Marta - El sofá

 El trayecto hasta el piso de Marta fue inusualmente silencioso, pero no era un silencio incómodo. Era esa clase de quietud que precede a los momentos importantes. Él conducía con la vista fija en la carretera, todavía sintiendo el rastro del rubor en sus mejillas, mientras Marta, apoyada contra la ventanilla, lo observaba de reojo con una mezcla de ternura y expectación.

Al llegar al portal, él aparcó el Subaru con su precisión habitual. Marta bajó primero, esperando a que él sacara las llaves del contacto.

—Es aquí —dijo ella señalando el edificio, un bloque moderno con grandes ventanales—. No te esperes nada del otro mundo, que ya sabes que paso poco tiempo en casa.

Subieron en el ascensor en un silencio eléctrico. Al abrir la puerta del piso, un suave aroma a jazmín y limpieza les recibió. El salón era minimalista, muy "Marta": elegante pero con un toque de calidez que se notaba en las mantas de lana sobre el sofá de cuero gris y los libros de fotografía apilados.

—Ponte cómodo... de verdad —le dijo ella, dejando el bolso en la entrada y quitándose los zapatos con un suspiro de alivio—. Voy a por un par de aguas frías y busco algo en la tele. Tírate en el sofá si quieres.

Él se sentó con cierta timidez inicial, hundiéndose en el sofá. Era increíblemente cómodo. Se pasó una mano por la cara, soltando toda la tensión acumulada del día.

Marta volvió a los pocos minutos, le entregó la botella de agua y, sin preguntar, se dejó caer a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus hombros se rozaran. Cogió el mando y empezó a pasar canales sin mirar realmente, antes de dejar la imagen fija en una película de la que ni siquiera sabía el título.

—Gracias por lo de antes —murmuró ella, rompiendo el silencio y apoyando la cabeza en el respaldo, muy cerca de la de él—. Lo de las "vigas de acero". Hacía mucho tiempo que nadie me decía algo tan... real. Sin filtros.

Él la miró, y en la penumbra del salón, la "diablesa" parecía haber desaparecido para dejar paso a la Marta que solo él conocía.

—No tienes que darme las gracias por decir la verdad —respondió él con voz grave—. Estaba agobiado por el tipo, pero más me jodía que te hiciera sentir como un objeto delante de mí. No lo iba a permitir.

Marta sonrió, estiró las piernas y, con una naturalidad que le hizo contener el aliento, se acomodó más cerca de él, buscando su costado.

—Pues ahora... no hay ningún Rafa. Ni ninguna Cris. Solo el sofá y este "cielo" que tenemos aquí dentro —dijo ella con un tono juguetón, recordándole su desliz—. Descansa, anda. Te lo has ganado.

Él pasó un brazo por encima de los hombros de ella, atrayéndola hacia sí. El cansancio del madrugón empezó a pesar, pero la sensación de tenerla allí, refugiada contra su pecho, era mejor que cualquier sueño.


Marta se dejó llevar por la inercia del momento, hundiéndose en esa sensación de protección que él le transmitía. Hacía tiempo que no se sentía así: arropada, cómoda y, sobre todo, querida. No era la admiración superficial a la que estaba acostumbrada por su trabajo; era algo más sólido. Se sentía, literalmente, en una nube, dejando que el peso de su cuerpo descansara totalmente contra el de él.

Él, en silencio, empezó a acariciarle el hombro con el pulgar, subiendo de vez en cuando para perder los dedos entre su pelo, con una suavidad que a Marta la desarmaba. Pero, a pesar de la calma aparente, el cuerpo de él no mentía.

Al estar tan pegada, Marta no tardó en notar cómo la temperatura de él subía y cómo, bajo la tela del pantalón, empezaba a dibujarse una erección imponente. La cercanía, el aroma de Marta y la intimidad del salón habían provocado una reacción inevitable. Ella, aprovechando la posición de su cabeza, bajó la mirada con disimulo. Pudo ver cómo su miembro ganaba un tamaño considerable, tensando el tejido. Observaba fascinada, casi sin parpadear, disfrutando de ese privilegio de mirar sin ser vista.

