Marta - Se van a la ciudad
Marta bajó las escaleras justo cuando él terminaba de dejar la cocina impecable. Llevaba la misma ropa con la que había llegado: unos vaqueros que le sentaban como un guante, una camiseta corta sencilla y una chaquetita fina colgada del brazo. No necesitaba más; su sola presencia llenaba el espacio. Estaba imponente, con esa belleza natural que no entiende de maquillajes ni de focos, la misma que había dejado a Manuel descolocado minutos antes.
—Ale, ¿tú ya estás? —preguntó ella, observando cómo él guardaba el último trapo.
—¿Yo? Me lavo los dientes y nos vamos —contestó él, que iba con su habitual estilo sport, cómodo y práctico, como vestía siempre—. Oye, ¿y tu mochila? —preguntó al ver que bajaba con las manos vacías.
—Arriba... —respondió ella con una naturalidad pasmosa—. No la necesito.
Él se quedó un segundo con el cepillo de dientes en la mano, procesando la información. Que no se llevara la mochila solo podía significar una cosa: tenía intención de volver. Una punzada de alegría, de esa que intentas disimular para no parecer un crío, le recorrió el pecho.
—¿Quieres que les dé de comer a las fieras mientras te lavas los dientes? —se ofreció Marta, señalando a los gatos que ya merodeaban por sus cuencos.
—Vale, la comida está ahí —acertó a decir él antes de meterse al baño, todavía algo "helado" por el detalle de la mochila abandonada en el cuarto.
Pocos minutos después, ya estaban en el Subaru. Al arrancar y enfilar el camino de salida, él echó un vistazo por el retrovisor y luego la miró a ella. Marta no iba mirando el móvil ni repasando su agenda; miraba la casa de piedra que se iba quedando atrás con un brillo intenso en los ojos y una expresión de emoción contenida que él no se esperaba. Parecía que se estaba despidiendo de un refugio, no de una casa cualquiera.
Para romper un poco el hielo de la mañana, él preguntó:
—¿Esas sesiones duran mucho?
—Depende... un par de horas puede... quizá algo más —contestó ella, volviendo poco a poco a la realidad de la ciudad.
—Vale, menos mal que me he pillado el portátil por si acaso, jeje. Me iré al bar del otro día y te esperaré allí tranquilamente.
Marta se giró hacia él, apoyando la espalda en el asiento.
—¿No querrás venir?
—¿Entrar allí? —él soltó una carcajada nerviosa—. Si quieres voy... pero no creo que me dejen entrar, ¿o qué? ¿O es que me quieres hacer el lío? Jajajaja.
—¡No, tonto! —contestó ella riendo, dándole un toquecito en el brazo—. No tenía el más mínimo interés en hacerte pasar un mal rato posando... ni que nadie tuviera que evaluarte para ver si eres apto. Claro que te dejarán entrar, que eso no es el búnker de la NASA. Solo por si te apetece estar allí... y no estar solo en el bar.
Él sonrió, sintiendo que el plan de "ir y volver" empezaba a transformarse en algo mucho más largo y compartido. La ciudad los esperaba, pero la mochila arriba, en la habitación de la cama pequeña, era el ancla que los mantenía unidos a la montaña.
El Subaru devoraba kilómetros por la nacional, alejándose de la paz de la montaña para adentrarse en el bullicio de la ciudad que ya empezaba a despertarse. Dentro del coche, el ambiente era una mezcla extraña de cansancio acumulado y una electricidad nueva, mucho más íntima.
—¿Has dormido bien? —preguntó él, echándole una mirada rápida mientras sujetaba el volante con una sola mano, relajado.
—Sí, la verdad es que sí... —respondió ella con una media sonrisa, acomodándose en el asiento—. Poquito, pero muy bien.
—Yo bien, sí... —asintió él, sintiendo todavía el calor de la mano de ella entrelazada con la suya bajo las sábanas—. Al final nos dormimos tarde, pero bien. Como tú: poquito, pero muy bien.
Hubo un silencio cómodo, solo roto por el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto. Marta suspiró y se pasó la mano por la cara, mirando cómo los edificios industriales empezaban a sustituir a los árboles en el horizonte.
—Qué pereza me da hacerme las fotos esas ahora, buf... —soltó con una desgana total.
—No será para tanto, mujer... —intentó animarla él—. Seguro que en cuanto te pongas delante de la cámara te sale solo.
—Es que no me dice nada... —continuó ella, apoyando la cabeza en el cristal—. Te pones ahí delante de la cámara y te dejan ciega con el flash. A ver qué toca hoy, porque voy perdidísima. No recuerdo ni para qué era; en el mail no me pone nada claro, solo la hora y la dirección.
—Bueno, no te agobies —le dijo él con ese tono pausado que tanto la tranquilizaba—. Tú llega allí, que te maquillen, que te pongan lo que sea y haz lo tuyo. Yo estaré por allí cerca, así que si ves que te aburres o que el fotógrafo es un pesado, me haces una señal y nos inventamos una fuga, jeje.
Marta se rió, imaginando la escena. La idea de tenerle a él allí, entre focos y cables, le quitaba gran parte del peso a la mañana. No era solo una sesión de fotos; era el trámite que tenían que pasar para poder volver a la casa de piedra, a los gatos y a esa mochila que, por suerte, se había quedado esperando en la habitación.
El tráfico de entrada a la ciudad empezaba a espesarse y el reloj del salpicadero marcaba ya una hora que no dejaba mucho margen de error. Él echó un vistazo rápido a la hilera de coches que tenían delante y frunció ligeramente el ceño.
—Oye, pon la dirección en el Google Maps, que no quiero que nos pasemos de largo y perdamos más tiempo buscando el sitio —le dijo, pasándole el móvil con un gesto rápido—. Entre que ya vamos un poco justos y que esta zona es un laberinto, mejor ir sobre seguro.
Marta tecleó la dirección con cierta prisa, viendo cómo la línea azul del mapa indicaba que estaban a apenas diez minutos, pero en una calle donde el aparcamiento era prácticamente una utopía.
—Me marca que es ahí mismo, en ese edificio gris —señaló ella mientras se acercaban al punto exacto.
Él redujo la velocidad al ver que la entrada del estudio estaba justo en una zona de carga y descarga donde no podía dejar el coche ni un segundo sin bloquear el paso.
—Escucha, bájate tú ya y entra, que ya son casi las ocho y media y no quiero que llegues tarde por mi culpa —le dijo, deteniéndose lo justo para que ella pudiera abrir la puerta—. Yo me voy a buscar un parking o un sitio donde no me lleve el coche la grúa, que aquí está la cosa imposible. En cuanto lo tenga, te aviso y voy para adentro, ¿vale?
