Marta - Primer contrato

 El sol ya estaba en lo más alto cuando se detuvieron frente a una pequeña plaza. Él consultó su teléfono y se quedó de piedra al ver la hora.

​—¡Vale... joder! —exclamó él, frotándose la cara con incredulidad—. Entre una cosa y otra son casi las dos de la tarde. ¿Cómo puede ser? Se me ha pasado el tiempo volando, Marta.

​Marta se detuvo a su lado y le miró con un brillo de desilusión en los ojos. La idea de que ese paréntesis de complicidad terminara tan pronto le encogía un poco el ánimo.

​—Ya ves... el tiempo vuela cuando estás con un "bicho raro" —respondió ella, forzando una sonrisa, aunque su voz sonó un poco más baja y apagada—. ¿Te apetece si vamos a algún sitio a comer algo? ¿O te tienes que ir ya...? —le preguntó con una voz teñida de una tristeza que no pudo ocultar del todo.

​Él notó ese cambio en su tono y sintió un impulso casi físico de no moverse de su lado. Se detuvo frente a ella, buscando sus ojos verdes.

​—Déjame que haga un par de llamadas... —dijo él con determinación—. Me encantará quedarme. De hecho, necesito que hablemos y aclaremos unas cosas de "lo nuestro"... bueno, quiero decir, de nuestro proyecto, o como se llame. ¿Cómo lo llamamos? —Se rió un poco, nervioso—. Bueno, pues eso... El caso es que hoy me reunía con una empresa pequeñita, unos chicos que acaban de empezar y les va fatal. Les iba a echar una mano con la web sin cobrarles nada, para ver si consiguen despegar.

​Se pasó la mano por el pelo, mirando a Marta con sinceridad.

​—Pero voy a llamarles ahora mismo. Si pueden quedar otro día, me quedo contigo. Si es un asunto de vida o muerte para ellos y no pueden cambiarlo, pues me tendré que ir... Dame quince minutos para hablar con ellos, por favor.

​Marta asintió, sintiendo que la esperanza volvía a iluminarle la cara. Le gustaba ese detalle: no solo que quisiera quedarse con ella, sino que fuera el tipo de hombre que ayudaba a alguien de forma altruista aunque eso significara trabajar gratis.

​—Claro, tómate tu tiempo —dijo ella, señalando un banco bajo un árbol—. Te espero allí. Ojalá esos chicos puedan esperar a su informático estrella un par de días más.

​Él se alejó unos metros, ya con el teléfono en la mano, mientras Marta lo observaba de espaldas, pensando que aquel "proyecto" —tuviera el nombre que tuviera— era la excusa perfecta para un comienzo que ninguno de los dos quería que terminase.


Marta se sentó en el banco de madera, observando a unos metros cómo él gesticulaba mientras hablaba por teléfono. Aunque intentaba no parecer una cotilla, el tono de su voz —esa mezcla de firmeza y calidez— la hipnotizaba. Él no era el típico profesional frío; hablaba con una empatía que desarmaba.

—Hola, Javier. Sí, soy yo... Escucha, te llamo porque me ha surgido un imprevisto personal y no voy a poder pasarme por vuestra oficina hoy —decía él, con una voz calmada pero directa—. Sí, lo entiendo perfectamente... Sé que habéis metido hasta el último céntimo en el inventario y que la web no está convirtiendo nada. Tranquilo. No os voy a dejar colgados.

Marta notó cómo él fruncía el ceño, escuchando con atención la angustia de los chicos al otro lado de la línea. Era evidente que estaban desesperados, y él los trataba con un respeto absoluto, como si su problema fuera el suyo propio.

—Mirad, no hace falta que esté allí físicamente para ver el código del servidor —continuó él, amable—. ¿Qué os parece si lo hacemos por videollamada? Así os puedo compartir pantalla y vemos juntos qué está bloqueando el proceso de pago.

En ese momento, él se giró y buscó la mirada de Marta. Tapó el micrófono del móvil con la mano y le susurró con un gesto interrogante:

—¿Podríamos hacer la videollamada desde tu casa? Necesito una mesa y una buena conexión... solo será un rato.

Marta asintió de inmediato con una sonrisa, encantada de que él hubiera buscado una solución para quedarse. Él volvió al teléfono, ya con el trato cerrado en su cabeza.

