Marta - Spiderman
Marta salió del baño envuelta en una fragancia a jabón artesanal y frescura. Llevaba un camisón de seda extremadamente fino, de un tono perla que casi se fundía con su piel. El tejido, ligero como un suspiro, no dejaba lugar a la imaginación: bajo el suave roce de la tela, sus pezones se erguían firmes y marcados, desafiando la temperatura de la habitación y delatando su propia agitación interna. La parte superior del camisón se ceñía a su torso, realzando su figura atlética, mientras que en la parte inferior, un culote de encaje ajustado subrayaba la curva de sus caderas y el contorno de su anatomía más íntima con una precisión que cortaba la respiración.
Para ella era lo más natural del mundo; siempre dormía así o, si el calor apretaba, sencillamente desnuda.
Él, mientras tanto, vivía un pequeño dilema frente a la cama. Se había quitado los zapatos y la camisa, dejando a la vista su torso fibroso y esos hombros bien definidos, pero dudaba con el pantalón. No sabía si quedarse en calzoncillos resultaría demasiado directo, o si dormir vestido sería una tortura. Estaba sumido en sus pensamientos cuando, de repente, la vio aparecer en el umbral.
Se quedó mudo. Sus ojos azules y amarillos recorrieron centímetro a centímetro aquel cuerpo que, bajo la luz tenue de la mesita de noche, parecía una escultura de seda y piel.
—¿Se resiste el pantalón? —preguntó ella con una sonrisa traviesa, apoyándose en el marco de la puerta.
—Es que... no he traído nada para dormir —admitió él, rascándose la nuca, sintiéndose de repente muy consciente de su propia desnudez parcial—. No era la idea inicial dormir fuera de casa. ¿Tienes algo que me pueda servir?
Marta soltó una carcajada cristalina y fue hacia su armario. Sacó un camisón corto, de flores y tirantes finos, y se lo puso delante del pecho, comparando tamaños.
—No, no tengo nada de hombre. Pero con uno de estos debes estar monísimo —rio ella, agitando la prenda con picardía.
Él soltó una risa profunda, de esas que nacen desde el pecho y que denotan una mezcla de timidez y pura diversión. Era una risa honesta, que le arrugaba un poco los ojos y le hacía parecer mucho más cercano, rompiendo la imagen de "tipo duro" de la montaña.
—Creo que no quepo ahí —dijo él entre carcajadas, mientras su mirada volvía a perderse inevitablemente en la forma en que el camisón de Marta se ajustaba a su cuerpo, marcando cada curva y cada reacción de su piel—. Definitivamente, me faltan unos cuantos centímetros de tela y me sobran unos cuantos de hombros.
El ambiente en la habitación alcanzó una temperatura nueva. Ella guardó la prenda riendo, pero al girarse, la broma se desvaneció un poco para dejar paso a la realidad: estaban a un paso de compartir esa cama enorme, y la ropa —o la falta de ella— ya no era el mayor de sus problemas, sino la atracción magnética que los empujaba a acortar la distancia.
Marta, empeñada en su papel de anfitriona, seguía revolviendo en el fondo del cajón, sacando prendas con una energía que contrastaba con la quietud de la madrugada. Parecía decidida a que él no durmiera con el rígido pantalón vaquero del casting.
—Mira, tengo esto. Es un pijamita de verano que lo tengo prácticamente sin estrenar, pruébatelo —dijo sacando un conjunto de algodón fino—. Y esta chaquetita fina que me pongo para estar por casa, mira a ver si algo te va bien.
Él no paraba de mirarla. Se sentía extrañamente conmovido por cómo ella, a pesar de las horas y de lo surrealista de la situación, se desvivía para que él estuviera cómodo. Había algo muy tierno en ver a esa mujer espectacular, que hacía unos minutos le hablaba de negocios y deseo, buscando ropa de dormir para él.
