Marta - Menudo tándem

 El Subaru ronroneaba de nuevo mientras salían del garaje, dejando atrás el desastre del baño y el aroma a café frío. Él se sentía renovado, como si el agua hubiera arrastrado también las dudas que le pesaban en el pecho.

—¿Conduzco? ¿Conduces? —preguntó Marta mirándole de reojo con las llaves todavía cerca.

—Te ha gustado el Subaru, ¿eh? —rio él mientras rodeaba el coche—. Si es que ya le digo yo a Manuel que va como un tiro. Lo que te apetezca más.

—Venga, pues ahora descanso yo un poquito —decidió ella, deslizándose en el asiento del copiloto con una agilidad que él no dejaba de admirar—. Dime la dirección y te voy indicando.

Él arrancó y, una vez en marcha, disfrutando de la potencia del motor bajo sus pies, se dio cuenta de un detalle técnico importante.

—Oye, se me ha olvidado decir a Javi que, si es posible, esté el informático presente. ¿Te importa llamarle y se lo dices? —le pidió—. Llámale desde el mío para que ya conozca mi número, que aquí no hay manos libres, jajaja.

Marta cogió el móvil de él, que estaba en el hueco de la consola central.

—Claro. ¿Cómo lo busco?

—Pon Javier Madrigal 3.

Ella marcó y, tras un par de tonos, la voz enérgica de Javier sonó a través del altavoz que Marta sujetaba cerca de él.

—¿Hola? ¿Javier? Qué tal... mira, soy Marta, la compañera de...

—¡Sí, sí! ¿Qué tal, Marta? —contestó Javier rápidamente, reconociéndola de aquella videollamada—. Me acuerdo perfectamente de ti.

Marta tomó las riendas de la conversación con una soltura que dejó a él fascinado.

—Muy bien, ¿y tú? Quería decirte que, si es posible, nos gustaría que Víctor, el informático, estuviera presente en la reunión. Seguramente hablemos de algún cambio o modificación que quizá él deba entender. Básicamente porque, como él es quien gestiona la web, sabrá decirnos si es o no posible. ¿Puede ser? Si no, no pasa nada, lo gestionamos de otra forma, pero quizá facilite las cosas.

—Sí, claro, haré lo posible para que esté, no habrá problema —aseguró Javier con tono colaborador.

—De nada, a ti por hacerlo posible y perdona no haber avisado antes. Un saludo.

—Nos vemos ahora, Marta. Gracias.

Al colgar, ella dejó el móvil en su sitio con un movimiento natural, como si hubiera hecho esas llamadas de gestión toda la vida.

—Bueno... pues ya está. Dice que sí, que sin problema.

Él la miró un instante, desviando la vista de la carretera lo justo para mostrar su asombro.

—Oye... se te da de miedo...

—¿Mal o qué? —preguntó ella, arrugando un poco la nariz con falsa preocupación.

—¿Mal? Has estado genial... Ese tipo de trato es el que me gusta y lo has clavado. De hecho, por eso exactamente quiero que esté el informático. Lo has hecho de diez.

Marta se estiró en el asiento, henchida de orgullo y con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Pues gracias! —exclamó, subiendo de golpe el volumen del metal melódico que volvía a inundar el coche—. El siguiente desvío lo tenemos a 20 kilómetros, así que de momento... reeeecto.

Él apretó el volante, sintiendo que formaban un equipo increíble. Ella ponía la voz y la seguridad que a veces a él le faltaba fuera de su código, y él ponía la lógica. Mientras el Subaru devoraba kilómetros, él pensó que el "tráfico" que tenían que generar para "lo otro" iba a ser pan comido con una diablesa así al mando de las operaciones.


El Subaru avanzaba con suavidad por la autovía, envuelto en el ritmo contundente de la música y esa nueva calma que se había instalado entre ambos. Él, sin despegar la vista del asfalto pero con una sonrisa que no podía ocultar, estiró su mano derecha hacia el asiento del copiloto. Buscó la mano de Marta y, al encontrarla, comenzó a acariciar su piel con el pulgar, un gesto lento y cargado de una gratitud silenciosa.

