, aunque ya se le notaba que el cabreo se le había pasado.

Manuel cambió el chip al instante. Dejó la lata sobre la mesa de palés, se irguió un poco y suavizó el tono, recuperando esa voz de persona civilizada que raramente usaba.

—Jajaja, que estoy de broma, hombre. Si he venido a saludarte, no te piques —contestó Manuel con su voz más normal, casi pareciendo otra persona.

Marta arqueó una ceja, fingiendo una sorpresa mayúscula.

—Hombre, ¡si habla normal! —dijo ella, soltando una risita—. Estaba por ir a por tapones, que me estabas dejando sorda ya...

—Perdónalo... si es que no le da... —añadió él, señalándose la sien con el dedo mientras Manuel ponía cara de "yo no he sido".

Pero Manuel no tardó en volver a la carga, esta vez con curiosidad real. Se sentó en el borde de la silla, apoyando los codos en las rodillas.

—Así que sois compañeros... Vale. ¿De qué? ¿De la mili?

—Vaya, veo que sí que te ha hablado de mí —contestó Marta, lanzándole una mirada rápida a él, recordando cómo se habían conocido en aquel casting.

Él se rió, ya totalmente integrado en la charla de tres.

—Compañeros de trabajo. Tenemos un par de cosillas a medias y la verdad es que pinta bien —siguió él, tratando de sonar profesional aunque la presencia de Marta en su salón le gritara que aquello era mucho más que curro.

Manuel entrecerró los ojos, analizando la escena.

—Ya, pero... escúchame... ¿Desde cuándo traes tú a nadie aquí? —insistió, señalando las paredes de la casa que solía ser un búnker de soltero.

—Pues es algo que me pregunto siempre que vienes, macho... —le devolvió él con rapidez, provocando que Marta soltara un sonoro:

—¡Buuum! —y se partiera de risa—. Jajaja. Nos hemos conocido en una reunión y tenemos grandes cosas en común, laboralmente hablando. Hoy hemos estado con Andes Peak Global y seguramente firmemos algo; aunque sea breve, es un paso enorme.

Manuel se quedó impresionado. Sabía lo mucho que le costaba a su amigo entrar en esos círculos sin perder su esencia.

—Vaya... felicidades. Suena muy bien. Joder, además de guapa hablas muy bien... —dijo Manuel, mirando a su amigo con un respeto nuevo—. Este melón es igual; cuando se pone, se pone... el tío da miedo. Me vais a permitir decir que hacéis buena pareja.

En ese momento, Manuel levantó la lata y bebió un trago largo de cerveza, dejando que el silencio se apoderara del salón durante unos segundos que parecieron eternos. Él se puso rígido y Marta sostuvo la mirada, esperando el remate. Manuel bajó la lata, se limpió la espuma de la boca y añadió con una sonrisa de tiburón:

—Laboralmente hablando, claro está...


Él sintió cómo la tensión volvía a subirle por la nuca ante la pausa dramática de Manuel, pero esta vez no dejó que los nervios le traicionaran. Sabía que si se quedaba callado, su amigo le comería el terreno, así que tiró de esa seguridad que usaba cuando tenía que guiar a alguien por un paso difícil en la montaña.

Se levantó del sofá con una agilidad felina, dándole un par de palmaditas rápidas a Manuel en el hombro para cortarle el rollo.

—Bueno, pues laboralmente hablando... —empezó él, arqueando una ceja con una mezcla de autoridad y guasa—, aunque no tenga el más mínimo ápice de parecer ni siquiera ser o interpretar algo similar a lo laboral... ¡vamos a hacer la cena!, que tengo hambre. La ronda de preguntas se acabó.

Salió airoso del aprieto con una pirueta verbal que dejó a Manuel con la palabra en la boca, recurriendo a lo único que siempre ponía orden en esa casa: el estómago.

—Ya quisieras tú... —soltó Manuel, sin dejarse amedrentar, recuperando esa voz de garrulo profunda mientras le señalaba con el dedo y se reía—. ¡Ya m'enteraré ya! ¡Ya m'enteraré! Jajajaja.

—Hostia, qué bobo eres, macho... —dijo él, pero esta vez con una carcajada de verdad, relajado al ver que el interrogatorio de tercer grado había derivado en el cachondeo de siempre.