—Gracias, Marta... probaré con esa chaquetita a ver —dijo él, aceptando las prendas con una sonrisa agradecida—. Y me quedo en bóxer, porque ese pantaloncillo no sé si me cabe... me da que me va a cortar la circulación.
—Vale, mira a ver —respondió ella, dándose la vuelta para dejarle espacio.
Unos segundos después, el silencio de la habitación fue roto por una exclamación de puro asombro cómico.
—La madre que me parió... Mira qué pintas —soltó él. Marta se giró y lo que vio la dejó sin aliento, pero de risa.
Él estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero. La chaquetita fina de Marta, de un tono pastel y corte femenino, le quedaba ridículamente pequeña. Las costuras de los hombros amenazaban con estallar ante su espalda ancha, y las mangas le llegaban apenas por debajo del codo. El contraste entre su cuerpo atlético y fibroso con aquella prenda delicada y diminuta era digno de una comedia.
—Parezco uno de Locomía que se ha escapado del geriátrico —añadió él, mirándose con total incredulidad.
Marta soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que sentarse en el borde de la cama, sujetándose el estómago. Era una sensación liberadora; después de tanta tensión sexual y nervios por el futuro, ver a ese hombre imponente convertido en un cuadro cómico era el broche de oro para la noche.
—Quédate en bóxer, anda... —le dijo ella entre risas, intentando recuperar el aire—. Estás ridículo, jajajaja. Y me la vas a reventar, que esa chaqueta es de mis favoritas.
Él empezó a forcejear con la prenda, pero la situación empeoró. La tela se había ajustado tanto a sus hombros que no encontraba el ángulo para sacarla.
—¡No me la puedo quitar! —exclamó él, moviendo los brazos como un gimnasta atrapado—. Se ha atascado. Madre mía, qué cuadro... de verdad.
Marta se moría de la risa, tirándose hacia atrás sobre la colcha, viendo cómo él peleaba con la chaquetita rosa mientras sus músculos se tensaban bajo la presión de la tela. Era la imagen perfecta de la noche: dos personas que se habían tomado tan en serio durante el día, terminando la jornada en la situación más absurda y humana posible.
—Ven aquí, "Locomía", que te ayudo —consiguió decir ella, estirando los brazos hacia él mientras seguía riendo a lágrima viva.
Marta estaba prácticamente llorando, con el rímel ya definitivamente arruinado por las lágrimas de risa que no dejaban de brotar. Intentaba agarrar el dobladillo de la chaqueta, pero las manos le temblaban tanto por el ataque de risa que no lograba hacer fuerza.
—¿Pero cómo... cómo te has metido aquí? —lograba decir entre espasmos de carcajadas—. ¡Es que no... no puedo! Mis manos no me obedecen... ¡ay, qué dolor de tripa!
Él, viendo el efecto que causaba, decidió mantener el tipo. Se quedó muy quieto, con los brazos medio doblados en una postura forzada porque la tela no le permitía estirarlos, y puso una expresión de absoluta seriedad que solo hacía que la situación fuera diez veces más cómica.
—No te rías, Marta. Esto no es una broma —dijo él, con voz solemne mientras sus ojos azules chispeaban de diversión—. Me siento como el Spiderman negro cuando se le pega el simbionte... Esto es surrealista. Me está absorbiendo.
—Tranquilo... ¡Te lo sacaremos! —balbuceó ella, haciendo un esfuerzo sobrehumano por recuperar el control—. El Spiderman negro no te poseerá, te lo juro por mi vida.
Marta se subió a la cama de un salto para ganar altura. El colchón se hundió bajo su peso y ella se tambaleó, muerta de la risa, quedando justo frente a él.
—A ver, relájate que si no, no sale... Pon los brazos para arriba. ¡No, no tanto, que la rompes! —le ordenó—. Espera... tiraré desde arriba, a ver si así...
