Marta - Primera noche en el pueblo
Al detener el coche frente a la casa, dos pares de ojos brillantes relucieron en la oscuridad del porche. Allí estaban, sentados con una rectitud casi militar, esperando junto a la puerta de madera. En cuanto vieron los faros, sus colas empezaron a agitarse con ese entusiasmo silencioso y elegante que solo los felinos poseen.
—**¿Conocen el coche?** —preguntó Marta, sorprendida al ver cómo los animales ni siquiera se inmutaban ante el ruido del motor.
—**Ya lo creo... Son más listos...** —contestó él con una sonrisa de orgullo, mientras echaba el freno de mano—. **Saben perfectamente que si el Subaru ronronea así, es que ya estamos aquí.**
En cuanto bajaron y pusieron un pie en el suelo, los gatos no fueron directos a su dueño. Para sorpresa de él, ambos se lanzaron en una coreografía perfecta hacia Marta. Se entrelazaron entre sus piernas, **restregándose contra sus pantalones** y ronroneando con una fuerza que se sentía en el aire frío de la noche, dándole una bienvenida oficial a la familia.
—**¡Anda, qué bandidos!** —soltó él, cruzándose de brazos y fingiendo una indignación que no sentía—. **A mí me tienen frito todo el día y a ti, que acabas de llegar, te hacen la alfombra roja.**
—**¡Jajaja!** —rió ella, agachándose un momento para acariciar ese pelaje suave que buscaba su contacto con insistencia—. **Parece que he pasado el control de calidad, ¿no?**
Él la miró mientras ella jugaba con los animales, y supo que los gatos, como siempre, tenían un instinto infalible. Abrió la puerta de la casa y dejó que la luz cálida del interior inundara el porche.
—**¡Hala, enanos, pa' dentro!** —ordenó él con tono de broma, dándoles un empujoncito suave con el pie—. **¡A dormir, chaqueteros! Que no tenéis vergüenza ninguna.**
Los gatos entraron disparados, seguidos por la risa de Marta, que entró en la casa sintiendo que, después de todo lo vivido, incluso los guardianes de cuatro patas habían decidido que ella ya era parte de aquel refugio.
Marta entró en el baño y cerró la puerta con suavidad, apoyando la espalda contra la madera durante un segundo. Se miró en el espejo, con las mejillas todavía un poco encendidas por el aire de la montaña y los ojos brillantes por todo lo que había pasado. Aquel baño, sencillo y con ese olor a madera y jabón neutro, se sentía como un refugio dentro del refugio.
Fuera, escuchaba el traqueteo de él moviendo los cojines.
—**Bueno, habrá que descansar algo** —decía él con la voz algo cansada pero satisfecha—. **Estoy reventado.**
—**Te cedo mi trono, yo dormiré en el sofá, ¿vale?** —continuó él, señalando la habitación con la mano mientras empezaba a estirar una manta—. **Es lo más justo.**
Marta asomó la cabeza por la puerta del baño, con el cepillo de dientes en la mano y una expresión entre la duda y la picardía.
—**¿Tú al sofá?** —preguntó Marta, frunciendo un poco el ceño—. **Tendré miedo sola... Aunque me ha encantado lo que cuentas del silencio... verme sola en esa habitación...**
—**No te preocupes, mujer, Carbón y Nube te harán compañía, que son unos chaqueteros** —le respondió él con una sonrisa, mientras peleaba con una sábana—. **Además, estamos al lado, no te preocupes. Es que esa cama no es como la tuya, es pequeña.**
—**Pues mejor...** —soltó ella en un susurro casi inaudible, una frase que se le escapó del subconsciente antes de poder filtrarla.
Él, que estaba en mitad del estruendo de sacudir una almohada, se detuvo en seco.
—**¿El qué?** —preguntó, levantando la vista con curiosidad.
Marta sintió un vuelco en el estómago y se metió rápidamente de nuevo en el baño para que no le viera la cara.
—**¡Digo que vale! Que me voy al baño a prepararme para dormir** —exclamó ella con un tono un poco más alto de lo normal para disimular.
—**Vale** —respondió él, volviendo a su tarea con una media sonrisa, aunque se quedó pensando en si realmente había oído lo que creía haber oído.