Marta, que había estado observando el duelo de puyas con una sonrisa divertida, se levantó también. Se estiró un poco, notando el cansancio del día en los hombros, y miró hacia la cristalera que daba al porche. El cielo del pueblo ya se había teñido de un azul oscuro casi negro, y el aire fresco de la sierra llamaba a la puerta.

—Yo me salgo fuera un rato para ver las estrellas —dijo ella, lanzándole una mirada a él que era un oasis de calma en mitad del alboroto de Manuel—. Avisadme cuando la "junta de accionistas" haya decidido qué se cena.

Él la siguió con la mirada mientras ella cruzaba el salón con esa elegancia natural. Se quedó un segundo embobado viendo cómo se recortaba su silueta contra la luz del exterior, hasta que el codazo de Manuel en las costillas le devolvió a la tierra.

—Venga, tira "pal" fuego, Spiderman, que las estrellas no se comen —le susurró su amigo con un guiño, mientras él se iba hacia la cocina pensando que, definitivamente, ese lunes no se parecía a ningún otro lunes de su vida.


Él se detuvo en seco camino de la cocina, sintiendo cómo el mote le golpeaba en la nuca como una piedra. Se giró hacia Manuel con una cara de póker que no engañaba a nadie, intentando mantener la compostura mientras Marta ya estaba al otro lado del cristal, a salvo del interrogatorio.

—¡Qué Spiderman ni pollas! —soltó él, subiendo un tono el volumen para ocultar el nerviosismo, mientras empezaba a sacar trastos de la nevera con más ruido del necesario.

Pero Manuel, que tenía un máster en pillar mentiras, no iba a soltar el hueso tan fácilmente. Se apoyó en el marco de la cocina, cruzando los brazos y disfrutando del momento.

—Esta t'ha llamao antes así, jajaja —se mofó Manuel, soltando una risotada que resonó en los azulejos—. ¿Por qué t'ha llamao eso? ¿Qué pasa, que te has puesto a trepar por las paredes o qué?

Él sintió un calor repentino recorriéndole la espalda. El recuerdo de las rayas en los ojos, el disfraz improvisado, el momento del desayuno samurái y todo el juego de rol que se traían desde que se conocieron le pasó por la cabeza como una película a cámara rápida.

—Ah, yo qué sé... ni me he enterado —mintió descaradamente, encogiéndose de hombros mientras se concentraba intensamente en examinar un trozo de queso—. Dirá tonterías... ya sabes cómo son las de ciudad, que se piensan que por vivir en el monte uno es un superhéroe.

«Joder que no me he enterado...», pensó para sus adentros con un nudo en el estómago, «y menuda historia hay detrás de ese Spiderman».

Se imaginó por un momento explicándole a Manuel —el tío más bruto del pueblo— lo del lazo rosa, el eyeliner y la complicidad de aquel casting, y estuvo a punto de soltar una carcajada de puro estrés.

—Ya, ya... "ni me he enterado" —repitió Manuel imitando su voz con un tono agudo y burlón—. A otro perro con ese hueso, chaval. Que a ti se te nota la telaraña desde aquí.

—¡Tira a poner la mesa y cállate ya, anda! —le cortó él, dándole la espalda para que su amigo no viera que, una vez más, se le estaba escapando una sonrisa de medio lado al pensar en la dueña del mote, que ahora mismo estaba ahí fuera, bajo el cielo estrellado, esperando a que el "superhéroe" terminara de hacer la cena.


Manuel, que bajo toda esa capa de bruto tenía más puntería de la que aparentaba, se quedó mirando a su amigo un segundo en silencio. Vio cómo él miraba de reojo hacia el porche y cómo le temblaba el pulso al manejar los platos. Entonces, suavizó el tono, casi como un hermano mayor.

—Sal ahí con ella, anda, que me ocupo yo. Que está la noche chula —le dijo Manuel con una calma inesperada.

Él se quedó un poco sorprendido por la reacción de su amigo. No se esperaba ese gesto de tregua; parecía como si Manuel se hubiera dado cuenta de que igual se había pasado un poco con el vacile y le estuviera dando el espacio que necesitaba.

—Llevo los platos y eso y salgo con ella, vale —aceptó él, agradecido por el relevo.