Marta asintió, le dio un apretón rápido en la mano y se bajó del coche casi en marcha.
—¡Vale! Te escribo en cuanto sepa en qué planta están —gritó ella antes de cerrar la puerta.
Él la vio entrar sola en el edificio, caminando con esa decisión que la caracterizaba, mientras él volvía a meterse en el caos del tráfico, buscando un hueco donde dejar el Subaru para poder reunirse con su "pequeña diablesa" lo antes posible.
Marta cruza la entrada del edificio con paso decidido, perdiéndose tras las pesadas puertas de cristal. Él se queda solo en el coche, rodeado por el rugido del tráfico, y de repente le golpea una realidad absurda: "Te escribo en cuanto aparque", le ha dicho, pero se da cuenta con un vuelco en el corazón de que no tiene su número de teléfono. Llevan cuarenta y ocho horas conectados a un nivel profundo, compartiendo silencios en la montaña y promesas en la cama pequeña, pero nunca llegaron a intercambiar esos malditos nueve dígitos.
La urgencia le acelera el pulso. Afortunadamente, la suerte le sonríe y, tras solo cinco minutos de vueltas desesperadas, encuentra un hueco milagroso a un par de calles. Aparca el Subaru de cualquier manera y sale disparado, casi corriendo, de vuelta al edificio gris.
Al entrar en el vestíbulo, se frena en seco. El edificio es un monstruo de hormigón y cristal, mucho más grande de lo que parecía desde fuera. Hay un trasiego constante de gente con maletines, mensajeros y ecos de tacones sobre el mármol. Se encuentra frente a un panel de directorios interminable: hay tres alas distintas, seis ascensores que no paran de subir y bajar, y decenas de oficinas que van desde bufetes de abogados hasta estudios de diseño.
Busca desesperado alguna señal de "estudio de fotografía" o "agencia", pero no hay nada claro. Siente una punzada de impotencia; ella está ahí dentro, en algún lugar de ese laberinto, preparándose para que unos desconocidos la evalúen, y él está atrapado en un hall frío sin saber por qué puerta empezar a buscar. Mira su móvil, vacío de mensajes de ella, y se siente como el neandertal que Manuel decía, perdido en mitad de la civilización sin el hilo de Ariadna para encontrar a su pequeña diablesa.
Él se queda un momento allí plantado, en medio del vestíbulo, sintiendo cómo el pulso se le acelera. Pero enseguida respira hondo y se da una orden a sí mismo: "Bueno, venga va, cálmate, que esto no puede ser tan complicado". Se sacude los nervios y se dirige hacia un mostrador de madera clara donde una chica, con una sonrisa que parece el único punto de luz en aquel lugar tan aséptico, atiende el teléfono.
—Oye, perdona —le dice él en cuanto ella cuelga, intentando sonar lo más natural posible—. ¿Sabes dónde es la sesión de fotos? He venido con una amiga que empezaba ahora, a las ocho y media, y me he quedado un poco rezagado. ¿Me puedes indicar dónde están, por favor?
La recepcionista le devuelve una mirada amable y empieza a teclear en su ordenador con agilidad.
—Pues espere un momento que miro... —responde ella, recorriendo las líneas del monitor—. Pues... aquí no me aparece nada de ninguna sesión de fotos.
Él arquea las cejas, extrañado. Revisa mentalmente el recorrido que han hecho y la seguridad con la que ella ha entrado.
—¿Está usted segura? —pregunta, inclinándose un poco hacia el mostrador.
—Totalmente segura —contesta la chica, con un tono profesional pero honesto—. Aquí tengo acceso a todas las reservas de las galerías y a la agenda de todos los despachos del edificio, y no me aparece nada de una sesión de fotos, ni hoy ni en toda la semana.
Él siente un frío repentino en la nuca. Mira hacia la puerta de cristal por donde ha entrado Marta hace apenas diez minutos.
—Vaya, no puede ser... Si hemos llegado aquí mismo y la dirección está bien, la hemos puesto en el mapa —responde él, empezando a sentir una punzada de inquietud que ya no tiene nada que ver con el aparcamiento.
—Pues no le puedo ayudar con eso, caballero —concluye la recepcionista, encogiéndose de hombros con una mezcla de lástima y desaprobación—. A lo mejor se han equivocado de número o de calle, pero aquí, desde luego, no es.
Él se queda mudo, mirando el teléfono en su mano, ese teléfono donde no tiene el número de Marta. De repente, el edificio le parece mucho más grande y amenazador, y la sensación de que algo no encaja empieza a crecerle en el pecho. Si Marta ha entrado convencida y no hay ninguna sesión... ¿dónde narices se ha metido?
Él no se dio por vencido. Se apoyó en el mostrador, intentando que su memoria visual le diera los detalles suficientes para que la recepcionista pudiera identificarla entre el flujo constante de gente.
—No, no, a ver... ella ha entrado aquí, hará como diez minutos —insistió, gesticulando con las manos para marcar la altura—. Una chica así, más o menos alta, como yo, de 1,75... morena y con unos ojos verdes muy llamativos. ¿No la ha visto pasar?
La chica del mostrador hizo una mueca de disculpa, negando con la cabeza mientras seguía con un ojo puesto en la centralita.
—Pues no me he fijado, discúlpeme. Pasa mucha gente a esta hora y aquí no ha preguntado nada; si ha entrado, habrá ido directa dentro, a los ascensores o a las escaleras.
Él soltó un suspiro de frustración, pasándose la mano por el pelo. La sensación de estar a ciegas empezaba a ser desesperante.
—Vale, vale... gracias. ¿Y hay alguna forma de saber qué despachos hay, qué actividades hacen o si hay algún estudio alquilado? —preguntó, buscando cualquier hilo del que tirar.
La recepcionista señaló con el bolígrafo hacia una estructura de acero y metacrilato que presidía el centro del hall.
—Mire, en ese panel puede ver un poco las oficinas que hay, y si en algún espacio común hay alguna presentación o algo puntual, pero poco más le puedo decir. Los despachos privados no nos informan de sus visitas particulares.
Él asintió, sintiendo que la amabilidad de la chica era el final del camino por esa vía.
—Gracias, señorita. Muy amable —se despidió, aunque con la mente ya puesta en el panel.
Se acercó a la enorme lista de nombres. Letras blancas sobre fondo oscuro: bufetes de abogados, gestorías, una clínica dental, un par de agencias de publicidad... Empezó a leer de arriba abajo, buscando cualquier nombre que le sonara a fotografía, a moda o a "bolsos", como ella había mencionado. Pero cuanto más leía, más se daba cuenta de que aquel edificio era un laberinto de puertas cerradas y que Marta, sin teléfono y sin mochila, se había esfumado en alguna de las plantas de aquel gigante de hormigón.