Dentro del baño, Marta se echó agua fría en la cara, intentando bajar las pulsaciones. Se quitó el maquillaje con gestos lentos, viendo cómo su imagen en el espejo iba volviendo a lo esencial. Se soltó el pelo, que olía a la leña de la cena y al frío del mirador, y se quedó un momento mirando su reflejo. La idea de la cama pequeña seguía ahí, flotando en el aire del baño junto al vapor del agua, mientras escuchaba cómo él, al otro lado de la pared, terminaba de preparar su sitio en el sofá.
La puerta del baño se abrió y el tiempo pareció detenerse en el salón. Ella salió envuelta en su ropa de dormir, una prenda que, sin necesidad de artificios, moldeaba su **imponente silueta** con una elegancia natural que cortaba la respiración. Caminó hacia él con paso firme, cruzando el espacio que los separaba hasta plantarse frente al sofá donde él ya estaba a punto de tumbarse, con la manta a medio echar.
Marta no pidió permiso, simplemente tomó el mando de la situación con esa seguridad que la hacía única.
—**No me da la gana de que duermas en el sofá** —sentenció ella, clavándole una mirada que no admitía réplicas—. **O te vienes conmigo a la habitación o yo duermo aquí, elige.**
Él se quedó congelado, con una mano apoyada en el cojín y la otra sosteniendo la manta. Sabía perfectamente que ella no bromeaba; si él insistía en el sofá, ella se tumbaría allí mismo solo por cabezonería. Y aquel sofá, que era estupendo para ver la tele, tenía pinta de ser un potro de tortura para pasar ocho horas seguidas.
Se hizo un silencio eléctrico. Él se quedó pensando... mirándola a ella, tan real y tan cerca; mirando luego el sofá desvencijado, y finalmente girando la cabeza hacia la habitación al fondo del pasillo, donde la cama pequeña esperaba bajo una luz tenue.
—**Boh... La Marta...** —soltó él finalmente, soltando una carcajada bajita y negando con la cabeza, haciendo un guiño invisible a su amigo Manuel, que seguramente estaría brindando en sueños por ese momento.
Ella no pudo evitar reírse también, rompiendo la tensión del ultimátum. Con un gesto lleno de magnetismo, **extendió su mano hacia él**, ofreciéndole el mismo anclaje que él le había dado en el precipicio, invitándole a abandonar el salón y seguirla al refugio del dormitorio.
—**Solo dormir...** —dijo ella, inclinando un poco la cabeza con una sonrisa traviesa que iluminó toda la estancia—. **Te prometo que... no te lo prometo :D**
Esa última frase quedó suspendida en el aire, cargada de una honestidad juguetona que lo cambió todo. Él soltó la manta definitivamente, cerró los dedos sobre la mano de ella y se levantó del sofá sin dudarlo ni un segundo más. Ya no había "yuyu", ni alturas, ni facturas; solo quedaba la puerta de la habitación abierta y el eco de una risa que prometía que esa noche, el silencio del que tanto hablaban, iba a ser de todo menos aburrido.
Justo cuando estaban a punto de cruzar el umbral de la habitación, Marta se detuvo en seco, como si le hubiera dado un calambre. Se llevó una mano a la frente y abrió los ojos de par en par. La burbuja de paz y romanticismo se acababa de pinchar con el alfiler de la realidad laboral.
—**¡Ostras! ¡Mañana!** —exclamó ella, con la voz llena de agobio—. **Que mañana tengo sesión a las ocho y media de la mañana... ¡y yo aquí!**
Él, lejos de alterarse, se detuvo y la miró con esa parsimonia tan suya, esa calma que parecía capaz de desactivar bombas. No hubo ni un rastro de tensión en su gesto; al revés, le puso una mano suave en el hombro para que lo mirara.
—**Bueno, que no cunda el pánico, que yo te acerco** —le dijo con una voz que era puro bálsamo—. **Vamos a organizarnos: ¿necesitas coger algo en el piso o puedes llegar desde aquí directa?**
Marta empezó a dar vueltas por el pasillo, buscando el móvil con la mirada, medio desubicada.