—Vale, perfecto. ¿Quedamos a las 19:00? ¿Os va bien? —hizo una pausa mientras escuchaba la confirmación al otro lado—. Genial. A esa hora estaré conectado. No os agobiéis, que vamos a sacar esto adelante. Un abrazo.

Colgó el teléfono y soltó un suspiro de alivio, guardándose el móvil en el bolsillo mientras caminaba de vuelta hacia Marta.

—¡Conseguido! —dijo con una sonrisa triunfal—. Tengo la tarde libre hasta las siete. Me da mucha pena su situación, han invertido todo y están perdidos, pero les he prometido que lo arreglaremos. Gracias por dejarme "invadir" tu salón otra vez, Marta. Prometo no ocupar mucho espacio.

Marta se levantó del banco, sintiendo que la admiración que sentía por él crecía un peldaño más. No solo era el chico guapo de la montaña con ojos hipnóticos; era un hombre con principios, de esos que no dejan a nadie tirado.

—No te preocupes, mi conexión es de fibra óptica y mi mesa de comedor está deseando que alguien le dé un uso profesional —rio ella, enganchando su brazo con el de él—. Pero ahora, antes de que te conviertas en un gurú de la informática a las siete, tenemos una comida pendiente. ¡Me muero de hambre!

Caminaron juntos hacia un pequeño restaurante cercano, sintiendo que la tarde se abría ante ellos como un lienzo en blanco donde, por fin, podrían empezar a dibujar ese proyecto que tanto les ilusionaba.


Se sentaron en una mesa pequeña de un restaurante acogedor, de esos que huelen a comida casera y tranquilidad. La complicidad seguía ahí, pero ahora, bajo la luz del día y con la realidad llamando a la puerta, ambos intentaban —con poco éxito— mantener una distancia prudencial, como si quisieran demostrarse que podían ser socios profesionales además de dos personas que se morían por tocarse.

—Yo para beber, agua —dijo ella, cerrando la carta.

—Sí, agua va bien —coincidió él con una sonrisa—. Hay que mantener la cabeza despejada.

Él se inclinó un poco sobre la mesa, entrelazando sus dedos.

—Bueno, así que algo de marketing online tocas, eso nos viene muy bien para arrancar. Lo que no sé es cómo funciona esa plataforma exactamente, qué es lo que le gusta a la gente, qué necesitamos ofrecer para destacar... ¿Cómo lo ves tú desde tu experiencia?

Marta jugueteó con el borde del mantel, intentando concentrarse en la estrategia y no en la forma en que el sol hacía brillar la corona amarilla de los ojos de él.

—Algo controlo, tampoco demasiado, pero sí, no creo que sea difícil pillarle el truco al algoritmo. En cuanto a la plataforma... lo que no sé es qué podría no gustarles de ti —dijo ella, sonrojándose de golpe al darse cuenta de lo que acababa de admitir—. Pero pensando en el público, habrá que hacerlo bien, con clase. Si pudiéramos vivir de esto sería genial... Trabajar juntos... no sé.

Marta se detuvo. Sus manos empezaron a temblar levemente y sintió un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el hambre. Levantó la vista y le miró con una honestidad que le desarmó.

—Chico, me encantas. Lo siento, pero si no lo digo reviento. Me hace muchísima ilusión hacer cosas contigo... estar contigo... No sé qué me has hecho, la verdad.

Una lágrima solitaria volvió a resbalar por su mejilla. Marta se la limpió rápido, algo avergonzada por esa montaña rusa emocional que la tenía descolocada.

—Perdona —murmuró con una risa nerviosa—, debo tener las defensas bajas por no haber dormido. No entiendo por qué estoy tan emocionada.

Él alargó la mano por encima de la mesa y, esta vez, no mantuvo las distancias. Le apretó los dedos con fuerza y ternura, mirándola con una intensidad que hizo que el ruido del restaurante desapareciera.

—Yo también estoy genial contigo, Marta —confesó él con voz ronca—. La verdad es que nunca me había pasado algo similar... ni de lejos. Siento que te conozco de toda la vida y solo hace unas horas que nos vimos en aquel parking.

Se quedaron así un momento, conectados por la mirada, hasta que él, intentando suavizar la carga emocional para que ella no sufriera, soltó su mano suavemente.