Un nudo frío empezó a apretarse en su estómago. No era el agobio de quien llega tarde a una cita, era esa extraña razón, ese instinto primario que te grita que algo está fuera de lugar. Empezó a recorrer el panel con el dedo, casi con desesperación, leyendo nombre por nombre, línea por línea.
Planta 1: Consultores Asociados... Planta 2: Notaría D. Manuel Sánchez... Planta 3: Logística del Norte...
Sus ojos saltaban de una placa a otra buscando desesperadamente palabras como "Estudio", "Flash", "Agencia", "Moda", "Arte"... algo, lo que fuera. Pero el panel era un desierto de nombres grises y corporativos. No había rastro de pasarelas de modelos, ni de sesiones de fotografía, ni siquiera de una triste oficina de publicidad que pudiera justificar que Marta estuviera allí para posar con unos bolsos.
—No puede ser... —masculló para sí mismo, sintiendo que el aire del vestíbulo se volvía más denso—. Se ha bajado aquí, ha entrado aquí... yo la he visto.
La imagen de Marta entrando sola, sin su mochila, con esa seguridad casi magnética, chocaba frontalmente con la realidad de aquel edificio lleno de gestorías y despachos de abogados. El silencio del panel, que solo ofrecía nombres de empresas de seguros y clínicas estéticas, empezó a resultarle ensordecedor.
Un pensamiento intrusivo le cruzó la mente: ¿Y si se había equivocado de número? ¿Y si Marta no era quien decía ser? ¿O y si, simplemente, aquel edificio escondía algo que no aparecía en los directorios oficiales? Se giró de nuevo hacia los ascensores, viendo cómo las puertas de acero se cerraban con un siseo metálico. Marta estaba en alguna parte de esas catorce plantas, en un lugar que oficialmente no existía, y él seguía sin tener su número de teléfono. El agobio ya no era una sensación, era una certeza: algo estaba fallando en el guion de la mañana.
Él se detuvo en seco frente al panel, negándose a aceptar que ella simplemente se hubiera esfumado. Respiró hondo, tratando de forzar una lógica que se le escapaba, y regresó al mostrador con paso rápido. No podía quedarse allí parado viendo pasar gente mientras ella estaba en algún lugar de ese laberinto.
—Oye, perdona otra vez... —le dijo a la chica de recepción, que esta vez levantó la vista con una mezcla de sorpresa y lástima—. Intentando buscarle una explicación a esto... ¿en este edificio existen salas de reuniones o espacios que se alquilen por horas? Quizá la sesión no sea en una oficina fija, sino en alguna sala común.
La recepcionista lo miró un segundo, viendo la urgencia real en sus ojos, y asintió lentamente mientras volvía a consultar su sistema.
—A ver, caballero... salas de reuniones como tal hay en casi todas las plantas, son privadas de cada empresa —explicó ella con paciencia—. Pero espacios de "coworking" o salas multiusos que se alquilen a gente de fuera, solo tenemos en la planta cuarta y en el ático.
—¿En la cuarta y en el ático? —repitió él, aferrándose a ese dato como a un clavo ardiendo—. ¿Y ahí qué se suele hacer?
—En la cuarta son presentaciones de productos, juntas de vecinos... cosas más serias. El ático es más diáfano, a veces se usa para eventos, presentaciones de marca o incluso algún rodaje pequeño porque tiene mucha luz...
Él no necesitó escuchar más. "Mucha luz", "presentaciones de marca"... eso empezaba a sonar un poco más al mundo de los bolsos y los flashes de los que hablaba Marta.
—¿Me puede decir cómo subo exactamente al ático? —preguntó, ya medio girado hacia los ascensores.
—Tiene que coger el ascensor del fondo, el que tiene el marco de acero inoxidable, es el único que llega directo —le indicó ella—. Pero le repito que hoy no me consta ningún evento de fotografía...
—Gracias, de verdad —la cortó él con un gesto rápido de la mano mientras salía disparado hacia el fondo del vestíbulo.
Mientras esperaba a que el ascensor bajara, miraba los números iluminados con impaciencia. Su mente iba a mil por hora: si no había nada oficial, ¿qué hacía Marta allí? ¿A qué tipo de "sesión" la habían citado realmente? La imagen de ella entrando sin mochila, tan vulnerable y decidida a la vez, le quemaba en el pecho. Las puertas se abrieron con un siseo y él entró decidido, pulsando el botón del ático con la sensación de que estaba a punto de descubrir qué era lo que realmente escondía su "pequeña diablesa".
Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo elegante, dejando paso a la luz natural que inundaba el ático a través de los enormes ventanales. Él salió casi sin aliento, con los ojos escaneando el espacio a toda velocidad, esperando encontrarse con el caos de cables, focos y el ruido de los flashes que ella le había descrito.
Pero lo que vio le dejó clavado en el sitio, con el corazón dándole un vuelco de desconcierto.
No había rastro de modelos, ni de bolsos, ni de fotógrafos gritando órdenes. En el centro de la sala diáfana, un grupo de niñas pequeñas, de unos siete u ocho años, ensayaban una coreografía con tutús de colores y cintas brillantes. Una música infantil sonaba de fondo mientras un par de profesoras corregían sus pasos ante la mirada orgullosa de unos pocos padres sentados en sillas de tijera.
Aquello era una presentación de una escuela de danza, una estampa de lo más tierna y cotidiana que no tenía absolutamente nada que ver con el mundo sofisticado y frío de la moda.
Caminó por el perímetro de la sala, ignorando las miradas curiosas de los padres, buscando desesperadamente el rostro de Marta entre las esquinas, tras las columnas o en la zona de servicio. Pero no había ni rastro de ella. Allí arriba no había más puertas que las del baño y una salida de incendios.
—Marta... —masculló, sintiendo que la realidad empezaba a resquebrajarse.
Bajó de nuevo a la planta cuarta con la esperanza de que la recepcionista se hubiera equivocado, pero allí solo encontró una sala de juntas cerrada y el silencio sepulcral de una gestoría.
Se quedó allí mismo, en mitad del pasillo, sintiendo el peso de la mochila que ella se había dejado en la casa como un recordatorio constante de que algo iba muy mal. Ella había entrado en ese edificio. Él la había visto cruzar la puerta. Y sin embargo, en ese laberinto de oficinas y bailes infantiles, Marta se había esfumado como si nunca hubiera existido. El agobio inicial se transformó en un frío gélido: estaba en una ciudad extraña, buscando a una mujer que no aparecía en ningún sitio y de la que, para colmo, ni siquiera tenía el número de teléfono.