Él obedeció, sintiéndose ridículo pero disfrutando profundamente de ver a Marta tan feliz, tan libre de la tensión del día. Ella agarró la prenda por los hombros y empezó a tirar hacia arriba con todas sus fuerzas. El colchón, mullido y traicionero, hacía que ella se balanceara a cada tirón, a ritmo de su propia risa incontrolable.
—Me siento como un pelele, de verdad te lo digo... ¡jajaja! —soltó él, perdiendo finalmente la compostura y rompiendo a reír también mientras la chaqueta empezaba a ceder.
De repente, con un último tirón seco, la prenda salió disparada hacia arriba. El impulso, sumado a la inestabilidad del colchón y al ataque de risa, hizo que Marta perdiera el equilibrio y estuviera a punto de caer de espaldas hacia el centro de la cama.
Pero antes de que tocara las sábanas, él reaccionó con la agilidad que su cuerpo de atleta le otorgaba. En un movimiento rápido y seguro, la sujetó de la cintura. Sus manos grandes y cálidas envolvieron la fina cintura de Marta, frenando su caída en seco.
El tiempo se detuvo. La risa se apagó de golpe, dejando solo el sonido de sus respiraciones agitadas. Ella tenía los brazos aún levantados, sujetando la chaqueta rescatada, y sus ojos verdes se clavaron en los azules y amarillos de él. El contacto era eléctrico; la suavidad de la piel de ella bajo el camisón de seda frente a la firmeza de las manos de él creó un cortocircuito.
—¿Estás bien? —preguntó él en un susurro, sin soltarla, manteniendo su cuerpo a milímetros del de ella.
—Sí... —afirmó ella, aún con una sonrisa residual en los labios, pero con la mirada cargada de algo mucho más profundo que la diversión—. Estoy bien.
La química era brutal, casi tangible en el aire. Allí, en la penumbra de la habitación, con ella sobre el colchón y él sujetándola con una mezcla de fuerza y delicadeza, la idea de "dormir cada uno en su lado" de la cama gigante empezó a parecer la mayor mentira que se habían contado en toda la noche. Sus cuerpos, que se habían reconocido antes que sus nombres, pedían a gritos que la distancia desapareciera de una vez por todas.
La risa fue languideciendo, dejando paso a un silencio mucho más íntimo y denso. A través de las rendijas de la persiana, el azul profundo de la noche empezaba a clarear, transformándose en un gris perla que anunciaba la llegada de la mañana. Los primeros rayos de luz, todavía tímidos, se filtraban en la habitación, dibujando motas de polvo en el aire y bañando la cama con una claridad nueva.
Marta, aún con el corazón latiendo a mil por la caída evitada y el contacto de las manos de él en su cintura, se separó suavemente, aunque le costó romper el vínculo físico. Se dejó caer sobre las almohadas, observándolo.
—Duerme así, anda... —dijo con voz suave, ya casi un susurro—. Esos bóxer te sientan bien. No te preocupes por la ropa de dormir, ya compraremos algo mañana.
Él, que estaba a punto de sentarse en su lado de la cama, se detuvo en seco y la miró con una ceja arqueada y una sonrisa de medio lado.
—¿Cómo? —preguntó con curiosidad, captando ese "mañana" que ella había soltado con tanta naturalidad.
—Nada, nada... —se corrigió ella rápidamente, sintiendo un calorcito en las mejillas que no era por la risa—. Que así estás bien. Que no hace falta que te disfraces de nada más.
Él asintió, soltando un suspiro de cansancio acumulado, y echó un vistazo al reloj y luego a la ventana, donde el sol empezaba a ganar la batalla a la oscuridad.
—Nos dará tiempo a poco más que a una siesta... —comentó él, con su voz volviéndose todavía más grave por la falta de sueño.
Se movieron con una extraña coordinación, como si el espacio estuviera coreografiado. Cada uno se situó en un lado de la cama. El colchón, firme pero acogedor, crujió levemente cuando se metieron bajo las sábanas. A pesar de las dimensiones de la cama, la presencia de él era tan potente que Marta sentía el calor de su cuerpo a través del espacio que los separaba.