—Bueno, disfrutemos de la comida. Ya hablaremos de trabajo en otro momento, no quiero que nos saturemos.

Marta asintió, pinchando su ensalada, pero una duda le ensombreció el gesto de nuevo.

—¿Cuando hables con Javier... te irás? —le preguntó, y su voz volvió a sonar pequeña, con ese deje de tristeza que delataba lo poco que le apetecía verle marchar hacia su montaña.

Él la miró, y por la forma en que sostuvo su mirada, Marta supo que el chico de la montaña estaba empezando a encontrar razones muy poderosas para querer quedarse un poco más en la ciudad.


Caminaron de regreso hacia el portal, con el sol de la tarde empezando a caer, estirando sus sombras sobre el pavimento. La conversación había vuelto a ese tono agridulce donde el deseo de quedarse chocaba frontalmente con la logística de sus vidas reales.

—Imagino, y espero, que no se haga muy tarde —comentó él, mirando de reojo el reloj—. Las sesiones con esta gente suelen durar un par de horas porque están muy perdidos. No sé si podré acabar antes y entonces irme... Mañana debería entrenar temprano, tengo gente esperando. Además, en algún momento me tendré que ir...

—O no... —soltó ella de repente, casi sin pensarlo. Se mordió el labio al instante, dándose cuenta de lo directo que había sonado—. Ya, sí, sí... claro, tus cosas.

Él sonrió, sintiendo un vuelco en el corazón ante ese arrebato de ella, pero prefirió centrarse en la tarea inmediata para no dejar que la emoción los desbordara de nuevo en plena calle.

—Bueno, demos un paseo rápido y nos vamos para casa, que se hará tarde si no —dijo ella, recuperando el mando—. Preparamos el equipo y organizas tu cita. Espero que te sirva mi portátil; es un poco viejito, la verdad, pero le cambié el disco duro hace no mucho, le puse un SSD y va bastante bien. Espero que puedas apañarte con él.

Él asintió, aunque una chispa de preocupación técnica asomó a su mirada.

—Vale, nos acercamos ya —respondió él con paso más firme—, porque si el portátil no tira o la conexión falla, tendré que acercarme a mi casa y tengo más de una hora de viaje. No les quiero dejar colgados, sería una faena después de haberles dado esperanzas.

Subieron al piso en un silencio expectante. Al entrar, el aroma del café de la mañana todavía flotaba levemente en el salón. Marta fue directa al pequeño escritorio y sacó el ordenador, conectándolo a la corriente mientras él observaba el entorno, calculando mentalmente la luz y el espacio.

—Vale, intentaré ayudarte a organizar la sesión para que estés cómodo —dijo ella mientras abría la tapa del portátil—. ¿Te importará que esté ahí contigo? —le preguntó, mirándolo desde abajo con cierta timidez—. Me gustaría verte cómo les ayudas... si no te importa, claro. Prometo ser un mueble y no hacer ruido.

Él la miró y sintió que, de alguna manera, tenerla cerca no era una distracción, sino un apoyo. Le gustaba que ella quisiera conocer esa faceta suya, la del tipo que resolvía problemas detrás de una pantalla, lejos del físico que tanto juego había dado la noche anterior.

—Me encantará que estés —confesó él, sentándose en la silla que ella le cedía—. Pero cuidado, que igual te aburres soberanamente oyéndome hablar de protocolos y bases de datos. A ver qué tal se porta este "viejito"... —añadió, acariciando el teclado del portátil con curiosidad.


Marta se movía por el salón con una eficiencia casi felina. Abría pestañas, comprobaba la velocidad de subida de la red y ajustaba el ángulo de la webcam para que la luz del atardecer no le quemara la cara a él. En el fondo, cada pequeño ajuste era una maniobra desesperada para que él no tuviera ninguna excusa para subirse al coche.

—¿Qué programa usas para las videollamadas? —preguntó ella, tecleando rápido—. Google Meet, Zoom, Teams... dime cuál y te lo dejo configurado.

Después de un par de pruebas de audio y de verificar que el SSD hacía que el portátil volara a pesar de los años, ambos soltaron un suspiro de alivio. Era viable. No había fallo técnico que le obligara a huir a la montaña.