—Sí, tira anda —respondió Manuel, dándole un empujoncito hacia la salida.

Al abrir la puerta de cristal, el frío seco de la noche le golpeó la cara, pero apenas lo sintió. Marta estaba allí, apoyada en la barandilla, con la cabeza inclinada hacia arriba. Al notar su presencia, ella se giró un poco sin dejar de mirar al cielo.

—Qué chulada de cielo. Qué preciosidad... —susurró ella, casi con reverencia.

—Sí... es espectacular lo bonitas que son las cosas más sencillas —respondió él acercándose. Sin pensarlo mucho, dejándose llevar por la paz del momento, la rodeó con los brazos por detrás, dándole un suave abrazo que la envolvió en su calor.

Marta se relajó contra su pecho, pero notó que él aún tenía algo de tensión en los hombros.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—Sí, sí... Este, que me pone de mala virgen a veces con sus tonterías.

—Déjalo, es majo... —le quitó importancia ella, acariciándole los brazos—. Igual se ha sorprendido de ver a alguien aquí y se ha puesto nervioso. No le des importancia.

—Puede ser... Cualquiera se pondría nervioso teniéndote delante, desde luego —soltó él con una honestidad que le salió del alma.

—Calla, anda... —dijo ella, soltando una risita tímida—. No asusto ni a una mosca.

Él la apretó un poco más contra sí, bajando la cabeza para hablarle casi al oído, lejos de las orejas de Manuel.

—Eres preciosa. No sé si te lo había dicho ya...

Marta sintió cómo el calor le subía a las mejillas. Se puso roja como un tomate, pero agradeció la complicidad de la oscuridad, que mantenía su rubor en secreto. Se giró entre sus brazos para quedar frente a él, sosteniéndole la mirada con intensidad.

—Tú sí que eres un bombón —le soltó ella con una sonrisa traviesa.

Antes de que el momento se volviera demasiado denso para ser interrumpido, ella le cogió de la mano con firmeza y tiró de él hacia la casa. Justo antes de cruzar el umbral de la puerta, le soltó con agilidad profesional para que Manuel no les viera de la mano y empezara otra vez con el mitin.

—¡Pues dos mil euros decía el tío! —exclamó ella con voz impostada de negocios nada más entrar, como si estuvieran en mitad de una charla de cifras.

—Eso es una barbaridad... —le siguió él el juego, intentando poner cara de estar analizando presupuestos mientras se recolocaba la camiseta.

—Ya ves... —añadió ella con una naturalidad pasmosa.

Manuel, que estaba terminando de colocar las cosas en la mesa de palés, levantó la vista con una media sonrisa, probablemente oliéndose la tostada pero decidiendo no tirar del hilo por una vez.

—Bueno, chavales. A cenar —sentenció Manuel, señalando el festín improvisado.


Marta decidió que ya había sido suficiente de estar a la defensiva y, con una agilidad mental que dejó a su "socio" impresionado, cambió el chip por completo. Se plantó en mitad del salón, se puso las manos en las caderas y adoptó ese tono de mando que usaba él cuando hablaba de la montaña, pero con un toque de "tía de armas tomar".

—A ver, ¡y tú de dónde hostias eres, a ver! —soltó ella con una voz profunda, casi imitando el tono de campo de Manuel, cortando el aire de la habitación.

Manuel, que estaba concentrado echando unas aceitunas en un cuenco, pegó un brinco que casi hace que el bote salga volando.

—¡Me cago en Dios, qué susto me has dao! —exclamó Manuel llevándose la mano al pecho mientras resoplaba y soltaba una carcajada—. ¡Jajaja! ¡Si parece que has nacido aquí mismo, joder!

Él se partía de risa apoyado en el marco de la cocina. Le encantaba ver ese lado de Marta; le fascinaba cómo era capaz de pasar de ser una modelo sofisticada a una "camaleona" que se acoplaba a la rudeza del pueblo en cuestión de segundos. Verla ahí, plantándole cara al bruto de su amigo, le hacía sentirse todavía más atraído por ella.

Marta no se amilanó y mantuvo la mirada fija en Manuel, divertida pero implacable.