Se quedaron tumbados boca arriba, mirando al techo mientras la habitación se iluminaba poco a poco. Estaban en lados opuestos, cumpliendo el trato, pero sus mentes estaban en el mismo lugar. El "proyecto", el beso, la risa con la chaqueta de Locomía... todo flotaba en el aire de ese amanecer. Sabían que, aunque solo fuera una siesta, dormir bajo el mismo techo después de un día así cambiaba las reglas del juego para siempre. La montaña y la ciudad estaban separadas por kilómetros, pero en esa cama, el mundo se había reducido a ellos dos.
Apenas habían pasado un par de horas cuando los primeros rayos de sol real empezaron a calentar la habitación. Él, acostumbrado al horario de la montaña donde el cuerpo se activa con la luz, se levantó con sigilo, tratando de no despertar a Marta. Se movió descalzo hasta la cocina, sintiendo el suelo frío bajo sus pies, y puso en marcha la cafetera. El borboteo del café empezó a llenar el pequeño piso con ese aroma reconfortante que parece poner orden al caos de la noche anterior.
Entonces, con un brillo de pura travesura en sus ojos azules y amarillos, vio la chaquetita rosa doblada sobre la encimera. No pudo evitarlo. Con un esfuerzo épico y conteniendo la respiración, volvió a embutirse en ella. Las costuras crujieron en señal de protesta sobre sus hombros, pero logró encajarse.
Marta apareció en el umbral de la cocina, atraída por el olor del café, frotándose un ojo y con el pelo un poco revuelto, lo que la hacía verse increíblemente natural y hermosa. Se detuvo en seco al verlo de espaldas frente a la cafetera.
—¡Ya te vale! —le soltó ella, entre la sorpresa y la indignación fingida.
Él se giró lentamente, sosteniendo una taza humeante en cada mano, con los brazos pegados al cuerpo porque la chaqueta no le permitía más movimiento, y con una sonrisa de oreja a oreja.
—Cofi for yu? —preguntó él con un acento inglés macarrónico, parodiando su propio aspecto ridículo.
Marta se apoyó en el marco de la puerta y se volvió a tronchar de risa, tapándose la cara con las manos.
—Estás como una regadera, de verdad... ¡No puedo contigo! —consiguió decir mientras se acercaba a recoger su taza.
—A ver cómo te quitamos eso ahora... —decía ella, mirándolo con una mezcla de ternura y diversión mientras le daba el primer sorbo al café—. ¿Para qué te la vuelves a poner, pedazo de animal?
—¿No le pillaste el truco ya anoche? —respondió él, dándole un traguito a su café con cuidado de no tensar los bíceps—. Además, ¿tan mal me queda? Al final le he cogido cariño, me hace sentir... aerodinámico —bromeó, guiñándole un ojo.
Marta, imponente incluso recién levantada, con el camisón de seda cayendo suavemente sobre sus curvas, le hizo una seña para que se acercara al gran ventanal del salón. Desde allí se veía la ciudad empezando a despertar, con un tono dorado precioso.
—Oye... —dijo ella, mirando el horizonte—, antes de que te marches a tu montaña y a tus obligaciones... ¿te apetece dar una vuelta por las cercanías? Hay un parque cerca y un sitio de flores que me encanta. Me gustaría que viéramos la ciudad de día antes de que esto se convierta solo en un plan de negocios.
Él la miró, olvidándose por un momento de la chaqueta apretada y del café. La luz del sol destacaba el verde de los ojos de Marta y él supo que, aunque la montaña fuera su refugio, ese salón de la ciudad se estaba convirtiendo en un lugar donde no le importaría quedarse atrapado... incluso si fuera dentro de esa chaqueta rosa para siempre.