Cerró los ojos dentro del ascensor, apoyando la frente contra la fría pared de metal mientras bajaba de nuevo hacia el vestíbulo. Obligó a sus pulmones a llenarse de aire de forma pausada. "Piensa, joder, piensa", se decía a sí mismo.
—Tiene que ser una reunión... —masculló entre dientes—. Seguro que es una reunión de esas de abogados o de contratos.
Pero cuanto más lo pensaba, más le chirriaba todo. Ella le había dicho que iba a hacerse fotos, pero también que no recordaba bien para qué era, que no le ponía nada en el correo sobre la ropa, ni sobre el equipo... nada. En el mundo de ella, todo parecía etéreo, pero en el mundo real, nadie te cita a las ocho y media de la mañana en un edificio de oficinas sin decirte ni qué planta es.
En cuanto las puertas se abrieron, volvió al mostrador. Su cara ya no era la de alguien confundido, sino la de alguien que estaba empezando a sospechar que algo muy turbio estaba pasando.
—Oye, perdona que sea tan pesado, de verdad —le dijo a la recepcionista, que ya le miraba con una mezcla de preocupación y cautela—. Pero es que mi amiga ha entrado aquí, estoy seguro al cien por cien. Dígame una cosa: esas salas de reuniones que me ha dicho que alquilan... ¿hay algún registro? ¿Aparece el nombre de la empresa que las alquila en algún sitio o se queda en el anonimato?
La chica, viendo que el hombre estaba realmente alterado, suavizó el tono.
—Mire, cuando una empresa externa alquila una de las salas comunes, el nombre suele aparecer en una pantalla pequeña que hay en la puerta de la propia sala, en la planta correspondiente —explicó ella—. Pero en mi ordenador solo me sale si el pago ha sido confirmado. Déjeme ver si hay algo bajo un nombre que no sea "fotografía"...
—Eso, busque por cualquier cosa —insistió él—. Y si aparece el nombre de alguna empresa, ¿me lo podría decir? Por si me suena de algo que ella me haya contado.
La recepcionista asintió y empezó a bajar por una lista de nombres legales y corporativos que a él no le decían nada.
—A ver... tengo "Asesoría Garcés", "Inversiones Estratégicas", "Global Risk Management"... —iba leyendo ella—. Ah, y hay una sala reservada a nombre de una fundación, pero no pone nada más.
Él se quedó con ese último nombre grabado. Fundación. ¿Qué hacía una modelo de ojos verdes en una reunión de una fundación a primera hora de la mañana sin su mochila y sin saber a qué iba? La sensación de que Marta no era solo una "diablesa" juguetona, sino alguien con una vida mucho más compleja —y quizá peligrosa— de lo que él imaginaba, empezó a cobrar una fuerza aterradora.
Sus dedos tamborileaban con nerviosismo contra la barandilla del ascensor mientras los números digitales iban saltando en el panel. El término "Fundación" le rebotaba en la cabeza como una nota discordante.
—¿Fundación? No jodas, eso no tiene ningún sentido —susurró para sí mismo, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Marta en una fundación? ¿Haciendo qué? ¿Fotos para un folleto benéfico? No me encaja... esa seguridad que tenía al entrar, ese silencio sobre los detalles...
De repente, la palabra "Inversiones" brilló en su mente con una luz mucho más fría y realista. Si Marta escondía algo, si su vida en la ciudad no era solo posar con bolsos, un despacho de inversiones estratégicas sonaba mucho más al tipo de sitio donde alguien desaparece tras una puerta de roble para no volver a salir en horas.
—Inversiones Estratégicas... eso tiene que ser —se convenció, apretando los puños—. ¿Qué piso era? ¡Piensa! La chica ha dicho... ¡la sexta! Sí, la sexta.
Antes de que el ascensor llegara a su destino original, pulsó el botón del número 6 con tal fuerza que casi lo hunde. El mecanismo dio un pequeño tirón y cambió de dirección.
En ese trayecto de apenas unos segundos, empezó a repasar mentalmente todo lo que sabía de ella. Nada. Sabía que le gustaban los gatos, que tenía una risa que le desarmaba y que en la cama pequeña se acurrucaba como si buscara protección. Pero no sabía a qué se dedicaba realmente, quién la llamaba, ni por qué una "modelo" acababa en un edificio gris de oficinas de alto standing a las ocho y media de la mañana.
Las puertas se abrieron en la sexta planta. El ambiente aquí era distinto: moqueta espesa que tragaba el sonido de sus pasos, paredes de cristal ahumado y un silencio sepulcral que olía a perfume caro y a café recién hecho. Al fondo del pasillo, vio un rótulo de metal cepillado: "Global Strategic Investments".
Caminó hacia allí con el corazón martilleando contra las costillas. Si Marta estaba allí dentro, ¿qué demonios estaba haciendo? ¿Y qué iba a decir él cuando entrara? Pero ya no le importaba quedar como un loco. Solo necesitaba ver esos ojos verdes y confirmar que su "diablesa" no se había metido en la boca del lobo.
Fruto de la desesperación y con la sangre hirviendo por la incertidumbre, perdió todos los modales que lo definían. Ni llamó a la puerta ni esperó a que nadie le diera paso; simplemente empujó la pesada hoja de madera noble de "Global Strategic Investments" y entró como una exhalación, con el aliento entrecortado y la mirada desencajada.
La escena que encontró lo frenó en seco, golpeándolo con la fuerza de un muro de realidad.
Allí estaba ella. En un despacho inmenso, minimalista y frío, inundado por la luz de la mañana. Marta no estaba posando, ni había flashes, ni bolsos de lujo por ningún lado. Estaba de pie, impecable a pesar de su ropa sencilla, con una seriedad que él no le conocía. Justo en ese preciso instante, ella le estrechaba la mano con firmeza a un hombre canoso, trajeado y de expresión gélida que estaba al otro lado de una mesa de oficina gigante, llena de pantallas y documentos.
El silencio que siguió a la irrupción fue sepulcral. Marta giró la cabeza y sus ojos verdes se clavaron en los de él. No había miedo en su mirada, sino una mezcla de sorpresa absoluta y una pizca de decepción que le dolió más que cualquier grito.
—Perdón... —alcanzó a balbucear él, sintiéndose de repente el ser más pequeño y fuera de lugar del planeta.
Dio media vuelta sin esperar respuesta, cerrando la puerta tras de sí con una suavidad que contrastaba con su entrada violenta. Se sentía un estúpido. Aquello no era una sesión de fotos; era otra cosa, algo mucho más serio, y él acababa de irrumpir como un elefante en una cacharrería.