Con un movimiento lento y cargado de intención, Marta empezó a acariciarle la pierna. Él respondió intensificando su caricia, bajando del hombro hacia el codo en un recorrido eléctrico que le erizaba la piel.

Ella fue acortando distancias, deslizando la mano de forma peligrosa hacia la zona central. Podía ver cómo el pene daba pequeños saltitos rítmicos bajo el pantalón, reaccionando a la proximidad de sus dedos. El aire en el salón se volvió denso, casi irrespirable.

Sin previo aviso, pero con una delicadeza extrema, Marta deslizó toda su mano sobre la longitud de su polla, confirmando la firmeza y el volumen que había intuido antes. Fue un contacto total que hizo que él soltara un suspiro profundo, casi un gruñido contenido. Con una destreza impecable y usando una sola mano, ella buscó el botón del pantalón y lo desabrochó suavemente, liberando la presión y dejando claro que la película de la televisión era ya lo último que les importaba en ese sofá.

Marta se incorporó lentamente sobre el sofá, quedando a la altura de sus ojos. El brillo travieso de siempre había mutado en algo mucho más profundo y voraz. Le sostuvo la mirada con una intensidad que casi quemaba.

—Así que diablesa, ¿eh? —susurró ella con una sonrisa ladeada, recordando las palabras de Cristina.

—Sí... diablesa... vaya que sí —respondió él con la voz rota, incapaz de apartar los ojos de los de ella.

Marta empezó a tirarle de la camiseta hacia arriba, centímetro a centímetro, mientras ladeaba la cabeza para depositar besos suaves y húmedos en su mejilla, bajando hacia la mandíbula.

—Pues me encanta ser tu diablesa... —le confesó al oído, disfrutando de cómo los músculos de él se tensaban bajo sus dedos—. Me encanta el efecto que tiene esta diablesa en ti.

Se bajó del sofá con una agilidad felina y terminó de quitarle el pantalón que ya había aflojado. Se quedó un momento de pie frente a él, observándole con una mezcla de deseo y ternura.

—¿Estás bien? —le preguntó con voz dulce—. ¿O estoy siendo un poco mala?

—Me encanta... —logró decir él, echando la cabeza hacia atrás, entregado por completo al ritmo que ella marcaba.

Él intentó incorporarse, alargando las manos para buscar la cintura de Marta y quitarle la camiseta, pero ella le puso una mano en el pecho, frenándole con suavidad. No quería que él hiciera el esfuerzo todavía; quería ser ella quien llevara el control. Se agachó de nuevo y, con una lentitud tortuosa, empezó a bajarle el bóxer.

—Esta mañana en la ducha me has querido engañar, ¿eh? —le soltó ella con una risilla juguetona mientras bajaba la prenda—. ¿Qué querías, pillarme desprevenida?

—¿Yo? —alcanzó a decir él, mientras contenía el aliento.

—Uau... tienes una... vaya...

En cuanto el bóxer liberó la presión, su miembro saltó hacia arriba, golpeando contra su abdomen con fuerza. Era impresionante; totalmente erecto, sobrepasaba el ombligo con un margen que dejó a Marta muda un segundo. Estaba totalmente depilado, con el glande de un tono rosado intenso y la piel tensa, vibrando de pura excitación.

—No sé qué me pasa contigo... pero me vuelves loca —admitió ella.

Se sentó a su lado, fundiéndose en un beso largo y profundo mientras su mano rodeaba la base de esa dureza que la tenía fascinada. Él la buscó de nuevo y esta vez ella sí permitió que le quitara la camiseta. Al quedar en su sujetador de encaje negro, con los pezones marcándose con fuerza, la imagen era de una belleza abrumadora. Marta se puso de pie, se deslizó fuera de sus vaqueros y se quedó solo en ese tanga a juego, mostrando unas piernas infinitas.

—Buf... —exhaló él, recorriéndola con la mirada—. Eres espectacular.

—Lo vamos a petar en el OF, majete —bromeó ella con un brillo de orgullo—. ¿Tú te has visto tu... bueno, eso? Tienes un cuerpo de diez.

—Tú eres perfecta...