El ambiente relajado y las risas se cortaron en seco cuando el teléfono de él, que descansaba sobre la encimera, vibró con una insistencia agresiva. Al ver la pantalla, su expresión cambió por completo; la diversión desapareció de sus ojos azules y amarillos, sustituida por una sombra de ansiedad que tensó cada uno de sus músculos.
—Hostia... la agencia. Me acaban de escribir de la agencia —dijo, con la voz entrecortada por los nervios—. Preguntan que si ya he tomado una decisión. Marta... ¿habíamos firmado algo ayer al llegar? ¿Podremos hacer lo del OnlyFans por nuestra cuenta o nos van a meter en un lío legal? Si firmé algo con las prisas y la tensión del casting, no lo recuerdo bien...
Se pasó la mano por la cara, y la chaquetita rosa, que hasta hace un momento era motivo de broma, ahora parecía una camisa de fuerza que aumentaba su sensación de agobio.
Marta dejó su taza de café con calma y caminó hacia la consola del salón, donde había dejado su bolso la noche anterior. Sacó una carpeta con el logotipo de la agencia que él ni siquiera recordaba haber visto.
—A ver... relájate, anda —le dijo con una voz firme y tranquilizadora—. ¿Es que no lees lo que firmas? No te preocupes, que yo tengo aquí una copia de lo que nos dieron al entrar. Mira...
Ella abrió el documento y señaló con el dedo una de las páginas, mientras él se acercaba, todavía con el corazón a mil.
—Dice exactamente esto: "El presente documento constituye un acuerdo de confidencialidad (NDA) y una cesión de derechos de imagen limitada exclusivamente a la fase de pruebas y casting". Por tanto, no, no estamos obligados a decir que sí, ni a trabajar con ellos, ni esto nos impide hacer otra cosa por nuestra cuenta.
Él suspiró, pero seguía mirando el papel con desconfianza. Marta pasó la página y señaló otro párrafo resaltado en negrita.
—Mira estas cláusulas de aquí abajo, las de "Exclusividad de Explotación y No Competencia en Plataformas Digitales". Estas sí que nos impedirían abrir nuestra cuenta propia, pero el texto es claro: "Dichas condiciones entrarán en vigor únicamente tras la ratificación del Contrato de Prestación de Servicios Profesionales". Y eso, amigo mío, es la segunda firma que no hemos puesto. Como no hemos aceptado el puesto oficialmente, somos libres como el viento.
Él soltó un suspiro de alivio tan profundo que los botones de la chaquetita rosa estuvieron a punto de salir disparados. Se apoyó en la pared, cerrando los ojos un momento.
—Me has quitado un peso de encima... —admitió él, volviendo a mirarla—. Estaba viendo ya a sus abogados apareciendo en mi montaña. Menos mal que eres más lista que yo para estas cosas.
Marta cerró la carpeta con un golpe seco y le dedicó una sonrisa llena de seguridad.
—En este mundo hay que tener pies de plomo. Así que ya lo sabes: la agencia no tiene nada. Si vamos a hacer esto, lo haremos bajo nuestras reglas. ¿Te sientes ya mejor, "Spiderman"?
Él soltó una carcajada de puro alivio, pero al intentar relajarse y apoyar los brazos en jarras, el sonido de una costura rindiéndose —un «creck» seco y desgarrador— devolvió la atención a la verdadera emergencia de la mañana.
—Marta, de verdad, esta prenda me tiene manía —dijo él, mirando con horror cómo la manga derecha se había desplazado un par de centímetros hacia arriba—. Ahora que sé que soy libre legalmente, me gustaría ser libre físicamente también. ¡Sácame de aquí!
Marta, que ya había dejado la carpeta sobre la mesa, se acercó a él con los ojos brillantes de nuevo. La tensión del momento anterior se había disipado, dejando paso a ese juego de manos y risas que parecía ser su nueva dinámica favorita.