—Tanto saber, tanto saber... —siguió ella, señalándole con el índice y manteniendo esa media sonrisa desafiante—. Para pedir hay que dar, "Bartolo". Así que dime: ¿quién eres tú, de dónde vienes y qué haces interrumpiendo nuestra cena de negocios?

Sonrió de esa forma que ella sabía que desarmaba a cualquiera, dejando claro que el interrogatorio ahora cambiaba de bando.

—Eso, eso... —añadió él, dándole un trago a su bebida y disfrutando del espectáculo—, suelta por esa boquita, Manuel. Que para ser el que no "l'afecta" la cerveza, estás tardando mucho en presentarte como Dios manda.

Manuel miró a uno, miró a la otra, y levantó las manos en señal de rendición.

—¡Vale, vale! —dijo Manuel sentándose a la mesa y sirviendo un poco más de bebida—. Siéntate aquí, Marta, que te voy a contar de qué pie cojea este Spiderman tuyo desde que íbamos al colegio con los pantalones rotos... pero a cambio, me vas a decir qué le has dado para que esté más colorado que un pimiento de piquillo desde que he entrao.


Marta se acomodó en la silla con una seguridad que llenaba todo el salón, apoyando los codos en la mesa y mirando a Manuel como si estuviera a punto de ganarle una partida de póker sin pestañear.


¿No has respondido nada y ya vuelves a preguntar? —soltó ella con una sonrisa afilada—. Eso con las ovejas igual te vale, pero conmigo vas a tener que jugar mejor, jajaja. Y no me cuentes nada de este, que no me hace falta. Y Spiderman solo le llamo yo. Pero de buen rollo...

Dio un golpe suave en la mesa para cerrar ese tema y cambió el tono, volviéndose la invitada perfecta.

Por cierto, la cena tiene una pinta espectacular. Gracias, Manuel.

¡Uy, la hostia! —exclamó Manuel, echándose hacia atrás en la silla y mirando al techo—. Vaya tela con la Marta... Cada vez tengo más preguntas, querida Marta. Cada vez más. Y es que este nunca m’abló de ti, y eso me consume, me consume por dentro. Que no me creo yo que... que no digo que no seáis "apañeros", pero que este membrillo te traiga aquí con lo que es él... no sé, es un poquito raro. O bueno... —añadió casi gritando con una carcajada— ¡Muy bueno!

Marta ni se inmutó. Le sostuvo la mirada con una calma que hizo que Manuel se pusiera serio por un momento, escuchando de verdad.

Bueno, pues es que es así... —dijo Marta con naturalidad—. Quizá es un lobo solitario que ha encontrado un apoyo que congenia con él, que le entiende y ve las cosas como él. Hemos coincidido en un par de proyectos suyos y ambos han funcionado. Mira lo de esta mañana, ¿te lo ha contado?

Algo, lo de la multinacional esa, ¿no? —respondió Manuel rascándose la nuca—. Pero este de su trabajo no cuenta "na", es que es un trabajo muy raro, yo no lo entiendo.

Por eso. Sí que es un poco peculiar el trabajo, pero es muy gratificante cuando consigues calar el asunto —explicó ella con una fluidez que dejaba a su "socio" embobado—. Queremos ver dónde nos puede llevar esto para ver si montamos algo mejor. ¿Mejor? ¿Te quedas más tranquilo? Que no me lo voy a comer, ¿eh?

Manuel la miró, luego miró a su amigo, que estaba apoyado en la encimera observando la escena como si estuviera viendo un partido de tenis de alto nivel.

Por el momento me sirve —sentenció Manuel—. Y entiendo que a él le sirvas mínimo como comunicadora. ¡Cómo habla la Marta, tú! —dijo mirando hacia un lado, como pensando en voz alta—. Porque este es muy exquisito y no se conforma con cualquier cosa. Él va a su marcha. Ya lo has dicho bien ya... el Lobo Solitario. El Spider... perdón, perdón, jajaja.

Oye, no te pases... —le advirtió ella, aunque no podía ocultar que le hacía gracia el mote en boca del amigo.

Él, que ya no sabía si reír o esconderse, hizo el gesto de irse otra vez.

Me voy a por el vodka... —decía en broma, negando con la cabeza—. Manuel, Manuel... que al final t'avío d'un hostión.