Marta se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su polla presionando justo entre los dos. Él la atrajo por la nuca para besarla con hambre, mientras sus manos bajaban por su espalda, recorriendo la piel suave hasta llegar a sus caderas. Eran firmes, con una curva perfecta que moría en un trasero que él apretó con instinto. Con un movimiento experto, él deslizó los dedos hacia el cierre del sujetador y lo soltó.

Sus pechos quedaron libres frente a él, firmes y hermosos. Él los recorrió con la mirada, subiendo luego a sus hombros.

—¿No tienes tatuajes? —le preguntó, sorprendido por la limpieza de su piel.

—Ni uno... ¿y tú? —Marta hizo una pausa, mirándole con una vulnerabilidad que no había mostrado en todo el día—. Creo que se me está tallando uno ahora mismo en el corazón...

De repente, la "diablesa" se desvaneció. Marta se lanzó sobre él, fundiéndose en un abrazo desesperado, apretando su cara contra su cuello. De pronto, él sintió cómo el cuerpo de ella empezaba a temblar. Marta estaba llorando, pero no de tristeza; era una descarga de emoción pura, de sentirse por fin vista, valorada y segura después de tanto tiempo fingiendo ser solo una fachada.


Él se asustó un segundo al sentir su temblor y la apartó apenas unos centímetros para buscarle la cara, con una preocupación genuina en la mirada.

—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro, acariciándole las mejillas húmedas.

—Mejor que nunca —respondió ella con la voz entrecortada, limpiándose una lágrima con una sonrisa—. Es que me encantas... me encantas tanto que me asusta.

Marta bajó las manos hacia su cuello y empezó a recorrerle el pecho y el abdomen con las yemas de los dedos, bajando lentamente hasta que su vista se clavó de nuevo en su enorme polla. Se quedó un momento así, simplemente observándola con una fascinación casi hipnótica, admirando la potencia de ese cuerpo que se entregaba a ella sin reservas.

Cerró los dedos alrededor de él con una suavidad rítmica y empezó a pajearle. Sus movimientos eran lentos, precisos, disfrutando de cada centímetro de piel tensa. La excitación de él, acumulada durante todo el día de tensión y deseo contenido, fue demasiado. En apenas unos segundos, su cuerpo se tensó y soltó una corrida impresionante, tan abundante que algunos hilos llegaron a saltar hasta la mejilla de Marta.

Ella no se inmutó. No se apartó ni puso cara de sorpresa; al revés, se pasó la lengua por el labio y siguió pajeándole con la misma cadencia, sintiendo cómo el pulso de él seguía disparado.

—No pares... —le pidió él con los ojos cerrados y la respiración rota—. Por favor, no pares... lo haces increíble.

—¿No paro? —susurró ella con malicia.

—No, no pares...

Marta se puso de pie frente a él, con una elegancia que quitaba el aliento. Se deslizó el tanga negro por las piernas y lo dejó caer. Su vagina, totalmente rasurada, de un tono rosado perfecto, quedó a la vista de él, que no podía dejar de mirar. A pesar de haber acabado de correrse, él seguía totalmente excitado; su polla, lejos de ablandarse, se mantenía dura como una roca, pidiendo más.

Ella volvió a horcajadas sobre él. Se elevó un poco y, guiándolo con la mano, empezó a introducirlo poco a poco en su interior. Los movimientos eran milimétricos, saboreando cómo la carne de ella se dilataba para acogerle.

—Así... despacito... —gemía ella, cerrando los ojos con fuerza—. Es que es muy... la tienes muy grande... pero es perfec... ¡aaahhhh, sí! ¡Dios mío! Ohhh...

Marta empezó a subir y bajar con una lentitud tortuosa, sintiendo cómo él la llenaba por completo en cada embestida. Sus gemidos eran suaves, constantes, una música que volvía loco a él, que la sujetaba por las caderas para marcar el paso.

—Dios... me vengo... me voy... me ahhh... ¡ohhhh, me desmayo!

Él la abrazó con una fuerza casi desesperada, pegándola a su pecho mientras ella, con toda la polla hundida hasta el fondo, empezó a temblar de nuevo. Un espasmo recorrió todo su cuerpo y se corrió con una intensidad que la dejó sin aliento, colapsando sobre sus hombros.