Bajó por el ascensor con el estómago encogido, sintiendo el peso de la vergüenza quemándole la cara. Al llegar al vestíbulo, no fue capaz ni de mirar a la recepcionista. Cruzó las puertas de cristal y salió a la calle, pero no se fue al coche. Se sentó en las escaleras de la entrada de piedra, apoyando los codos en las rodillas y escondiendo la cara entre las manos.
Allí, bajo el sol que empezaba a calentar el asfalto de la ciudad, se quedó esperando. Se sentía como un intruso en la vida de la mujer que acababa de dormir en su casa. El contraste entre la Marta que daba de comer a los gatos y la Marta que cerraba tratos en despachos de inversión era un abismo que no sabía cómo cruzar. Solo le quedaba esperar a que ella bajara y le explicara qué hacía una "diablesa" como ella en un infierno de corbatas como aquel.
Esos treinta minutos de búsqueda frenética por el edificio, subiendo y bajando ascensores, interrogando a recepcionistas y abriendo puertas prohibidas, se estiraron en su mente como una eternidad agónica. Sentado ahora en los escalones de piedra, el silencio de la calle —solo roto por el tráfico lejano— le devolvía una realidad cruda: se sentía un extraño.
Empezó a rumiar la idea de que, en el fondo, no sabía absolutamente nada de ella. Se había quedado con la superficie, con la chica que reía con sus amigos en el mirador y que dormía abrazada a él en una cama pequeña, pero la mujer que acababa de ver en aquel despacho, estrechando manos en un mundo de tiburones financieros, era un misterio absoluto. "¿Quién eres, Marta?", se preguntaba con un nudo en la garganta. La decepción de haber irrumpido así, sumada a la sensación de haber construido un castillo de naipes sobre alguien que apenas conocía, le hacía sentir que se había ilusionado demasiado pronto. Se sentía fuera de lugar, como un habitante de la montaña perdido en una selva de asfalto y secretos.
Estaba absorto en sus propios zapatos, con la mirada perdida en el suelo, cuando sintió una presión ligera y cálida en el hombro.
—Ale, vámonos... —dijo una voz muy dulce a su espalda.
Era ella. Marta estaba allí, de pie, sin rastro de la frialdad que él creía haber visto en el despacho. Sus ojos verdes seguían teniendo ese brillo que lo desarmaba, aunque ahora la miraba con una mezcla de alivio y confusión. No parecía enfadada, solo cansada, como si el esfuerzo de fingir ser "otra persona" durante esa media hora la hubiera agotado más que el viaje.
Él se levantó lentamente, todavía procesando el choque de realidades. Marta no dijo nada más, no hubo reproches por la irrupción ni explicaciones inmediatas. Simplemente le dedicó una pequeña sonrisa, esa que le decía que, a pesar de lo que hubiera pasado tras aquella mesa de oficina gigante, ella seguía siendo la chica que se había dejado la mochila en su casa de la sierra.
Marta se sentó a su lado en el escalón de piedra, rompiendo esa distancia invisible que él mismo había levantado tras el choque en el despacho. Lo miró con una mezcla de culpa y ternura, sin soltarle aún el hombro.
—¿Has conseguido aparcar pronto? —preguntó ella, intentando suavizar el ambiente—. No me di cuenta de que no tenía tu teléfono... Soy una idiota, lo siento. Me he sentido fatal cuando he caído en la cuenta de que estabas ahí fuera "colgado".
Él no la miró. Seguía con la vista clavada en un punto indefinido de la acera, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos le blanqueaban.
—No te preocupes —respondió él. Su voz sonó metálica, plana, con una seriedad que no le pertenecía.
Marta frunció el ceño. Esa no era la respuesta calmada de su anfitrión de la montaña. Se inclinó un poco más hacia él, tratando de buscarle los ojos, y fue entonces cuando notó algo que la dejó helada.
—¿Estás bien? —dijo ella, bajando el tono—. Oye... pero... ¡estás temblando!
Efectivamente, sus hombros tenían un leve espasmo rítmico y sus manos vibraban contra sus rodillas. La tensión acumulada de creer que la había perdido, de la búsqueda desesperada, del miedo a lo desconocido y de la humillación de la oficina, estaba saliendo de golpe.
Él apretó los párpados con fuerza, pero no pudo evitar que un par de lágrimas rebeldes le resbalaran por las mejillas. Se las limpió rápidamente con el dorso de la mano, avergonzado.
—Sí, sí, estoy bien... —balbuceó, aunque su voz se quebró a mitad de la frase.
—No, no estás bien... —Marta dejó a un lado cualquier rastro de la mujer de negocios y le rodeó el brazo con las manos, apretándolo con fuerza—. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué te has puesto así? Mírame.
Él finalmente giró la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos y la mirada llena de una vulnerabilidad tan pura que Marta sintió un vuelco en el corazón. Era el miedo de quien ha sentido que el suelo desaparecía bajo sus pies, el miedo de un hombre que, en treinta minutos de silencio y oficinas frías, se había dado cuenta de lo mucho que le importaba esa "pequeña diablesa" que apenas acababa de conocer.
Él intentó recuperar el aliento, pero las palabras le salían a trompicones, atropelladas por la adrenalina que aún le corría por las venas. Se pasó las manos por el pelo, nervioso, tratando de recomponerse.
—Llevo media hora buscándote por todo el edificio... me... me he vuelto loco —confesó, soltando una risa nerviosa y amarga—. Abriendo puertas, preguntando a esa santa mujer de recepción, consultando carteles... He interrumpido una clase de baile en el ático y se me han quedado mirando todos los padres como si fuera a... yo qué sé, a secuestrar a todas sus hijas. Ni modelos, ni fotos, ni nada... Yo qué sé qué pensar ya.
Marta le escuchaba con una ternura infinita, mordiéndose el labio. Ver a aquel hombre, siempre tan seguro y calmado en su montaña, totalmente desbordado por el miedo a perderla, le rompió algo por dentro.
—Ha sido culpa mía, perdóname —dijo ella, y esta vez fue a ella a quien se le escapó una lágrima que rodó por su mejilla—. Un chico me estaba esperando en recepción nada más entrar y subimos juntos a esa sala. Me siento fatal por haberte dejado colgado... Debería haber bajado a buscarte al recibidor en cuanto me he dado cuenta de que no tenía tu teléfono, ¡que por cierto ya me lo estás dando!
Ella le tomó las manos, intentando que dejara de temblar.
—Cuando he visto que no era para una sesión, Federic me ha dicho que lo único que quería era hablar conmigo. Imaginaba que íbamos a estar cinco minutos... —Marta suspiró, buscando las palabras adecuadas—. Era sobre la firma del contrato del correo de aquel sábado. El que no quisiste ayudarme a redactar para decir "no"... porque querías que yo eligiera mi propio camino. Hemos estado hablando y he tenido que tomar una decisión en ese mismo momento.