—Bueno... —dijo ella, irguiéndose y mirándole con una chispa juguetona—, entre que esperamos a que den las siete, ¿te apetece poner algo de música y beber algo? Aún queda una hora.

—Claro, como si estuvieras en tu casa —le soltó él riéndose, devolviéndole la broma de anoche.

—Me gusta de todo, así que pon lo que quieras —añadió él, recostándose en la silla—. Menos el jazz, que por más que quiera no lo pillo. Pon algo de Bad Bunny o eso, que me mola... —Lanzó el anzuelo con una cara de póker perfecta, solo para ver hasta dónde llegaba la paciencia de Marta.

Marta se quedó congelada frente a la pantalla, con el dedo índice suspendido sobre el ratón. Lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—¿Ese quién es? —preguntó ella, con una mueca de auténtica confusión—. No sé si tengo algo parecido... ¿Qué música es?

—Es tipo reguetón. Cualquier cosa de reguetón me va bien —insistió él, aguantando la risa.

—Uf... ¿Me lo estás diciendo en serio? —Marta arrugó la nariz con un gesto de profundo asco—. Voy a tener que elegir yo, porque de eso no tengo nada. No por nada, eh, simplemente porque la odio... odio el puto reguetón. —Lo soltó con una sinceridad cortante, sin filtros, mientras negaba con la cabeza.

Con un par de clics decididos, Marta hizo sonar unas notas potentes de guitarra eléctrica. Empezó a sonar una balada de rock pesado, de esas que mezclan melodía con una fuerza instrumental brutal. Era metal clásico, cargado de épica.

—Esto es lo que te puedo ofrecer —dijo ella, cruzándose de brazos, visiblemente disgustada por el supuesto "mal gusto" musical de su invitado.

Pero, a los pocos segundos, la magia ocurrió. Él empezó a cerrar los ojos, siguiendo el ritmo con un leve movimiento de cabeza. Un segundo después, empezó a tararear el solo de guitarra con una precisión de fan absoluto.

—¡Joder, esto es un temazo! —se le escapó a él, abriendo los ojos con brillo—. Hacía siglos que no oía esto. Mira... —Se levantó la manga de la camiseta y le enseñó el brazo—. Se me han puesto los pelos de punta.

Marta lo miraba con una mezcla de alivio y fastidio fingido.

—Me alegro —soltó ella con ironía—, porque esto es lo más parecido al requesón de los cojones que tengo en esta casa.

Él no pudo aguantar más y estalló en una carcajada limpia y sonora, de esas que llenan toda la habitación.

—¡Jajajaja! ¡Te la he colado, pero bien! —exclamó él, señalándola con el dedo mientras se reía—. ¡Te he hecho un Spiderman! Me encanta el metal, Marta. Solo quería ver qué cara ponías si te pedía reguetón.

Marta se quedó muda un segundo, procesando la broma, y luego le lanzó un cojín del sofá con todas sus fuerzas mientras se reía ella también.

—¡Serás imbécil! Casi me da un parraque pensando que tenía a un fan de la gasolina en mi comedor —rio ella, acercándose de nuevo—. Me la has jugado... pero reconozco que ha sido buena.

La tensión por la marcha de él se disipó por completo entre guitarras eléctricas y risas, dejando claro que, musicalmente, también estaban hechos el uno para el otro.


El ordenador emitió un pitido insistente que rompió la atmósfera de bromas. Él se irguió de inmediato en la silla, pasando del modo "bromista" al modo "profesional" en un parpadeo, aunque sin perder esa chispa de calidez que lo hacía diferente.

—Uy, Marta, te dejo, me llaman ya —dijo, ajustándose los auriculares y comprobando que la cámara estuviera en su sitio.

Marta se retiró a un segundo plano, sentándose en el sofá con una pierna encogida, observándolo en silencio. Le fascinaba el cambio. En cuanto la pantalla se iluminó con las caras de dos chicos jóvenes que parecían no haber dormido en tres días, él les regaló una sonrisa amplia.

—¡A ver, chicos, contadme! —exclamó con energía—. ¿Qué tal esas ojeras? ¿Os habéis peleado mucho con el servidor o él con vosotros?