Marta soltó una carcajada limpia mientras él volvía a la mesa con el resto de las cosas. Ella esperó a que el ruido de los cubiertos se calmara y, aprovechando que Manuel le había dado un trago a la cerveza, lanzó el dardo de vuelta.

Y tú, ¿en qué trabajas? —le preguntó Marta a Manuel, clavándole los ojos con curiosidad genuina.


Manuel soltó la lata de cerveza sobre la mesa con un golpe seco y se infló un poco, como si estuviera a punto de dar un discurso importante, aunque se le escapaba una chispa de orgullo por los ojos.

¿Yo? Yo soy el que hace que este pueblo no se caiga a pedazos mientras este "melocotón" se va por ahí a hablar con gente enchaquetada —dijo Manuel, dándose un golpe en el pecho—. Tengo una empresa de construcción y reformas. Bueno, empresa... somos cuatro tíos, una furgoneta que suena como una cafetera vieja y más horas de hormigonera que el palo de una bandera.

Él, desde el otro lado de la mesa, no pudo evitar meter baza con una sonrisa de suficiencia.

Dile la verdad, Marta... que es el mejor albañil de la comarca pero que, como se descuide, te deja la pared torcida si hay fútbol ese día.

¡Anda y que te ondulen! —le soltó Manuel sin mirarle, concentrado en Marta—. Hago de todo, Marta. Desde arreglarle el tejado a la señora Engracia hasta levantar naves industriales en el polígono. Trabajo duro, de ese de acabar con los riñones pidiendo clemencia y las manos que parecen papel de lija. Nada de "estrategias" ni de "calle el asunto", como decís vosotros... Yo si veo una grieta, le meto pasta y a correr.

Se quedó un momento pensativo, mirando sus propias manos curtidas, y luego miró a Marta con una honestidad brutal.

Es un oficio de los de antes, ¿sabes? De los que ya casi nadie quiere hacer porque te manchas de barro hasta las cejas. Pero oye, cuando termino una casa y veo que la familia entra a vivir... eso da un gusto que no te lo da ni la multinacional esa ni el Spiderman trepando por las paredes.

Marta le escuchaba fascinada. Le encantaba ese contraste: él con su asesoramiento ético y sutil, y Manuel con la fuerza bruta de levantar muros con sus propias manos.

Pues me parece un trabajo de lo más noble, Manuel —dijo ella con sinceridad—. Y necesario. Sin gente como tú, el "lobo solitario" este no tendría una casa tan apañada donde esconderse.

¡Amén! —gritó Manuel levantando la lata—. ¡Ya era hora de que alguien lo dijera en esta mesa! ¿Ves? Te lo digo yo... qué pieza te has traído, chaval. Sabe de números, sabe hablar y encima sabe quién es el que manda aquí.

Él solo pudo negar con la cabeza mientras servía un poco de comida en los platos.

Venga, "constructor de imperios", come algo y calla un rato, que se te va a enfriar el ego.


Manuel se inclinó sobre la mesa, con la mirada fija en su amigo y ese tono de quien va a soltar una verdad de las que duelen y curan a la vez. No podía aguantarse más; la presencia de Marta y la actitud de su colega le estaban quemando por dentro.

Chaval... —empezó Manuel, señalándole con el dedo índice, ya sin pizca de broma en la voz—. Nunca te he visto con pareja seria. Que para ti eso son mierdas, como dices siempre... Bueno, sí, con lo del putón aquel que era puro veneno y retorcida... y su puta madre, más fea que la madre que la parió...

Él puso una cara de circunstancias, queriendo que la tierra se abriera bajo sus pies, pero Manuel no había terminado.

Pero si dejas escapar este diamante en bruto, te corto los cojones —sentenció Manuel, clavándole los ojos con una seriedad absoluta—. En plan colega, ¿eh? Pero te los corto.

El silencio que siguió fue de esos que pesan, de los que se sienten en el pecho. Manuel, consciente de la bomba que acababa de soltar, agarró la lata de cerveza con una parsimonia irritante y echó otro trago largo, saboreando el momento y dejando que el espacio incómodo de tiempo hiciera su trabajo en la mente de los otros dos.

Bajó la lata, se relamió los labios y, con una sonrisa de tiburón, remató la faena:

Laboralmente hablando, claro está...