Él se quedó mudo. El eco de sus propias palabras en la montaña volvió a su cabeza: "tienes que valorar tus oportunidades". Se sintió un hipócrita; le había dado alas para volar y ahora que la veía despegar, se moría de vértigo.
—No lo digo por echártelo en cara, ni mucho menos —continuó ella con suavidad—. Te agradezco que me dijeras eso, que fuera yo misma la que tomara una decisión tan importante... O no, quién sabe...
Marta se puso en pie y tiró de él con suavidad, tratando de sacarlo de ese estado de shock.
—Vamos a tomar algo, anda. No pintamos nada aquí sentados. Cálmate, por favor, me estoy sintiendo fatal.
—Se me pasará, no te preocupes —respondió él, aunque su mirada seguía perdida en el suelo—. Pero no me apetece tomar nada ahora, la verdad. Solo quiero irme.
—Vale... pues a mí sí —sonrió ella con esa picardía que era su marca personal, tirando de su brazo con fuerza—. Vámonos. Ahora conduzco yo.
Él se dejó llevar hacia el Subaru, sin saber si reír por lo absurdo de la situación o llorar por el agotamiento emocional. Mientras caminaban, una duda nueva y punzante le taladraba el cerebro: el contrato. Había sido sincero al decirle que aprovechara las oportunidades, pero la realidad era un martillo pilón. Si ella firmaba, si ella aceptaba ese mundo de "Global Investments", ¿qué espacio quedaba para un informático que vivía entre gatos y piedras?
Se dio cuenta, con un miedo atroz, de que el huracán de sentimientos que había sentido en ese edificio gris tenía un nombre que le aterraba pronunciar. Se estaba enamorando, y el mismo contrato que él la había animado a valorar podía ser el que la alejara de él para siempre.
Marta aparcó el Subaru con una precisión que él ni siquiera notó, absorto como estaba en sus propios pensamientos. Cuando bajó del coche, se dio cuenta de que lo había traído de vuelta al bar donde todo empezó, aquel rincón con solera donde hablaron a solas por primera vez. Se sentaron en la misma mesa de madera, frente a frente, pero con un universo de sensaciones nuevas de por medio.
—¿Estás mejor? —preguntó ella, observándolo con fijeza.
—Bueno... menos mareado de dar vueltas por ese puto edificio al menos sí —esbozó él una sonrisa forzada.
—Jejeje, bueno... esa carita me gusta más —contestó ella, relajando un poco los hombros—. Siento que lo hayas pasado tan mal.
—Siento haberme puesto así... no sé por qué me he puesto así, me siento súper ridículo.
—Pero... ¿qué es lo que ha pasado? —insistió ella, acercando su mano a la de él sobre la mesa.
—No sé... no tiene sentido —él bajó la mirada, avergonzado, y la barbilla le volvió a temblar ligeramente al recordar la angustia de hace una hora—. Me agobié, quería verte, no encontraba nada... habría sido más fácil esperarte fuera, pero empecé a pensar tonterías y buf... Parezco un crío, te debo parecer un imbécil.
—¿Qué dices? No digas bobadas... —le cortó ella con dulzura—. Yo se me hizo eterno también cuando me di cuenta de lo del teléfono, pero no sabía cómo encontrarte. ¿Así que de verdad has interrumpido una clase de danza?
—Calla, calla... No me lo podía creer, casi llamo al Papa de Roma. Parecía una puta broma.
—Ains... locomía —rió ella, pero enseguida recuperó la seriedad—. Bueno... quería decirte algo. En esa reunión he pensado de todo, y tú te has colado en la reflexión que tenía que hacer. Una decisión que marcará mi vida, porque los trabajos son eso: parte de lo que una es.
Él la miraba con una expectación dolorosa, conteniendo el aliento.
—He pensado en ti, que eres la persona más especial que he conocido nunca. Me has movido cosas dentro que estaban dormidas y me ha encantado conocerte. Creo que he encontrado a alguien que me entiende, me escucha... Pero esa oportunidad no la podía dejar pasar. Hay trenes que no se pueden escapar. Empezaría el miércoles; mañana sale el avión a Londres a las 7 de la mañana.
Él sintió un vacío gélido en el estómago. "Puto Londres. Puto todo", pensó. Se sentía envenenado por esa diablesa que ahora le anunciaba su marcha. Estaba desarmado, compungido, cerrando ya la persiana de su corazón para no sufrir más. Justo en ese momento, la camarera del otro día se acercó con una botella de Champagne.
—Me quedaré sin averiguar qué hay aquí —continuó ella mientras el corcho saltaba con un estruendo festivo—. Por eso he considerado la oferta muy seriamente... y haciendo caso a lo que me dijiste, les he dicho que NO.
Él, sin embargo, estaba en "modo protección". Su cerebro se había quedado bloqueado en la palabra Londres y el "no" ni siquiera llegó a registrarse.
—Bueno... pues nada... a mí también me ha encantado conocerte... —dijo él con una voz vacía, como quien cierra un documento sin guardar—. Te deseo lo mejor.
Marta se quedó mirándole, estupefacta.
—No te entiendo... —soltó ella.
—Que eso, que está muy guay, que pelees por tus sueños. Londres tiene que ser precioso.
—¿Te has dado un golpe? —exclamó ella, dándole un toquecito en el brazo—. ¡Que te he dicho que NO, que no voy! Ese mundo no es para mí. No sé cuál es el mío, pero ese no.
Él parpadeó, saliendo lentamente de su nubarrón mental.
—¿Pero no has dicho que el avión sale mañana a las siete?
—¡Sí, y sale! ¡Pero sin mí! —sentenció ella con una chispa de rebeldía en los ojos—. Se acabó. Me han dicho que si rechazaba esto me olvidara de la agencia, ni cosas pequeñas ni nada. ¿Sí? Pues adiós, Fredy de los cojones, que te den. Justo en ese momento es cuando has entrado tú.
Él la miró fijamente, con el corazón empezando a latir a un ritmo frenético, pero esta vez de pura euforia.
—¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Que has rechazado eso... por lo que tú sentías?
Marta se inclinó sobre la mesa, buscando su mirada con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. Ya no era la mujer implacable del despacho; era la chica que había encontrado algo mucho más valioso entre las montañas y los gatos que en un contrato de seis cifras.
—Pues sentía algo que no me llenaba, eso es lo que me hiciste ver —le explicó con voz suave pero firme—. Me dijiste que me guiara por mi instinto y que pensara en mi futuro. No lo dijiste exactamente con esas palabras, pero fue lo que me transmitiste. No todo es el dinero, y si aceptaba ir a Londres era solo por eso. Yo allí no pinto nada, no es mi sitio.