La naturalidad con la que les hablaba, cargada de bromas para quitar hierro al asunto, hizo que los hombros de los chicos se relajaran visiblemente a través de la webcam. Durante la siguiente hora, él se sumergió en una maraña de códigos y estrategias. Identificó rápidamente dos errores críticos: primero, un bucle de redireccionamiento en la pasarela de pago que hacía que los clientes abandonaran el carrito justo antes de finalizar la compra; y segundo, una falla en el inventario sincronizado que mostraba productos agotados como si estuvieran en stock, frustrando a los pocos usuarios que llegaban.

—Tenéis un lío de etiquetas en el SEO que ni vuestra abuela encontraría la página buscando por el nombre —bromeaba él mientras tecleaba rápido—. Pero tranquilos, que esto lo limpiamos ahora.

Sin embargo, surgió un tercer problema: no sabían cómo comunicar que el retraso en los envíos se debía a una mejora en el empaquetado ecológico sin que pareciera una excusa barata. Él se quedó pensativo, rascándose la barba, buscando la palabra exacta.

Marta, que no había perdido detalle de la conversación y que, al fin y al cabo, sabía de marketing y de lo que el público quería sentir, se inclinó hacia delante y le susurró al oído, casi rozándole con los labios:

—"No es un retraso, es un proceso artesanal". Diles que vendan la espera como parte de la exclusividad. Que la gente sienta que su paquete está siendo mimado, no olvidado.

Él se quedó quieto un segundo, asimilando la idea. Le lanzó a Marta una mirada de absoluta admiración y se volvió hacia la pantalla con el dedo índice levantado.

—¡Escuchad! —les dijo a los chicos con entusiasmo—. Me acaban de dar la clave. No vamos a pedir perdón por el retraso. Vamos a darle la vuelta. Vamos a decir que cada envío tiene un proceso de empaquetado artesanal y sostenible que requiere tiempo porque "lo bueno se hace esperar". Vamos a vender exclusividad, no lentitud.

Los chicos al otro lado de la pantalla se miraron entre ellos, asintiendo con los ojos como platos. "¡Es buenísimo!", exclamó uno de ellos.

Él continuó con la sesión, pero de vez en cuando giraba la cabeza para mirar a Marta, que le observaba con una sonrisa de satisfacción desde el sofá. En ese momento, él supo que no solo hacían un buen equipo bajo las sábanas o frente a una cámara de OnlyFans; eran un equipo de verdad, capaces de leerse el pensamiento y de salvarle el día a cualquiera si se lo proponían.


Los dos chicos en la pantalla parecían haber rejuvenecido cinco años en una hora. Sus rostros, antes crispados por la ansiedad, ahora reflejaban una esperanza genuina. Uno de ellos, el que llevaba las gafas, se acercó a la cámara con una sonrisa de oreja a oreja.

—Muchas gracias por los consejos, de verdad. Los vamos a aplicar de inmediato —dijo con voz firme—. Vamos a darle ese giro al mensaje hoy mismo, a ver si remontamos como esperamos. Y por favor... dale las gracias también a tu compañera. Esa idea de la "manipulación artesanal" nos ha encantado; no queríamos descartarla porque es nuestra esencia, pero no sabíamos cómo enfocarlo para que no pareciera una mala excusa. Ha sido la clave.

Él asintió, orgulloso de que hubieran captado el valor de la idea de Marta, y se reclinó en la silla con una actitud relajada y protectora.

—No hay de qué, chicos. A veces solo falta una mirada fresca para ver lo que uno tiene delante —respondió él, lanzándole a Marta una mirada cómplice que ella recibió desde el sofá con un guiño—. Contadme en un mes qué tal os va... o si queréis, en una semana nos conectamos un momento y lo vemos, sin problema. No os voy a soltar la mano ahora. Un abrazo, ¡y a darle caña!

—¡Un abrazo! ¡Gracias! —se despidieron antes de que la pantalla se quedara en negro.

El silencio volvió a inundar el salón, pero era un silencio cargado, denso y extremadamente dulce. Él cerró la tapa del portátil de un golpe suave y se quedó sentado, mirando el equipo un segundo antes de girar la silla hacia ella. Marta seguía allí, con la luz dorada del atardecer entrando por la ventana y perfilando su silueta.

—"Compañera", ¿eh? —dijo él con una sonrisa lenta, saboreando la palabra—. Les has salvado el culo, Marta. Ha sido una idea brillante. Tienes un instinto para esto que da miedo.