Él ya no sabía ni dónde meterse. Tenía las orejas encendidas y sentía la mirada de Marta sobre él, disfrutando del espectáculo. Intentó recuperar el control de la única forma que sabía: tirando de su jerga de campo para ocultar que Manuel le había dado en todo el centro del objetivo.

"Caminomafecta"... calla y come, anda... —refunfuñó él, usando ese tono cerrado y rudo para disimular que estaba más descolocado que nunca—. Que pareces una vieja de visillo, Manuel. Tira de la carne y deja de decir gilipolleces, que te estás pasando de frenada.

Marta, por su parte, no dijo nada. Se limitó a dar un sorbo a su bebida, mirando por encima del borde del vaso primero a uno y luego al otro, con un brillo en los ojos que decía claramente que la advertencia de Manuel le había parecido, cuanto menos, interesante. El "asunto pendiente" acababa de recibir un empujón de tres pares de narices por parte del albañil del pueblo.


Manuel, que ya tenía el motor en marcha y la lengua suelta por la "cervepimplada", hizo un gesto de asco con la mano, como si estuviera apartando una mosca pesada, y siguió a lo suyo sin leer el ambiente.

Boh, si es que era fea de cojones, las cosas como son... —soltó Manuel, arrugando la nariz—. Y no solo por fuera, que por dentro tenía más mala uva que un vino picao. Una retorcida de manual, que te tenía amargao, chaval. Menudo bicho...

El ambiente en la mesa cambió en un segundo. La risa de Marta se congeló en una mueca de curiosidad incómoda, pero él no dejó que la cosa pasara de ahí. Dejó los cubiertos sobre el plato con una suavidad deliberada, sin hacer ruido, y levantó la vista. Su mirada ya no era la del "bombón" colorado de hace un minuto; era la mirada del guía que ve un peligro en la ruta y decide cortarlo en seco.

Manuel, ya vale —dijo él. Su voz no era un grito, era algo mucho más potente: una calma absoluta, firme y gélida—. Esa aquí hoy no pinta absolutamente nada. Y además, ya sabes que no me gusta hablar mal de nadie que no se pueda defender.

Manuel se quedó a mitad de otro comentario, con la boca abierta.

Te lo digo en serio, ya vale —continuó él, manteniendo el contacto visual con su amigo hasta que este bajó la cabeza—. Que la cosa hasta ahora iba medio bien. Vamos a dejar los fantasmas en su sitio y a disfrutar de la cena, ¿te parece?

El silencio que quedó después no fue el de antes, el de la broma. Fue un silencio de respeto. Él no lo hacía por caballerosidad barata, sino por principios, y eso a Marta le pegó un viaje al centro del pecho. Ver que el tío no solo era gracioso y humilde, sino que tenía una integridad de hierro incluso para defender la memoria de alguien que le hizo daño, la dejó desarmada.

Manuel, dándose cuenta de que había cruzado la línea roja, asintió con un gruñido sordo y se centró en el plato, pinchando un trozo de comida con más ímpetu del necesario.

Vale, vale... si es que te pones de un místico que no hay quien te aguante —masculló Manuel, intentando salvar los muebles—. Tira, que tiene razón la Marta, que la cena está de lujo y yo aquí perdiendo el tiempo con tonterías.

Él relajó la expresión y miró a Marta de reojo, como pidiéndole perdón en silencio por el momento tan rancio que acababa de montar su amigo. Ella le devolvió una sonrisa pequeña, una de esas que no se enseñan en las fotos, llena de una admiración nueva que nada tenía que ver con los negocios.


La atmósfera, que hasta hace un segundo era una mezcla de piques y risas, se rompió como un cristal fino. El silencio que siguió a las palabras de él fue pesado, cargado de una historia que Manuel conocía demasiado bien.

De repente, Manuel se levantó de la silla con un movimiento brusco, haciendo que las patas chirriaran contra el suelo de piedra. Tenía el rostro desencajado, pero no de rabia hacia su amigo, sino de una frustración dolorosa. Marta, que lo observaba todo con la sensibilidad a flor de piel, lo vio con total claridad: a Manuel se le escapaba una lágrima que intentó limpiar rápidamente con el dorso de su mano rugosa.