Marta respondió al contacto de inmediato. Sintiendo la necesidad de estar aún más cerca, intentó inclinar su cabeza hacia el hombro de él, pero el cinturón de seguridad se tensó, limitando su movimiento con un pequeño tirón. Al verla batallar con el anclaje, él inclinó la cabeza instintivamente hacia su derecha, acortando la distancia. En ese momento, Marta aprovechó para depositar un beso tierno y prolongado en su mejilla, dejando un rastro de calidez que le hizo soltar un suspiro de satisfacción.

—En dos kilómetros giramos y veremos el edificio de frente —avisó Marta, recuperando su papel de copilota perfecta mientras consultaba el mapa—. La oficina de Javier es el local 3 de los bajos.

—Perfecto —respondió él, recuperando la posición pero sin soltarle la mano.

El edificio empezó a recortarse en el horizonte, una estructura moderna que contrastaba con la "tartana" en la que viajaban, pero que ahora ya no le intimidaba. Con Marta a su lado, la reunión con Javier y el informático no se sentía como un trámite de negocios, sino como el primer paso de una aventura que estaban diseñando a su medida. Redujo la velocidad al ver la salida, preparándose para aparcar el Subaru frente al local 3 y empezar, de una vez por todas, con "lo otro".


Aparcaron el Subaru justo frente a la cristalera del local 3. El sol de la mañana se reflejaba con fuerza en el metal del coche, creando un contraste vibrante con el asfalto.

—Bueno, pues ya estamos aquí —dijo él, apagando el motor y dejando que el silencio llenara el habitáculo por un segundo.

—¿Entro contigo o prefieres que te espere por aquí? —preguntó Marta, mirándole con esa prudencia táctica que a veces mostraba.

—No, no, entra conmigo si quieres, por supuesto.

Bajaron del coche y, antes de que pudieran siquiera pulsar el timbre de la puerta acristalada, Javier apareció en el umbral con una sonrisa de oreja a oreja. Se le veía animado, con esa energía propia de quien tiene buenas noticias que contar.

—¡Muy buenas! —saludó Javier—. ¿Qué tal? Vaya día, ¿eh?

—Pues sí —respondió él, estrechándole la mano—, después de tanta lluvia un día de sol así se agradece. A ver si a la tarde nos da tiempo de mover un poco el esqueleto, que la vida son cuatro días.

—Jejeje —rió Javier, echándole un vistazo rápido a la complexión de él—. ¿Le pegas a la bici o qué?

—Bueno, se hace lo que se puede...

—¿Qué tal, Marta? —dijo Javier, acercándose para darle dos besos con confianza—. Dentro está Víctor. Ya le he dicho que nos preste un buen rato de su tiempo y está encantado de veros. Así que, si no os importa, ¿vamos entrando?

—Venga, vamos a ver esos cambios —asintió él con seguridad.

Al entrar, el local olía a oficina moderna: café, papel y ese ligero zumbido de los equipos informáticos. Marta se quedó un paso por detrás, moviéndose con una discreción elegante. No quería entorpecer, prefería observar el terreno antes de actuar, manteniendo esa posición de "observadora externa" que tan bien se le daba.

—Este es Víctor —presentó Javier a un chico joven sentado frente a una hilera de monitores.

—Encantado, Víctor —dijo él, extendiendo la mano con firmeza profesional.

—Encantada —añadió Marta con una sonrisa amable, saludando también al informático.

Él no perdió el tiempo y fue directo al grano, apoyándose en la mesa de trabajo:

—Bueno, ¿qué tal ha ido todo en estos últimos dos días? Decidme qué habéis cambiado y si habéis notado algo. Solo vuestra sensación; ahora hablaremos de números, pero quiero conocer vuestra opinión.

—Bien, creo que bien —empezó Javier, cruzándose de brazos con satisfacción—. Sin ser muy analítico, en dos días dudo que hayan subido las visitas, pero sí que las ventas son superiores. Parece que abandonan menos el carrito y ya no parece importarles que la preparación sea manual y tarde un día más. Tal como dijo Marta, dejamos claro con un texto y esa foto que la manipulación es artesanal, con un cuidado no mecanizado, y eso ha bastado para que cesen las quejas.