Él la escuchaba todavía aturdido, sintiendo cómo el peso que le había hundido el pecho durante la última hora empezaba a evaporarse, dejando una sensación de alivio tan fuerte que casi mareaba. El Champagne burbujeaba en las copas, pero el verdadero brindis estaba en la confesión de ella.
—Y ahora... —añadió ella, levantándose de su silla para rodear la mesa— déjame que te abrace, que me estás matando viéndote así.
Sin esperar respuesta, se fundió con él en un abrazo apretado, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello. Él la rodeó con fuerza, cerrando los ojos y dejando que el aroma de su pelo le devolviera la paz que había perdido en los pasillos de aquel edificio gris. Sentir su corazón latiendo contra el suyo fue la confirmación definitiva de que el "no" de Marta era, en realidad, un "sí" rotundo a lo que estaban empezando a construir.
Se quedaron así unos instantes, ajenos al ruido del bar y a la camarera que los observaba con una sonrisa cómplice. El mundo podía seguir girando, los aviones podían salir hacia Londres y las agencias podían cerrar sus puertas, pero allí, en ese rincón, el tiempo se había detenido para darle paso a algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar escapar.
Marta levantó su copa, haciendo que las burbujas bailaran bajo la luz del bar. Tenía esa expresión de libertad que solo aparece cuando te quitas un peso muerto de encima, una mezcla de alivio y una chispa de locura sana.
—Nos vamos a tomar esta copita de Champagne para celebrar que las decisiones difíciles hay que afrontarlas con determinación... —sentenció ella, mirándole fijamente a los ojos—. Así que... ¡por lo que esté por pasar!
Él la observó durante un segundo, dejando que la tensión que le había atenazado los hombros terminara de disolverse. No pudo evitar que una sonrisa, esta vez de las de verdad, asomara a su rostro.
—Estás como una regadera, diablesa —soltó él sin pensar.
Marta se quedó con la copa a medio camino, arqueando una ceja con una sonrisa juguetona instalada en los labios.
—¿Diablesa? —repitió ella, paladeando la palabra como si fuera un postre prohibido.
Se quedó pensando un instante, mirándole con curiosidad mientras daba un sorbo lento al Champagne. Él, por su parte, no contestó. En ese momento se dio cuenta de que el apodo que llevaba dándole vueltas en la cabeza desde que la conoció, ese que usaba en la intimidad de sus pensamientos para definir esa mezcla de tentación y peligro, se le había escapado en voz alta.
Lejos de corregirse o de intentar disimular con una excusa barata, él aceptó el desliz. Levantó su copa, fijando su mirada en ella de esa forma intensa que lo decía todo, y bebió un trago largo. Mientras echaba la cabeza hacia atrás al beber, mantuvo el contacto visual, dejando que el silencio confirmara que, efectivamente, ella era su diablesa y que, después de lo vivido esa mañana, estaba más que dispuesto a descubrir qué era exactamente lo que estaba por pasar.
Marta dejó la copa sobre la mesa con un ruidito seco, sin dejar de sonreír, disfrutando de haberle cazado en un renuncio.
—Así que diablesa, ¿eh? —insistió ella, apoyando la barbilla en la mano, recorriéndole con la mirada.
Él no quería contestar, sentía el calor subiéndole por el cuello y solo acertaba a reírse para ganar tiempo. Intentó desviar el tema hacia algo más seguro, aunque la palabra "seguro" ya no existía en su vocabulario desde que ella estaba cerca.
—Bueno... ¿y ahora qué? Porque te acabas de quedar sin trabajo como quien no quiere la cosa. Y creo que es bastante por mi culpa —dijo él, tratando de sonar práctico.
—Pues ahora nada... pasaré por casa a coger cuatro cosillas mías y... si quieres volvemos al pueblo o... no sé. No sé qué tienes previsto, no sé qué agenda tienes... tú dirás —contestó ella con una naturalidad que le desarmaba—. Pero de momento... em, déjame pensar. ¿No teníamos algo tú y yo aún pendiente?
Él tragó saliva. El torbellino de sensaciones que le había sacudido en el edificio de oficinas no era nada comparado con la descarga eléctrica que le acababa de recorrer la espalda. Sabía perfectamente a qué se refería Marta: a esa idea de abrirse un perfil juntos, a "lo otro". Pero, en un acto de reflejo defensivo, su mente rápida decidió darle un giro técnico.
—Sí, sí, em... dijeron que en una semana o así nos llamarían para ver los cambios que iban a implementar en la web —respondió él, hablando rápido—. En esos casos se hace un seguimiento semanal, se observan indicadores y se van adaptando mejoras a ver si todo va bien o hay que modificar el foco...
Marta le escuchaba con una ceja arqueada, aguantando la risa ante la verborrea profesional de él.
—Vale, guay. Pero yo te hablo de lo otro —le cortó ella, con una sonrisa ladeada de pícara total—. Que ahí es donde veo yo que hay futuro.
—Sí, de lo otro —insistió él, negándose a dar el brazo a torcer—. Luego les llamo a ver si han cambiado ya algo del código. Me dijeron que tienen un informático bastante bueno y que en un par de días lo tendría. Si quieres nos podemos acercar...
—Uyuyuy, ¿no me estarás haciendo la cobra, verdad? —ella se acercó un poco más por encima de la mesa, sin dejarle lugar a dudas. Tenía las ideas clarísimas y no iba a dejar que se escapara por la tangente de los servidores y los algoritmos.
—¿Yo? No... ¡ah! Vale... "lo otro" —claudicó él, rindiéndose ante la evidencia.
Marta le miraba con una expresión de: "¿En serio? ¿Ya no te acordabas?".
—Sí... lo otro. Te recuerdo que fue idea tuya... una idea que me gustó y lo sabes. La tenemos totalmente abandonada y, si no indagamos en ella, nunca sabremos si funciona o no...
Él asintió, sintiendo que el Champagne le daba el empujón de valentía que le faltaba. La miró a los ojos, aceptando el reto de su diablesa.
—Sí, lo otro... claro. Jeje. Hay que ver cómo funciona eso. Hoy sin falta nos ponemos.
Él sintió cómo el calor le subía por las mejillas hasta las orejas, dándose cuenta de que su intento de sonar profesional estaba chocando frontalmente con la tensión que flotaba en el aire. Marta no le quitaba los ojos de encima, disfrutando de ese pequeño poder que tenía sobre él.