—Buaa... por Dios... joder... —decía ella intentando recuperar el aire—. Uf...

—Jajaja —reía él con ternura, sintiendo el corazón de ella latir contra el suyo—. ¿Estás bien? Tranquila, respira... —y empezó a llenarle el cuello de besos cortos y cálidos.

—Uy, esos besitos... me vas a matar, ¿eh? —murmuró ella con una sonrisa débil.

—¿Te gustan?

—Me encantan...

Marta, recuperando las fuerzas, sintió que él seguía ahí dentro, igual de firme, igual de presente. Empezó a balancear las caderas de nuevo, disfrutando de la fricción y de la resistencia de él.

—Uf... diablilla, diablesa... ¿me quieres matar? —preguntó él, sintiendo que la cordura se le escapaba de nuevo.

—No... en absoluto —respondió ella, dándole un beso corto en los labios—. Solo quiero hacerte disfrutar como nunca te han hecho disfrutar en la vida.


Él empezó a arquear la espalda, con los músculos de los muslos y los brazos en tensión máxima, sintiendo cómo el placer se volvía casi doloroso de tan intenso. Marta notó esa rigidez, ese punto de no retorno, y en lugar de frenar, aumentó el ritmo de sus caderas, subiendo y bajando con una fuerza renovada, sintiendo cada veta y cada latido de él en su interior.

—Eso es... ahí... —gemía él, apretando los dientes.

Justo cuando sintió que él iba a estallar, Marta se incorporó con una agilidad sorprendente. Salió de él con un sonido húmedo y se dejó caer a su lado en el sofá, pero no para descansar. Sin perder un segundo, envolvió la polla con su mano y empezó a meneársela con una cadencia hipnótica, sin apartar la vista ni un milímetro de lo que estaba ocurriendo.

Él no aguantó más. Una nueva y larguísima corrida brotó con una potencia salvaje, salpicando el abdomen de ella. Algunas gotas, impulsadas por la fuerza de la entrega, llegaron a caer sobre sus pechos, deslizándose entre sus pezones, que estaban totalmente erguidos y oscuros por la excitación.

Marta se quedó contemplando el rastro de él sobre su piel, respirando de forma agitada, con los labios entreabiertos.

—Madre mía... —soltó ella con una risilla nerviosa y cargada de deseo—. Cómo me has puesto, jejeje...

Él se dejó caer hacia atrás, totalmente agotado pero con una sonrisa de absoluta satisfacción, observando la estampa de Marta: desnuda, marcada por él y más bella que nunca bajo la luz tenue del salón.

—Vaya cuerpazo tienes, Marta... Eres una pasada —dijo él, alargando una mano para acariciarle el vientre—. Me entiendes perfectamente. Sabes exactamente qué hacer y cuándo hacerlo.

—Pues tú a mí... —respondió ella, girándose para quedar frente a él y buscando su mano—. Ha sido increíble... Tenía muchísimas ganas de sentirte dentro, de verdad. Ha sido... ha sido...

Se quedó sin palabras, simplemente negando con la cabeza mientras se acurrucaba contra su costado, dejando que la adrenalina bajara poco a poco. En ese sofá, después de toda la fachada del día y de las tonterías de Rafa, por fin se sentían ellos mismos: dos personas que encajaban de una forma que iba mucho más allá de lo físico. Sus vigas de acero y su diablesa habían encontrado, por fin, su refugio perfecto.


Marta se separó un poco de su pecho, lo justo para mirarle con esos ojos verdes que ahora, sin las lentillas negras, brillaban con una honestidad que solo él conocía. Pasó la yema de su dedo por el rastro de la "entrega salvaje" que él había dejado en su abdomen, dibujando círculos lentos, antes de volver a clavar su mirada en la de él.

—Oye... —susurró con una sonrisa ladeada y los labios todavía un poco hinchados por los besos—. Creo que necesitamos pasar por agua. Estoy marcada por ti de arriba abajo... ¿Te apetece que nos duchemos juntos?

Él soltó una carcajada suave, esa que a Marta le retumbaba en el pecho cuando estaba así de cerca, y la atrajo para darle un beso corto pero intenso.