—**Pues no lo sé, déjame mirar... es que de esta mierda ni me acordaba. Total, si solo son cuatro fotos que me tenía que hacer... Imagino que me dejarán ropa allí, si es que hace falta ropa, o era de bolsos... ¡es que no me acuerdo!**
Él no pudo evitar soltar una risotada limpia. Ver a la "imponente" Marta tan perdida con su propia agenda le resultaba extrañamente tierno. Se acercó a ella, le quitó el móvil de la mano con suavidad y la obligó a centrarse.
—**Escúchame** —le dijo riendo, restándole todo el hierro al asunto—. **No te agobies. En una hora estamos allí. Simplemente hay que madrugar un poquito más y ya está. Yo conduzco y tú, por el camino, si quieres puedes seguir descansando.**
La seguridad con la que hablaba hizo que Marta soltara un suspiro de alivio. Él no lo veía como un problema, sino como una anécdota más de su "viaje".
—**Tú dime dónde es exactamente, que yo me organizo** —concluyó él, guiándola de nuevo hacia la habitación—. **Mañana nos levantamos prontito y vamos para allí de un boleo. Ahora, olvídate del trabajo, que para eso queda mucho... o al menos unas cuantas horas.**
Marta le miró, agradecida por esa capacidad que tenía él de hacer que lo difícil pareciera una tontería. El agobio de las 8:30 se disolvió ante la perspectiva de un viaje compartido al amanecer, y el plan de "solo dormir" volvió a ganar posiciones mientras entraban, por fin, en el cuarto.
Con el asunto de la sesión de fotos resuelto por la calma de él, Marta soltó el último aire de tensión que le quedaba en el cuerpo. Se dejó guiar hacia la cama, sintiendo que el cansancio real, el de verdad, empezaba a pesarle en los párpados.
Él apartó el edredón con cuidado y ella se deslizó dentro, notando el tacto de las sábanas limpias que olían a aire de sierra. Él rodeó la cama y se metió por el otro lado.
Pero entonces ocurrió algo casi cómico.
A pesar de toda la intensidad de la noche, de las manos entrelazadas en el precipicio y de la declaración de intenciones del pasillo, el respeto (o quizás un repentino ataque de timidez tras tanta adrenalina) se apoderó de la situación. Como si se hubieran puesto de acuerdo sin hablar, ambos se desplazaron hacia los extremos opuestos.
Ahí estaban los dos: **ridículamente pegados cada uno al borde de la cama**, dejando en medio un desierto de sábanas blancas lo suficientemente ancho como para que cupiera Manuel de lado. Él estaba tan al límite que sentía el aire del suelo en el brazo, y ella casi podía notar el vacío de la madera del marco bajo su espalda.
Marta, mirando al techo en la penumbra, no pudo evitar sonreír ante lo absurdo de la estampa.
—**Oye...** —susurró ella hacia la pared opuesta—, **que si me muevo un centímetro más a la derecha, voy a dormir con Carbón y Nube en la alfombra.**
Él soltó una risita ahogada desde su "trinchera" particular.
—**Yo estoy haciendo equilibrios para no caerme, no te creas** —confesó él, relajando por fin los hombros—. **Es que... después de tanto silencio ahí arriba, ahora el ruido de nuestras respiraciones parece que ocupa toda la habitación.**
El silencio volvió, pero ya no era tenso, era cómplice. Poco a poco, casi de forma imperceptible, el desierto de sábanas en el medio empezó a encogerse. Porque por mucho que intentaran guardar las distancias en los bordes, el imán que los había unido en menos de cuarenta y ocho horas seguía encendido, y la "cama pequeña" de la que él se quejaba, de repente, empezó a parecerles el mejor sitio del mundo para ver amanecer.
En ese metro y medio de colchón, la distancia se volvió insoportable. Casi al mismo tiempo, como si un hilo invisible tirara de ellos, se giraron. En la penumbra, sus rostros quedaron a escasos centímetros, iluminados solo por la tenue claridad que entraba por la rendija de la persiana. Se miraron y, sin decir nada, sonrieron; una sonrisa cansada, real, de las que no necesitan filtros.
Él buscó su mano bajo las sábanas y ella entrelazó sus dedos con los suyos, cerrando por fin el circuito. Marta, vencida por el agotamiento pero empujada por un impulso dulce, acortó la última distancia y **le dio un pequeño beso en los labios**, un roce suave que sabía a despedida del día y a promesa de mañana.
—**Hasta mañana...** —susurró ella.