—Eso es un gran paso —afirmó él, asintiendo con la cabeza—. Si con el mismo esfuerzo aumentamos facturación, es la idea principal. No por mucho tráfico se vende más; lo que hay que hacer es dirigirse a quienes realmente tienen interés, y eso se trabaja.

—¿Qué más? —preguntó, buscando más detalles.

—Bueno, el proceso de compra es más ligero —intervino Víctor desde su silla—. Menos datos y ya no da el error aquel dichoso. Creemos que es el motivo de que no abandonen el carrito, aunque hemos notado incluso registros sin compra, algo que no entendemos muy bien.

—Bueno, eso es bueno y malo —analizó él rápidamente—. Bueno porque consigues su mail, y malo porque quizá haya un problema final que no les permite acabar. Eso lo veremos ahora. ¿Algo más?

—Por el momento no —concluyó Javier, mirando la pantalla con esperanza—. En tres días, para mí el cambio es mágico... sinceramente.


El silencio técnico que se había instalado en la sala fue interrumpido por la voz de Marta, que hasta ese momento parecía una espectadora más, absorta en los gráficos de las pantallas. Fue una pregunta lanzada casi de forma casual, como quien suelta una idea que le parece obvia, pero que aterrizó con el peso de una bomba en mitad de la oficina.

—¿Hacéis remarketing en carritos abandonados? —soltó ella, sin apenas darse cuenta de que acababa de romper su papel de observadora.

Javier y Víctor se quedaron congelados un segundo, mirando a Marta como si acabara de hablar en otro idioma. Él, por su parte, arqueó una ceja, girándose hacia ella con una mezcla de sorpresa y orgullo. "La diablesa vuelve al ataque", pensó divertido.

—¿Re-qué? —balbuceó Javier, rascándose la cabeza.

—Sí... —continuó ella, acercándose un paso más a la mesa de Víctor y señalando con el dedo el listado de registros sin compra—. Si decís que tenéis registros de gente que no llega a pagar, ¿no les mandáis un recordatorio? A lo mejor solo se han despistado, o el niño ha llorado, o se han quedado sin batería... Si les mandas un mail a las pocas horas con la foto de su carrito, vuelven. A mí me pasa todo el rato cuando miro ropa.

Víctor, el informático, empezó a teclear rápidamente, con las mejillas algo coloradas por no haber caído en algo tan básico de ventas.

—Pues... ahora mismo no tenemos configurado ningún flujo automático de correos para eso —admitió Víctor, mirando a su jefe—. Tenemos los datos, pero no los usamos.

—Ahí tienes tus registros sin compra —dijo él, señalando la pantalla con una sonrisa y mirando a Javier—. Marta acaba de dar en el clavo. Tienes clientes potenciales en la puerta de la tienda y no les estás invitando a entrar de nuevo. Con el cambio que ella propuso de la "manipulación manual", ya les has convencido de que tu producto es especial. Ahora solo tienes que darles el empujoncito final.

Marta se encogió de hombros, con esa naturalidad que tanto le desarmaba a él.

—No sé, me parecía lo lógico... si ya tienes su correo, es una pena perderlos, ¿no?

Javier miró a Marta como si acabara de descubrir una mina de oro.

—Víctor, apunta eso. "El empujoncito de Marta". Lo quiero funcionando para ayer.


Él asintió, tomando de nuevo el mando técnico de la conversación, pero lanzándole a Marta una mirada de reconocimiento. Sabía que ella tenía el instinto comercial que a muchos ingenieros les faltaba.

—Ojo, eso es una mina si se usa bien, pero no conviene abusar —advirtió él, señalando a Víctor—. Si bombardeas al cliente, el efecto es el contrario: generas rechazo.

—Exacto —secundó Marta, cruzándose de brazos y apoyándose ligeramente en el borde de una mesa vacía—. Más de una vez yo he acabado dándome de baja de algún e-commerce por pesados. Hay que ser sutil. Un recordatorio elegante, quizá un detalle, pero no tres correos al día.