—Me encantaría, diablesa, no sabes cuánto... —respondió él, recorriendo con la mirada el cuerpo de ella, todavía ruborizado y con los pezones oscuros y erguidos—. Pero recuerda lo que te dije. El desagüe de esta ducha va como quiere y, si nos liamos demasiado ahí dentro, vamos a acabar inundando el baño antes de que nos demos cuenta.

Marta soltó una risita, recordando la advertencia sobre los problemas técnicos de la fontanería de aquel piso. Le encantaba ese contraste: el hombre con una capacidad analítica capaz de montar un imperio digital, siendo "derrotado" por un simple desagüe.

—Vaya... resulta que el estratega tiene un punto débil —le pinchó ella con sorna, dándole un mordisquito juguetón en el lóbulo de la oreja—. Está bien, acepto el reto. Tendrá que ser algo rápido... entrar, enjabonarnos, quitarnos el rastro de la batalla y salir antes de que el agua nos llegue a los tobillos.

—¿Rápido? —preguntó él, alzando una ceja mientras sentía cómo ella ya se ponía de pie y le tendía la mano—. Contigo no hay nada que sea rápido, Marta. Pero vamos... intentaremos no provocar un desastre natural.

Se levantaron del sofá, dos cuerpos que se reconocían perfectamente desde aquel primer día en la agencia. Marta caminaba delante, desnuda y orgullosa, moviendo las caderas con esa seguridad que solo tenía cuando estaba a solas con él. Al entrar en el baño, el vaho empezó a empañar el espejo mientras el agua golpeaba el plato de ducha.

Él entró detrás y la atrajo por la cintura bajo el chorro caliente. Marta soltó un suspiro de placer al sentir el agua y, a la vez, la presión de esa "potencia" de él contra su espalda. Se giró para quedar frente a frente, dejando que el jabón se deslizara entre sus cuerpos mientras se acariciaban con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de vivir en el salón.

—Nada de distracciones, ¿eh? —murmuró él con la voz grave, aunque sus manos bajaban ya por la curva de sus glúteos.

—Solo un poco... —respondió ella, rodeándole el cuello con los brazos y pegando sus pechos mojados a su pecho—. El agua todavía no sube, tenemos un minuto más.

Se besaron bajo el agua, un beso con sabor a jabón y a complicidad, sabiendo que, aunque el desagüe fuera lento, lo que había entre ellos era imparable.


Bajo el chorro de agua caliente, el vaho terminó de envolverlos, creando una burbuja de calor y humedad solo para ellos. Marta se pegó a su pecho, sintiendo el contraste del agua resbalando por su espalda y la piel de él quemando contra la suya. Con un movimiento lento y cargado de intención, ella bajó una mano por el abdomen de él, buscándolo entre el agua y el jabón.

Al rodearlo con sus dedos, sintió ese latido familiar, esa firmeza que no dejaba de crecer bajo su tacto suave.

—El agua aún no sube... pero esto sí, ¿eh? —murmuró Marta con una sonrisa pícara, mientras deslizaba su mano de arriba abajo, acariciándole la polla con una delicadeza casi tortuosa—. ¿Tanto me deseas, mi estratega?

Él cerró los ojos un instante, dejando que la cabeza se le fuera hacia atrás mientras el agua le golpeaba la cara. La sensación de los dedos de Marta, experta y cariñosa a la vez, era demasiado para su autocontrol.

—No lo sabes bien... —respondió él con la voz rota, más grave que de costumbre—. Tenerte delante así, desnuda, con el agua recorriéndote... es una tortura y un premio a la vez.

Marta soltó una risita suave y se elevó sobre las puntas de los pies. Al hacerlo, sus pechos rozaron el pecho de él. Bajo la luz del baño y el efecto del agua fría que se mezclaba con el calor, sus pezones, de ese tono rosado clarito tan perfecto y natural, destacaban como dos pequeñas joyas puntiagudas, duros y sensibles al más mínimo roce.

—Pues no sufras más... —le susurró ella al oído antes de sellar sus labios con un beso profundo, húmedo y desesperado.