—Nos ponemos a ver cómo funciona, me refiero —corrigió él rápidamente, poniéndose totalmente rojo, casi del color del vino tinto—. Como conseguir tráfico, interés... para hacerlo funcionar.
Ella mantuvo la mirada, dejando que el silencio alargara el momento justo lo necesario para que él se sintiera aún más descubierto. Luego, suavizó la expresión con una ternura que le desarmó.
—Bueno... me parece bien —sonrió ella, observando con deleite cómo se había ruborizado—. Creo que no será difícil.
Él tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta, pero esta vez era un nudo de alivio puro. Mientras la miraba ahí, sentada frente a él con su camiseta corta y su chaquetita, todos esos pensamientos oscuros y extraños que le habían asaltado en el edificio de hormigón se desvanecieron por completo. Aquella era su esencia: una chica sencilla, vibrante, que no parecía tener nada que ocultar tras esos ojos verdes. Solo veía un deseo profundo y sincero de compartir tiempo con él, y esa certeza le encantaba.
—Bueno. Pues cuando digas pasamos por tu casa y... luego llamamos a Javier, ¿te parece bien? —propuso él, tratando de recuperar el mando de la situación.
—Me parece perfecto —dijo ella, apurando el último sorbo de su copa.
Se levantaron de la mesa del bar, dejando atrás el Champagne y la angustia de la mañana. Al salir a la calle, el sol de la ciudad ya no parecía tan agresivo. Habían sobrevivido al laberinto de oficinas y a la sombra de Londres; ahora solo quedaba la carretera de vuelta, una mochila esperando en una habitación y ese "proyecto pendiente" que prometía ser mucho más interesante que cualquier contrato de inversión estratégica.
Marta arrancó el coche con una naturalidad pasmosa, como si el Subaru hubiera sido suyo toda la vida. Aún conservaba las llaves en el bolsillo y, antes de que él pudiera siquiera rodear el capó, ella ya estaba sentada al volante.
—¿No te importa, verdad? —le dijo mientras se ajustaba el cinturón—. Así descansas un poco, que menudo madrugón nos hemos pegado y con el susto que te has llevado... mejor que cierres los ojos un rato.
—Para nada. Por cierto, conduces muy bien —admitió él, dejándose caer en el asiento del copiloto y sintiendo cómo el asiento le envolvía.
La casa de ella no estaba lejos, apenas a una media hora, pero el trayecto se sentía como un puente entre dos mundos. Mientras avanzaban, él no podía evitar mirar por la ventanilla y recordar la primera vez que estuvo allí. Esa casa donde empezó todo, donde se sintió como el "Spiderman negro" porque no podía desprenderse de aquella chaqueta de Marta para dormir; una estampa tan ridícula que él mismo decía que parecía un integrante de Locomía. Recordó las risas de aquella noche y, sobre todo, la electricidad de lo que pasó en aquel sofá.
Para terminar de deshacerse de los restos de adrenalina y volver a su zona de confort, sacó el móvil y llamó a Javier. Necesitaba reconectar con su parte lógica, con ese proyecto al que no quería cobrarles nada para ver cómo funcionaban los cambios. Javier le contestó con entusiasmo, confirmándole que el otro informático ya estaba trabajando en los indicadores y que el seguimiento semanal empezaría pronto. Hablar de bases de datos y métricas le devolvía el suelo bajo los pies.
Marta, por su parte, subió el volumen de la radio. Empezó a sonar aquel metal melódico que tanto les gustaba a los dos, llenando el habitáculo del coche con una fuerza que encajaba perfectamente con el estado de ánimo de ambos. Mientras conducía con una sola mano, estiró la derecha y buscó la mano de él.
Le hizo una pequeña caricia, un roce suave que le erizó la piel, y le lanzó una mirada cómplice de esas que solo ellos entendían. Él apretó su mano contra la suya, devolviéndole la mirada y dándose cuenta de que, a pesar del caos del edificio de oficinas, el motor de ese coche no era lo único que funcionaba a la perfección entre ellos dos.
Marta maniobró con una soltura envidiable y encajó el Subaru en el hueco a la primera, con un movimiento limpio. Apagó el motor y soltó una carcajada mientras tiraba del freno de mano.
—¡Aaaaaparcao! ¡Jajajajaja! —exclamó, imitando el famoso vídeo con una alegría contagiosa.
—Jajaja, ostras qué tía. Aparcas mejor que yo —admitió él, realmente impresionado—. En mi casa, como aparco de frente y ya está, se me olvida que este trasto tiene marcha atrás.
—Va de lujo este coche, me encanta —dijo ella mientras saltaba fuera de la "tartana". Se estiró un poco, dejando que el aire de la calle la despejara—. ¿Qué te ha dicho Javier? ¿Le vamos a ver?
—Sí, dice que ya han empezado a mover algo. Vamos a ver qué tal les va con los cambios...
—Genial. Pues ayúdame a coger de aquí cuatro cosas y nos vamos. Me voy a hacer un cafecito frío, ¿quieres uno?
—Sí, sí... ponme uno —contestó él mientras entraba tras ella. Al cruzar el umbral del salón, sus ojos se fueron directos al sofá. Allí seguía la chaquetita, la prenda del "delito" que tantas risas les había costado—. Ponme uno fresquito, sí —añadió con una risa guasona, sin poder apartar la vista de la prenda.
Marta, que no perdía detalle, se dio cuenta de hacia dónde iba su mirada.
—Jaja, si quieres nos la llevamos —soltó ella con malicia.
—¿El qué? Ah... jaja, no, no... solo la miraba...
—La mirabas pensando... mira qué cara de pillín se te ha puesto —ella se acercó de forma peligrosa, invadiendo su espacio personal con esa seguridad que le caracterizaba—. Estabas pensando en lo bien que te queda... ¿eh, Locomía?
Él se rascó la nuca, sintiendo cómo el calor volvía a sus mejillas. Estaba totalmente avergonzado, pero por dentro rebosaba de una felicidad que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
—Jejeje... —balbuceó, incapaz de replicar ante la evidencia.
—Oye... igual me doy una ducha rápida, si no te importa, Marta —dijo intentando recuperar un poco la compostura—. De tanto correr por ese laberinto del caos creo que huelo un poco a... humanidad.
—Claro... sin problema —le respondió ella con una sonrisa dulce, señalándole el camino hacia el baño mientras ella se dirigía a la cocina para preparar esos cafés.
Él caminó hacia el baño sintiendo que, por fin, los latidos de su corazón volvían a su ritmo normal. La pesadilla del edificio de oficinas se sentía ahora como algo lejano, casi irreal, comparado con la calidez de esa casa y la mirada de la mujer que, contra todo pronóstico, había decidido quedarse a su lado.
Comentarios
Publicar un comentario