Se levantó de la silla y caminó hacia ella, sintiendo que el "trabajo" del día había terminado, pero que la noche —esa que él decía que no pasaría aquí— estaba empezando a reclamar su sitio. El ambiente profesional se evaporó en un instante, dejando paso de nuevo a esa química brutal que los hacía gravitar el uno hacia el otro.

Se detuvo frente a ella, a pocos centímetros de sus rodillas, y la miró con una mezcla de gratitud y un deseo que ya no intentaba disimular bajo ninguna capa de marketing.


Marta se incorporó un poco en el sofá, dejando que el cojín que le había lanzado antes cayera a un lado. Le miró con una curiosidad genuina, entornando esos ojos verdes que parecían querer descifrar qué clase de código ético manejaba aquel hombre de la montaña.

—¿Por qué me has nombrado a mí? —le preguntó en un susurro cargado de extrañeza—. ¿No habría sido mejor no decir nada?

Él se detuvo frente a ella, sorprendido por la pregunta. Se rascó la nuca y la observó con una ceja arqueada.

—¿Te ha molestado? —quiso saber él, con una sombra de duda en su voz grave.

—No, no, en absoluto. Al revés —respondió Marta rápidamente, suavizando el gesto—. Me ha sorprendido que no hayas querido decir que era idea tuya. Con no nombrarme habría sido suficiente para que así lo creyeran ellos... y el mérito se lo habría llevado el "experto".

Él soltó una risa corta, de esas que denotan que las jerarquías y los egos le importaban más bien poco. Se sentó en la mesa baja, justo frente a ella, quedando a su misma altura.

—¿Y eso es así? —replicó él, mirándola fijamente—. Si la idea es tuya, es tuya. A mí me ha parecido una idea muy buena y, sobre todo, sorprendentemente rápida. ¿Por qué iba a ponerme una medalla que te pertenece a ti?

Marta se quedó en silencio, procesando la respuesta. En el mundo del marketing y de las agencias de modelos en el que ella se movía, el robo de ideas y el egocentrismo eran el pan de cada día. Ver a un hombre tan seguro de sí mismo que no necesitaba alimentar su ego con el trabajo de los demás la dejó desarmada una vez más.

—Es que no estoy acostumbrada a que la gente sea tan... legal —confesó ella, bajando un poco la mirada hacia las manos de él—. Me ha gustado. Mucho.

—Pues vete acostumbrando —dijo él con un tono suave pero firme—. Porque si vamos a ser socios en ese "proyecto" nuestro, la primera regla es que aquí no hay jefes, solo nosotros dos. Y si tienes ese instinto, lo último que voy a hacer es ocultarlo.

El sol terminó de ponerse, dejando el salón en una penumbra cálida. El ambiente se volvió a cargar de esa electricidad estática que siempre aparecía cuando dejaban de hablar de negocios. Él no se movió de la mesa baja, manteniéndose a escasos centímetros de ella, esperando a ver cuál sería el siguiente movimiento en este tablero que compartían.


Él se estiró, haciendo crujir un poco su espalda tras la tensión de la llamada, y suspiró con esa satisfacción del deber cumplido.

—Bueno, creo que si hacen esos cambios les puede ir bien, o al menos van a notar un cambio pronto —comentó él, cerrando definitivamente la pantalla del portátil—. Seguramente habrá que hacer algo más adelante, pero de momento es un paso gigante. Espero de corazón que lo consigan, se les ve buena gente.

Marta le miraba con una mezcla de orgullo y fascinación. Se puso en pie, alisándose el pantalón, y se acercó a él.

—Seguro que sí, les has dicho cosas muy interesantes —afirmó ella, con voz suave—. Pero te digo una cosa: me ha sorprendido muchísimo cómo has visto lo de la simplificación del registro de usuario. Ha sido un movimiento muy inteligente proponerles que el cliente pueda comprar como "invitado" sin tener que rellenar mil formularios. A veces menos es más, y tú lo has clavado.

Él sonrió, agradecido por el cumplido, y empezó a recoger sus cosas. Cuando Marta vio que él agarraba su chaqueta y se la echaba al hombro, sintió un vuelco en el estómago. El momento de la despedida, el que tanto había intentado dilatar, parecía haber llegado finalmente. El silencio de la casa se le hizo, de repente, demasiado pesado.