Él la agarró por las nalgas, elevándola un poco para pegarla más a él, olvidándose por completo del desagüe, de la inundación y del mundo exterior. En ese momento, en esa ducha, solo existían el tacto de su piel, la suavidad rosada de sus pechos y esa potencia que ella manejaba con la mano como si fuera la dueña de cada uno de sus impulsos.


Bajo el agua caliente de la ducha, que empezaba a acumularse peligrosamente en torno a sus tobillos, el ambiente cambió. La tensión sexual que los consumía hace un momento dio paso a algo mucho más profundo, una vulnerabilidad que solo aparece cuando dos personas se han desnudado no solo de ropa, sino de defensas.

Él la estrechó contra su pecho, hundiendo la cara en su cuello mojado, inhalando el aroma de su piel mezclado con el jabón. Sus manos, que antes recorrían sus nalgas con deseo, ahora la rodeaban con una protección casi desesperada.

—No quiero que esta sensación acabe nunca... —le susurró él al oído, con la voz cargada de una emoción contenida—. Tu brillo en los ojos cuando me miras... el brillo que siento en los míos cuando te veo... Quiero que se detenga el tiempo, Marta. Aquí mismo.

Ella se separó un poco para buscar su mirada, dejando que el agua resbalara por su rostro. Sus pezones claritos rozaban el torso de él, pero en ese instante, la conexión era puramente espiritual. Ella le puso las manos en las mejillas, acariciándolo con los pulgares.

—Pues eso va a depender de nosotros, mi Spiderman —respondió ella con una sonrisa tierna, usando ese apodo que escondía toda la admiración que sentía por su habilidad para tejer su nueva vida—. Porque yo siento lo mismo. Siento que esto es lo que llevaba buscando sin saberlo.

No hablaban solo del sexo, ni de la potencia que aún los mantenía unidos físicamente bajo el agua. Hablaban de esa complicidad ciega que había nacido en aquel reservado con champán y que se había fortalecido en cada kilómetro del Subaru. Hablaban de la sensación de ir descubriéndose capa a capa, de entender que el otro era el espejo donde por fin se veían de verdad.

—Me encantaría estar siempre así... —continuó él, y su mirada se ensombreció un poco, perdiendo ese fuego habitual—. Pero sé que luego esto se puede romper... el mundo de fuera es una mierda, Marta. Y no quiero que pase. No quiero perderte.

Se puso triste, con esa melancolía que a veces asalta a los hombres fuertes cuando encuentran algo que les da miedo perder. Marta le miró con una ternura infinita, sintiendo cómo se le encogía el corazón al ver esa grieta en su "vaga de acero" emocional.

—Haremos lo que haga falta, no te preocupes —le dijo ella, dándole un beso suave en la punta de la nariz para animarlo—. No te pongas triste, ojazos. No vamos a dejar que nada ni nadie rompa lo que estamos construyendo. Somos un equipo, ¿recuerdas?

Él asintió, pero la rodeó con más fuerza, pegando su frente a la de ella. El agua ya cubría sus pies por completo, amenazando con salir del plato de ducha, pero a ninguno de los dos le importaba.

—Es que nunca he sentido esto... —confesó él en un hilo de voz—. Nunca había sentido que alguien me viera a mí, más allá de lo que puedo hacer o de lo que puedo dar. Solo a mí.

Marta le besó con una profundidad que lo decía todo. Estaban aprendiendo a quererse en medio de una tormenta de sensaciones, pero en esa ducha, eran simplemente dos almas buscando refugio. 


Marta le acarició la nuca con una suavidad extrema, dejando que las yemas de sus dedos dibujaran círculos en su piel mojada. Le obligó a levantar un poco la barbilla para que sus ojos verdes conectaran directamente con los de él, que seguían empañados por esa sombra de duda.

—Escúchame una cosa, ojazos —le dijo con una voz que era puro terciopelo, pero cargada de seguridad—. Entiendo que tengas miedo. Entiendo que te asuste que la chispa se apague cuando esto deje de ser una aventura y pase a ser "lo normal". Pero te voy a decir algo que no le he dicho a nadie: yo nunca había estado con alguien como tú. Y eso, mi Spiderman, ya lo cambia todo desde la base.