—Anota, Víctor. "Sutileza" —ordenó Javier, que ya estaba visualizando cómo las gráficas de ventas seguían subiendo gracias a esos matices.

Víctor tecleaba a toda velocidad, integrando los conceptos en su hoja de ruta. El ambiente en la oficina había cambiado; ya no era una simple revisión de errores, se estaba convirtiendo en una sesión estratégica de alto nivel. Él se frotó las manos, colocándose frente al monitor principal donde se mostraban las analíticas de Google.

—Bien, el proceso de compra ya no se rompe y el mensaje de marca está claro —resumió él, volviendo al foco principal—. Pero para que esto crezca de verdad, necesitamos que entre más gente por la puerta. Hablemos de visitas. ¿Qué estáis haciendo ahora mismo para atraer tráfico?

Javier suspiró y miró a Víctor, que puso una cara de circunstancias.

—Pues... lo de siempre —admitió Javier—. Ponemos algún post en Instagram de vez en cuando, y tenemos algo de SEO orgánico porque llevamos tiempo, pero no tenemos una estrategia real. Vamos un poco a ciegas, según nos da el aire.

Él miró a Marta de reojo, sabiendo que en el mundo del que ella venía, la visibilidad lo era todo. Se quedó esperando a ver si "la diablesa" tenía alguna otra bala en la recámara antes de soltar él su propia propuesta técnica.


Lo que empezó como una revisión técnica se convirtió en una inmersión total. Marta no se conformó con ver gráficos en una pantalla; quería entender el alma del negocio, así que durante la siguiente hora, la reunión se trasladó del monitor al almacén y de vuelta a la interfaz de usuario.

—A ver, Javier, enséñame cómo recibes un pedido tú. Quiero ver qué es lo primero que siente el cliente cuando pulsa el botón de "comprar" —pidió Marta, moviéndose por el local con una curiosidad eléctrica.

Javier, encantado con el interés, la llevó a la zona de gestión. Durante esos sesenta minutos, el tiempo voló. Marta observaba cada paso del proceso de venta en primera persona: desde cómo entraba la notificación en el sistema hasta cómo Víctor imprimía las etiquetas.

—¿Y este es el packaging? —preguntó ella, cogiendo una de las cajas—. Si estamos diciendo que es "manual y artesano", quizá el precinto sea demasiado frío. ¿No habéis pensado en un sello de lacre o una simple cuerda de cáñamo? Algo que cuando lo reciban en casa digan: "Vaya, esto lo ha tocado una persona, no una máquina".

Él la miraba apoyado en el marco de la puerta, disfrutando del espectáculo. Ella estaba analizando la experiencia de usuario (UX) analógica mientras él se encargaba de la digital. Entre los dos estaban diseccionando el negocio de Javier con una precisión quirúrgica.

Mientras tanto, él aprovechaba para monitorizar con Víctor los tiempos de carga de la web.

—Víctor, mira este pico de latencia aquí. Si Marta quiere que la experiencia sea "artesana", la web tiene que volar. Lo artesano no es sinónimo de lento en internet —le explicaba él, señalando las líneas de código—. Tenemos que optimizar las imágenes de alta resolución que ella sugirió para que no lastren la carga en móviles.

Marta incluso se atrevió a simular una compra real desde su propio teléfono, cronometrando los pasos y comentando en voz alta sus sensaciones.

—Aquí, este formulario de envío... las letras son muy pequeñas. Me cuesta leerlo mientras camino, y mucha gente compra así, de camino a algún sitio.

La hora se pasó entre debates sobre tipografías, logística y costes de envío. Javier estaba asombrado; no solo tenía a un experto en sistemas optimizando sus servidores, sino a una mujer con un ojo clínico para el marketing y el detalle que estaba humanizando su marca minuto a minuto.

—Búa... me habéis volado la cabeza —dijo Javier finalmente, secándose el sudor de la frente tras la intensa sesión—. Nunca me habían cuestionado hasta el color del precinto de las cajas, pero ahora que lo dices, Marta, tiene todo el sentido del mundo.