Lo siento, hermano... sé que te hizo mucho daño, ¡cagüen Dios! —estalló Manuel con la voz quebrada.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, pegó un golpe seco a la silla al dejarla apartada, un golpe que sonó a arrepentimiento puro, y salió disparado hacia el jardín. Pero justo antes de cruzar la puerta, se detuvo un instante, girándose hacia ella con los ojos enrojecidos.

Discúlpame, Marta... soy un cazurro... —dijo con una humildad que le salió de las tripas—. A este gilipollas lo quiero como si fuera de mi sangre. No tenía qu'aber dicho na...

Sin esperar respuesta, Manuel salió fuera, tragándose el aire frío de la noche para intentar calmar el nudo que se le había formado en la garganta.

Él se quedó clavado en el sitio, mirando la puerta por la que acababa de salir su amigo. Estaba visiblemente afectado; la mención de su pasado no le había dolido por la ex, sino por ver a Manuel sufriendo de esa manera por él. Se giró hacia Marta, con la mirada nublada por la preocupación.

Dame un momento, Marta, por favor —le pidió con voz suave, casi en un susurro—. No esperaba esta reacción de él... vengo ahora.

Salió al porche con paso rápido, dejando a Marta sola en el salón. A través del cristal, ella pudo ver las dos siluetas bajo las estrellas. No había gritos, solo dos hombres que se querían como hermanos, hablando en voz baja en la oscuridad de la sierra. Marta se quedó allí, con el corazón encogido, comprendiendo que en esa casa de piedra no solo había muebles hechos a mano y asesoramientos éticos, sino una lealtad y una profundidad emocional que no había encontrado en ningún otro lugar del mundo.


Marta se quedó un momento inmóvil, observando a través del cristal. La imagen era potente: el tipo duro que levantaba muros y el guía que desafiaba cumbres, unidos por un silencio que pesaba más que cualquier palabra. No quiso interrumpir. Entendió que ese era un territorio sagrado entre dos amigos que se habían visto sangrar y reír a partes iguales.

Con una delicadeza casi instintiva, decidió que no podía quedarse ahí de brazos cruzados. Empezó a recoger los platos con cuidado de no hacer ruido, como si no quisiera romper el hilo de la conversación que ocurría fuera. Llevó los restos a la cocina y, con una naturalidad que le sorprendió hasta a ella misma, empezó a fregar las copas y a ordenar los cuencos de las aceitunas.

No lo hacía por compromiso, sino porque sentía que esa casa, de alguna manera, también la estaba acogiendo a ella. Mientras pasaba la bayeta por la mesa de palés, pensaba en lo real que era todo allí: el dolor de Manuel, la integridad de su "socio" y la falta de máscaras. Comparado con las cenas de gala de su otra vida, esto era, sencillamente, la verdad.

Al cabo de un buen rato, el sonido de la puerta corredera anunció su regreso.

¡Oye, pero bueno! ¿Qué haces, Marta? —exclamó él, entrando el primero. Se le veía mucho más relajado, con los ojos algo más brillantes pero con esa paz recuperada que tanto le gustaba a ella.

Manuel venía detrás, con las manos en los bolsillos y una sonrisa algo tímida, pero ya con el brillo de "guasa" volviendo a su cara. Se le notaba que el aire de la sierra le había limpiado las penas.

¡Hostia, Marta! Que eres nuestra invitada, no la asistenta del Spiderman este —soltó Manuel, recuperando su voz de campo pero con un cariño evidente—. Deja eso, que ahora mismo me pongo yo, que soy un profesional de la bayeta, además de los ladrillos.

Ya está todo hecho, "profesional" —respondió ella con un guiño, secándose las manos y mirándoles a los dos con alivio—. Habéis tardado tanto que me ha dado tiempo hasta de reorganizarle la despensa a tu amigo. Estaba todo un poco... laboralmente desordenado.

Los dos soltaron una carcajada limpia que terminó de espantar los fantasmas de la ex y los malos rollos. Él se acercó a ella y, sin que Manuel se diera cuenta, le rozó el brazo en un gesto de agradecimiento mudo.