Le dio un beso lento en la frente, dejando que el calor de sus labios le transmitiera calma.

—No quiero que te agobies pensando en el futuro o en si esto se va a desgastar. Las cosas hay que ir viéndolas paso a paso, pero lo que sentimos ahora es real y es nuestro. Yo estoy súper bien contigo, mejor de lo que me esperaba, y solo quiero vivir este momento, aquí y ahora. No somos como los demás, somos dos bichos raros que han encajado, ¿te acuerdas?

Él asintió, soltando por fin el aire que parecía tener retenido en el pecho. Marta sonrió y le dio un toquecito juguetón en la nariz para romper la solemnidad del momento.

—Así que ahora, vamos a salir ya de la ducha para que el desagüe no nos juegue una mala pasada como esta mañana, que nos conocemos y nos liamos. Nos cambiamos, nos damos un paseo si quieres para que te dé el aire y te despejes, y después, cuando volvamos, cogemos mis cuatro cosas del piso y nos vamos a tu pueblo. Con Nube y Carbón. ¿Te parece bien?

Él la miró con una mezcla de alivio y adoración, como si ella acabara de quitarle un peso de cien kilos de encima.

—Me parece genial —respondió él, recuperando por fin su sonrisa—. De verdad, Marta... eres increíble.

—Lo sé —bromeó ella con un guiño mientras cerraba el grifo—. Venga, fuera, que el agua ya nos llega a los tobillos y no quiero que nos entretengamos ahora a achicar agua que al final tendremos que llamar a Manuel.


Marta sonrió de medio lado, dejando escapar esa risa suave que siempre aparecía cuando recordaba las salidas de tono de Manuel. Se imaginó al albañil entrando en el piso, viendo el estropicio del agua y soltando alguna de sus bromas brutas sobre lo que habrían estado haciendo para no darse cuenta de que el baño se desbordaba. La naturalidad con la que Manuel los aceptaba como pareja le daba una calidez especial a todo el asunto.

—Este Manuel... —murmuró ella con los ojos brillantes antes de ponerse seria para salir.

El agua ya les cubria los tobillos con fuerza. Él, con ese instinto de protección que tanto le caracteriza, dio un paso fuera del plato de ducha primero y se giró para ofrecerle la mano con firmeza. Sabía que el suelo mojado podía ser una trampa.

—Cuidado, no te me vayas a patinar ahora, diablesa —le dijo él, sujetándola por el antebrazo.

Marta, al dar el paso, sintió el suelo resbaladizo y tuvo que agarrarse fuerte a sus hombros para no perder el equilibrio.

—¡Uy! Jajaja... —soltó ella con una carcajada nerviosa, quedando pegada a su pecho un segundo antes de pisar la alfombrilla—. Casi me mato.

Empezaron a secarse y a vestirse en el baño, que ya era una auténtica sauna de vapor. No hacía falta hablar; el roce de las miradas lo decía todo. Él la observaba mientras ella se ponía la ropa, admirando de nuevo la suavidad de su piel y la firmeza de sus pechos con esos pezones de tono rosado tan clarito que tanto le habían impactado desde la primera vez que la vio. Ella, por su parte, buscaba sus ojos constantemente, reafirmando con cada gesto que no se iba a ninguna parte.

Una vez vestidos y, como él decía, "a salvo de la inundación", él la atrajo hacia sí en un abrazo que no tenía nada de sexual y sí mucho de entrega. Fue un abrazo largo, de esos que sirven para recomponer todas las piezas que el miedo había descolocado minutos antes. Marta cerró los ojos, disfrutando del calor de su cuerpo ya seco, y subió el rostro para besarle el cuello, justo donde late la vida.

—Me encantas... —le susurró ella contra la piel, dejando que su aliento le acariciara—. Esta sensibilidad tuya me encanta. Eres tan tierno...

Él no respondió con palabras, pero la apretó un poco más contra su pecho, dejando claro que, aunque fuera un "lobo solitario" en su casa de la montaña Marta encajaba perfectamente con Nube y Carbón, con ella todas las reglas habían cambiado.

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