—Espera, espera... no te muevas —le ordenó ella, rodeándole para inspeccionar los daños—. Te has puesto tan tenso con lo de la agencia que has hinchado los dorsales y ahora esto es una segunda piel. Si intentas quitártela tú solo, la vas a convertir en confeti.
Se colocó detrás de él, pegando su cuerpo al suyo para tener mejor ángulo. Él sentía el contacto del camisón de seda contra su espalda y el aliento de Marta cerca de su nuca, lo que no ayudaba precisamente a que sus músculos se relajaran.
—A ver, "Locomía", colabora —susurró ella, tirando de los puños de la chaqueta hacia abajo—. Mete barriga y suelta el aire... ¡Ya!
—¡Que me ahogo, Marta! —protestó él, medio riendo, medio asfixiado—. Me vas a dejar como un cromo. ¿De verdad no tienes una cizalla o algo así en la caja de herramientas?
Marta se subió de puntillas, agarró el cuello de la chaqueta y empezó a tirar con una energía renovada.
—¡Es que se ha enganchado en el hombro! —exclamó ella, soltando una risotada—. ¡Parece que la chaqueta se ha enamorado de tu deltoides y no quiere soltarlo! ¡Venga, un último esfuerzo!
Él empezó a contonearse para ayudar, haciendo un baile absurdo en mitad del salón mientras ella tiraba y tiraba, tambaleándose ambos por el esfuerzo. El contraste era total: la elegancia imponente de ella frente a la estampa ridícula de él embutido en esa prenda de flores.
—Si alguien nos ve por la ventana, va a pensar que estamos haciendo un ritual de apareamiento muy extraño —dijo él entre dientes, intentando no soltar otra carcajada que le hiciera estallar la tela en la cara.
—Pues que miren —sentenció ella con un último tirón triunfal—. ¡Ya casi está! ¡Libertad para el chico de la montaña!
Con un sonido de liberación, la chaqueta salió despedida y él pudo, por fin, estirar los brazos y soltar un suspiro que hizo que sus pulmones se llenaran de aire de nuevo. Se quedó allí, en bóxer, con el pelo alborotado y la piel roja por el roce de la tela, mirando a una Marta que se apoyaba en él para no caerse del ataque de risa que le había entrado. La complicidad ya no era solo química, era pura vida.
Marta, todavía recuperando el aliento tras la batalla contra la chaqueta, le lanzó una mirada cargada de una energía nueva, mucho más eléctrica y directa. Se dio la vuelta con elegancia, haciendo que la seda de su camisón bailara alrededor de sus muslos, y emprendió el camino hacia la habitación con un paso decidido y rítmico.
Justo cuando pasaba por su lado, aprovechando que él todavía estaba estirando los hombros y disfrutando de su recién recuperada libertad de movimiento, Marta hizo un movimiento rápido. Sin previo aviso, extendió la mano y le soltó una cachetada sonora y juguetona en el culo.
—¡Vamos, Locomía! ¡Vístete, que nos vamos! —exclamó ella sin detenerse, soltando una risotada traviesa que resonó por todo el pasillo.
Él se quedó clavado en el sitio, con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa de absoluta sorpresa pintada en la cara. El golpe no solo le había despertado de golpe, sino que había terminado de romper cualquier resto de timidez que pudiera quedar entre los dos. Se llevó una mano a la zona "afectada", sintiendo el hormigueo del contacto y el calor que le subía por las mejillas.
—¡Oye! ¡Eso es juego sucio! —le gritó él, aunque su tono de voz estaba lleno de una diversión evidente mientras la veía desaparecer por la puerta del dormitorio.
—¡El que se queda atrás, pierde! —respondió ella desde dentro, mientras se oía ya el ruido de las perchas moviéndose en el armario—. ¡Y no tardes, que el sol no espera a los modelos de geriátrico!