No tardó ni diez segundos en quedar profundamente dormida. El estrés de la sesión de fotos, mezclado con la montaña rusa emocional de la tarde con Manuel y la magia del mirador, le cayó encima como una losa de granito, dejándola totalmente fuera de combate.
Él, sin embargo, todavía tenía el radar encendido. Se giró un momento hacia su mesilla para comprobar por tercera vez que la alarma estaba puesta a tiempo; no pensaba permitir que llegara tarde a su cita. Una vez asegurado el deber, volvió a girar el cuerpo hacia ella.
Se quedó un buen rato observándola. En un momento dado, ella entreabrió los ojos, todavía sumergida en ese limbo entre el sueño y la vigilia, y al verle allí, le dedicó una sonrisa perezosa y cálida antes de volver a sucumbir al sueño profundo. Él no podía dejar de mirarla. Parecía mentira que una mujer así, tan sincera, tan entera y tan insultantemente preciosa, estuviera allí, en su pequeña casa de piedra, compartiendo su cama pequeña.
—**¿Qué escondes, pequeña diablesa? ¿Qué escondes...?** —susurró él en un aliento apenas audible, mientras le apartaba con infinita delicadeza un mechón de pelo de la cara—. **Porque estoy seguro de que no merezco tanto.**
Con ese pensamiento rondándole el pecho y la mano de ella todavía sujeta a la suya, él también cerró los ojos, dejando que el silencio de la sierra hiciera el resto. Al final, Manuel tenía razón: "la Marta" era mucha Marta, y él ya estaba perdido del todo.
A las seis de la mañana, cuando el cielo de la sierra era todavía de un azul eléctrico y gélido, el silencio sagrado de la casa saltó por los aires. Un grito desgarrador, de esos que solo puede emitir un hombre de campo con pulmones de acero, rebotó en las paredes de piedra.
—**¡Vamooos, apaciaaan! ¡Me cagüen la ostia, que t'as quedao dormido, gandul!**
Él, que ya llevaba un rato levantado y moviéndose sigilosamente para no despertar a Marta, salió al porche como un resorte, abrochándose el pantalón a medio camino y con cara de pocos amigos.
—**¿Quieres bajar la voz, animal?** —le soltó entre dientes, haciendo gestos frenéticos con la mano para que se callara. No quería mencionar que Marta estaba dentro para no darle a Manuel munición nuclear, pero el esfuerzo era inútil.
Era Manuel, claro. Estaba apoyado en su furgoneta, preparado para ir a la obra, pero no podía pasar por la puerta sin tocarle los cojones a su mejor amigo para empezar el día con alegría.
—**Venga va, que no madrugas nunca, huevón** —se mofó Manuel. Pero su ojo clínico de halcón de pueblo no tardó ni un segundo en hacer el escaneo de la zona. Solo vio un coche: el "Subaru". Ni rastro del vehículo de ella—. **¿And’está la Marta? ¿Ya l’as espantao?**
—**¿Espantao? Tú sí que la vas a espantar... Tira anda... tira a tomar por culo, que ayer estuviste pa' darte un Óscar** —respondió él, intentando empujarlo hacia la furgoneta.
—**Boh. Ya estamos... Te eché un cable más bien** —replicó Manuel con una suficiencia digna de un catedrático.
—**Sí, al cuello... me lo echaste al cuello, Manué.**
—**Boh. Hala, me voy a currar...**
Pero justo cuando Manuel ponía la mano en la manilla de la puerta de su furgoneta, la puerta de la casa se abrió y Marta apareció en lo alto de la escalera. Todavía tenía el pelo un poco revuelto del sueño y esa luz especial de quien acaba de despertar de una noche importante.
—**¡Coño! La Marta...** —Manuel se quedó petrificado, con una sonrisa de oreja a oreja que le iluminó la cara—. **¡Uyuyuy! Aquí han habido chispas... Baja de tu cuarto...**
—**¡Manuel!** —saludó ella con una sonrisa fresca, ignorando la guasa—. **¿Desayunas con nosotros?**
Él se llevó la mano a la cara, viendo venir el desastre logístico.
—**¡Manuel!** —le advirtió él, mirándole con ojos de "como digas que sí te mato"—. **No me jodas, que nos tenemos que ir pitando a la ciudad, que tiene un compromiso.**
Manuel, que no sabía decir que no a un café y mucho menos a un cotilleo en directo, se encogió de hombros con una naturalidad pasmosa.