Se acercó un paso más a él, con la mirada un poco perdida, convencida de que lo siguiente que escucharía sería el sonido de las llaves y un "adiós".

—¿Te quedas? —le preguntó él de repente, rompiendo sus pensamientos.

Marta parpadeó, confundida por la pregunta, y soltó una risita nerviosa.

—Sí, claro... vivo aquí —respondió ella, intentando bromear para esconder la punzada de tristeza.

—Jaja, lo sé —dijo él riéndose, mientras se terminaba de ajustar la chaqueta y la miraba con una chispa de picardía—. Digo que si te quedas aquí encerrada, porque yo me bajo a cenar algo. He visto un sitio guapo antes al pasar, en la esquina de la plaza, tenía pinta de estar bien de precio y la terraza era acogedora. ¿Te ape?

Marta sintió cómo se le iluminaba la cara, un alivio inmediato que le recorrió el cuerpo. No se iba. Al menos, todavía no.

—Pilla el portátil, por fa —añadió él, señalando el equipo sobre la mesa—. Así terminamos de ver lo nuestro mientras cenamos. Y ya de ahí... me iré.

Ese "ya de ahí me iré" sonó a una concesión, a un intento de recordarse a sí mismo que tenía una vida en la montaña, pero ambos sabían que la noche era joven y que ninguno de los dos tenía prisa por mirar el reloj. Marta agarró el ordenador con una sonrisa triunfal.

—Dame dos minutos para retocarme y nos vamos —dijo ella, casi saltando hacia el baño—. ¡Y ni se te ocurra irte sin mí, Spiderman!


El restaurante era pequeño y acogedor, con una luz tenue que invitaba a la confidencia. Se habían sentado en una mesa lateral, pero en lugar de estar uno frente al otro, se habían acomodado en el mismo lado, en un banco corrido, para poder compartir la pantalla del portátil. Estaban tan pegados que Marta podía sentir el calor del brazo de él presionando el suyo, una fricción eléctrica que hacía que concentrarse en los términos y condiciones de la plataforma fuera una tarea casi imposible.

Él señalaba la pantalla con el dedo, moviendo el cursor con el ratón táctil mientras su otra mano rozaba distraídamente la pierna de Marta.

—Ves, aquí parece ser que hay una serie de normas y tal que habrá que tener en cuenta —decía él con voz baja, casi en un susurro para que en las mesas de al lado no se enteraran de su plan—. La gente paga una suscripción y tiene acceso por un tiempo determinado. Según leo, el algoritmo castiga si no subes cosas nuevas. Parece que hay que alimentar esto de forma constante para no perder miembros. ¿No crees?

Marta se inclinó más hacia él, apoyando su barbilla casi en su hombro para leer la letra pequeña. El aroma de su perfume se mezclaba con el olor a madera del local y el vapor de la cena que acababan de servirles.

—Déjame ver... —dijo ella, tomando el control del teclado. Sus dedos se rozaron, y ella dejó que el contacto durara un segundo más de lo estrictamente necesario—. Bueno, habrá que empezar por crear una cuenta y ver qué pasos nos marca. A ver qué piden exactamente para verificar que somos nosotros.

Él asintió, observando cómo ella navegaba por la interfaz. El ambiente era extraño: estaban hablando de un negocio de contenido para adultos, analizando retenciones de audiencia y cuotas mensuales, pero la forma en que se miraban y la cercanía de sus cuerpos sugería algo mucho más íntimo y real que una simple transacción comercial.

—Piden identificación oficial, una cuenta bancaria vinculada... y parece que una descripción del perfil —continuó ella, mientras su voz se volvía un poco más ronca—. Si queremos que esto funcione, no podemos subir cualquier cosa. La gente se queda por la historia, no solo por la piel.

—Entonces habrá que escribir una buena historia —respondió él, girando la cabeza para mirarla de lado. Estaban tan cerca que sus narices casi se rozaban—. Y creo que nosotros dos tenemos bastante material para empezar el guion, ¿no te parece?

Marta sonrió, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del local. El "proyecto" estaba tomando forma, y por primera vez, la idea de marcharse a la montaña parecía algo que él estaba intentando olvidar activamente.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Marta - Su mejor amigo quiere conocerla

Marta - El sofá