Gracias, Marta. De verdad —susurró él, y por la forma en que la miró, ella supo que no solo le daba las gracias por recoger la cocina, sino por estar allí, por entenderles y por no haber salido corriendo cuando las cosas se pusieron "de verdad".

Bueno —interrumpió Manuel, dando una palmada al aire—, ¿nos tomamos la última o qué? Que no me voy yo de aquí con este sabor de boca, ¡ni hablar!


Manuel se acercó a la encimera para buscar unos vasos, aprovechando que Marta estaba a un par de metros, y le soltó a su amigo un susurro cargado de intención, de esos que solo se oyen si estás a diez centímetros.

¿Ves lo que te digo...? —le dijo Manuel por lo bajini, señalando con la barbilla la cocina impecable y a Marta—. ¿Ves el detalle que ha tenido mientras nosotros hacíamos el canelo fuera?

Él, que no podía apartar la vista de ella pero intentaba mantener el tipo frente a su amigo, asintió repetidamente con la cabeza, queriendo cortar el tema antes de que se pusiera más sentimental.

Que sí, que sí, que sí... —contestó en el mismo tono, intentando parecer impasible.

Manuel le miró fijamente, levantó el puño cerrado y se mordió el labio inferior con una fuerza exagerada, haciendo ese gesto universal de "te reviento si esta vez no me haces caso". Era la amenaza más cariñosa del mundo, la de un hermano que no va a dejar que la cagues otra vez.

¿Pero te crees que soy gilipollas? ¿Que no lo veo...? —le soltó él en un susurro desesperado, admitiendo por fin que lo de Marta le había calado hasta los huesos.

¿El qué? —preguntó ella, dándose la vuelta al notar el cuchicheo.

¡Nada, nada! Que casi tira la botella el gilipollas este —le defendió Manuel con una rapidez mental asombrosa, fingiendo que regañaba a su amigo por torpe. Pero en cuanto ella se despistó un segundo, Manuel volvió a murmurar para sus adentros, todavía con el resquemor del pasado quemándole—: "No lo veo, no lo veo"... no lo viste, me cago en Dios. Aquella vino aquí a, a, a... ¡Va, que me pongo malo solo de pensarlo!

Marta, detectando que el fantasma de la "ex" seguía sobrevolando la cocina, puso las manos sobre la mesa y sentenció con autoridad:

Venga, va, tengamos la fiesta en paz, que yo con mal ambiente no me desenvuelvo nada bien.

Manuel la miró, recuperando su sonrisa de pícaro de pueblo.

Boh... si al final te voy a echar el anzuelo yo... —le soltó Manuel con guasa.

Estoy casada y tengo cuatro hijos —soltó ella sin pestañear, con una seriedad que heló el ambiente.

¿Cuatro? —preguntó Manuel, abriendo los ojos como platos y frenando en seco.

¡Cuatro! —reafirmó ella, manteniendo el tipo.

Adiós... se jodió —dijo Manuel, dejando caer los hombros, totalmente derrotado—. Touché, muerto matao... Ya decía yo... que tenía que ser algo. Cuatro niños... joder.

Él, que conocía perfectamente a Marta y sabía de sobra que aquello era un farol del tamaño de la catedral, no pudo contenerse más. Pegó un trago de su Aquarius y soltó una carcajada que casi hace que el líquido le salga por la nariz.

¡No me cago encima porque no llevo pañal! —exclamó él, descojonándose de la risa mientras señalaba a Marta—. ¡Que te está vacilando, Manuel! ¡Jajaja! —le miró a ella con complicidad, disfrutando del momento—. Le estás vacilando, ¿no?

Marta no pudo aguantar más la pose de madre de familia numerosa y soltó una risita suave, de esas que lo dicen todo. Se acercó a Manuel y le puso una mano en el hombro con cariño.

Manuel... eres un amor —le dijo de corazón—. Pero ni tengo pareja, ni busco nada... ya.

Lanzó ese "ya" al aire con una sutileza maestra. Manuel no lo pilló, pero él sí. Ese "ya" significaba que la búsqueda había terminado, no porque hubiera renunciado, sino porque lo que tenía delante, en esa cocina de piedra y olor a montaña, era exactamente lo que no sabía que estaba buscando. El "asunto pendiente" ya no era una posibilidad laboral, era una realidad que estaba llenando la habitación.

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