—**Va, sí... me echo un café rápido y me abro, qu’estamos encofrando y estos me arruinan la faena si no llego.**
Él suspiró, derrotado por la hospitalidad de Marta y la cara dura de su amigo.
—**Tu puta madre, Manué** —masculló mientras le dejaba paso.
—**Boh** —soltó Manuel entrando el primero en la cocina como si fuera el dueño del cortijo.
Manuel estaba ya acodado en la encimera, removiendo el café con una energía que no correspondía a las seis de la mañana, cuando soltó la primera andanada.
—**Oye, Marta, ¿y qué se os ha perdío en la ciudad tan temprano? ¿Qué tienes que hacer allí?** —preguntó con la curiosidad de quien no conoce el concepto de "intimidad".
Cuando ella le explicó, con total naturalidad, que tenía una sesión de fotos porque a veces trabajaba como modelo, Manuel se detuvo en seco, con la cucharilla a medio camino. Arrugó el entrecejo, la miró de arriba abajo y soltó la perla sin anestesia:
—**¿Modelo? Bah... yo siempre he creído que las modelos eran todas medio tontas, las cosas como son** —dijo Manuel, y antes de que él pudiera intervenir para pararle los pies, el albañil continuó—. **Pero tú no me cuadras. No por falta de belleza, que vas sobrao, sino porque me parece a mí que te sobra coco para estar en un sitio de esos.**
Él se tapó la cara con la mano, pero Manuel ya había metido la segunda marcha.
—**Pero bueno, ya que estamos... mira a ver si lo cogen a este** —dijo señalando a su amigo con el pulgar—. **¡Míralo qué percha tiene! Pero ahí lo tienes, atontao con el deporte y con la informática de los cojones... que no gana ni para comprar pan.**
—**Pero es feliz así...** —le replicó Marta con una sonrisa dulce, defendiendo el territorio de su anfitrión.
—**Sí, eso sí... feliz y muy cabezón. Pero la felicidad no paga las facturas** —sentenció Manuel con esa sabiduría pragmática de quien ha sudado cada euro.
—**Ya...** —asintió Marta, quedándose pensativa un segundo—. **Pero bueno, estoy empezando a ver las cosas de otra forma, la verdad. También te digo que no me gusta demasiado ese mundo de modelo; al final es lo típico... alguien se fija, ve que eres mona y ¡ale!, al día siguiente estás andando como un pato mareado por una pasarela. No sé yo si eso le convence a él...**
Manuel dio un golpe en la mesa, casi victorioso.
—**¡Boh, la Marta! Lo que yo decía... si es que te tengo calá. Ese mundo no es pa' ti, corazón, se te sale el juicio por los poros. Ahora empiezo a entender por qué este te ha traído aquí y no es solo por tu cara bonita. Al final va a ser más espabilao de lo que yo creía...**
—**Hala, bonita conversación, pareja, pero tenemos que arrear** —cortó él, mirando el reloj con ansiedad y tratando de salvar lo que quedaba de mañana antes de que Manuel soltara una mayor.
—**Sí, me subo a cambiar y en cinco minutos estoy lista** —contestó Marta, levantándose de la silla—. **Me ha alegrado verte, Manuel. ¡Cuídate!**
—**No te digo na...** —Manuel esperó a que ella desapareciera por las escaleras para agarrar a su amigo por el brazo y estrecharle la mano con una fuerza bruta—. **Bien hecho, chaval. Por fin me haces caso de una puta vez. Si no llega a ser por mi verborrea de ayer...**
—**Sí, mira... si al final te voy a tener que dar las gracias y todo, no te jode** —respondió él, aunque en el fondo sabía que Manuel tenía una parte de razón—. **Tira, tira para la obra anda. Ale, no pases mucho calor que hoy le va a cascar a base de bien. ¡Ponte crema, que te vas a acordar algún día!**
Manuel ya estaba saliendo por la puerta, riéndose hacia sus adentros mientras buscaba las llaves de la furgoneta.
—**¿Cremas yo? Boh... ¡Hala, nos vemos!** —gritó desde fuera mientras el motor diésel arrancaba con un estruendo que terminó de despertar a todo el valle.
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