Él negó con la cabeza, riendo para sus adentros mientras recogía su ropa del suelo. Ese pequeño gesto de confianza, ese cachete tan espontáneo, le confirmó que lo que tenían entre manos era mucho más que un simple acuerdo para ganar dinero. Había una conexión real, una chispa que convertía cada minuto en esa casa en una aventura.
Se vistió rápido, con el corazón todavía latiendo a un ritmo que no tenía nada que ver con el café, y se preparó para salir a la calle con la mujer que, en menos de veinticuatro horas, le había dado la vuelta a su mundo por completo. Aquel paseo por la ciudad, antes de volver a su soledad en la montaña, prometía ser el inicio de algo imparable.
Salieron a la calle bajo un sol de mañana que bañaba la ciudad con una luz limpia y revitalizante. El aire fresco les terminó de despejar, y aunque caminaban a un paso relajado, se buscaban con la mirada constantemente. Aquel paseo no era solo para estirar las piernas; era el momento de poner cartas sobre la mesa y descubrir quiénes eran realmente los dos "bichos raros" que habían dormido bajo el mismo techo.
—A ver, informático de la montaña —empezó ella con una sonrisa, mientras cruzaban hacia una zona ajardinada—, cuéntame de qué vives realmente, porque dudo que en el bosque te paguen con piñas.
Él soltó una carcajada, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones.
—Casi —respondió él—. Hago cosas de informática, sobre todo auditorías para empresas que necesitan mejorar su presencia online. Les digo por qué su web no funciona o cómo posicionarse mejor. Y para no volverme loco pegado a una pantalla, también ayudo a gente a entrenar, hago de entrenador personal de forma puntual.
—¿Y te va bien? —preguntó Marta, observando su perfil.
—Bueno... lo justito para vivir y mantener la pequeña casita que tengo —admitió él con total sinceridad—. No me sobra, pero me da para mis gastos y para la paz que necesito. No aspiro a ser millonario, aspiro a no tener jefes que me griten. ¿Y tú? Ayer mencionaste algo de las cámaras.
Marta suspiró, esquivando un charco en la acera con la elegancia que solo alguien que ha desfilado puede tener.
—He hecho algo de modelo, sí. Para firmas pequeñas, catálogos que no van a ninguna parte... Pero como ya te dije, es un mundo que no me gusta. Es frío, superficial y te tratan como a un mueble. También me muevo en el marketing online, gestionando alguna cuenta, pero como ves, tampoco me da para tirar cohetes.
Hizo una pausa y señaló con un gesto de cabeza hacia la calle donde habían dejado sus vehículos.
—Mi coche tiene 20 años y, aunque me gustaría cambiarlo por uno que no haga ruidos extraños al arrancar, ahora mismo no puedo. Pero tampoco soy una caprichosa, ¿sabes? —le miró fijamente a los ojos—. Mientras funcione y me lleve, estoy contenta. No necesito lujos para ser feliz, prefiero la autenticidad.
Él se detuvo un momento y la miró con una admiración renovada. Le encantaba esa falta de pretensiones. Recordó cómo ella lo había guiado anoche, ella en su coche veterano y él siguiéndola de cerca, formando una caravana extraña y perfecta hasta su portal.
—Pues parece que estamos en el mismo bando, Marta —dijo él, volviendo a caminar a su lado—. Los dos sobrevivimos con lo que nos gusta, sin venderle el alma al diablo... hasta que ayer se nos ocurrió la brillante idea de aquel casting.
—Bueno —rio ella, rozando su brazo con el suyo—, quizá aquel casting fue el error necesario para que dos personas que no necesitan lujos encontraran la forma de, por fin, vivir un poquito mejor. Y lo más importante: hacerlo juntos y bajo nuestras propias reglas.
Siguieron caminando, y por primera vez, la idea del "negocio" que tenían en mente no parecía una transacción comercial, sino el proyecto de dos personas que valoraban la libertad por encima de todo lo demás.
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