Él miró el reloj y luego a ella. Estaban goteando ideas, y la sinergia entre su lógica técnica y la intuición estética de Marta era, sencillamente, imparable. "Lo otro" ya no era solo una posibilidad; era una maquinaria que acababa de arrancar con una potencia que ninguno de los dos esperaba.


Él se separó de la mesa de Víctor y se cruzó de brazos, barriendo la sala con una mirada que transmitía una autoridad técnica absoluta. El ambiente en el local había pasado de la incertidumbre a una electricidad puramente creativa.

—Bueno, como podéis ver, esto es solo la punta del iceberg —sentenció con voz firme pero cercana—. Estos son algunos de los cambios que os pueden sacar de donde estáis, pero evidentemente hay que ejecutarlos bien, con criterio y, sobre todo, seguir trabajando en ello y analizándolo cada semana. No sirve de nada encender el motor si no vas a dirigir el volante.

Hizo una breve pausa, mirando a Javier a los ojos para dejar clara la nueva situación.

—Tal como os dije, no me importaba haceros una auditoría gratuita, incluso aportar cosas que ya os están funcionando como hemos visto hoy... pero hasta aquí es hasta donde llega esa fase de cortesía. A partir de ahora, si queremos resultados reales, hay que profesionalizar esta colaboración.

Javier, que no era tonto y acababa de ver cómo en una hora le habían dado la vuelta al negocio, asintió con la cabeza sin dudarlo ni un segundo. Estaba convencido.

—Me parece perfecto —respondió Javier, levantándose y señalando hacia una mesa redonda al fondo del local—. Si os parece bien, nos sentamos ahora mismo y hablamos de contratos o de lo que me digáis. No quiero que se me escape este tren.

—Claro —contestó él, manteniendo la compostura profesional mientras sentía por dentro una descarga de adrenalina.

En ese momento, buscó la mirada de Marta. Ella le observaba con un orgullo inmenso, con un brillo en los ojos que decía mucho más que cualquier palabra de ánimo; estaba viendo al hombre capaz, seguro y brillante que ella ya sabía que era. Él le devolvió la mirada con la misma intensidad, reconociendo en silencio que sin sus apuntes sobre el lacre, el remarketing y la calidez humana, la reunión no habría tenido ni la mitad de fuerza.

Eran un tándem perfecto: la precisión del código y la intuición de la diablesa. Mientras caminaban hacia la mesa de reuniones, él sintió que no solo estaba cerrando un contrato para Javier, sino que estaba sentando las bases de algo mucho más grande entre ellos dos. "Lo otro" acababa de pasar de ser una fantasía a una estrategia de negocio real.


Javier se sentó, entrelazó las manos sobre la mesa y los miró con una mezcla de respeto y ansiedad positiva. El ambiente era el de las grandes ocasiones, ese momento en el que un pequeño negocio está a punto de saltar de nivel.

—Bueno, ¿qué me proponéis? —preguntó Javier yendo directo al grano.

Él miró a Marta un segundo, buscando su complicidad, y luego se dirigió a Javier con un tono honesto, alejado de la frialdad de las grandes consultoras.

—Mira, Javier, a mí me interesa que este proyecto vuele de verdad, no quiero asfixiarte con una factura fija que te haga sufrir cada mes —empezó diciendo—. Te propongo un modelo de "Crecimiento Compartido" o Win-Win. Algo flexible que evolucione con vosotros.

La Estrategia: "El Plan Despegue"

1. El Fee de Mantenimiento Ético (Suelo):

"Establecemos una cuota mensual mínima y muy reducida. Esto no es para ganar dinero yo, sino para cubrir las horas técnicas de Víctor y la supervisión de los sistemas para que la web nunca se caiga y sea segura. Es vuestro seguro de vida digital."

2. Variable por Éxito (Variable sobre Ventas):

"Aquí es donde nos la jugamos con vosotros. Establecemos una comisión pequeña sobre el incremento de las ventas que consigamos a partir de este mes. Si vosotros no vendéis más, yo no cobro más. Así nos aseguremos de que mi interés y el vuestro es exactamente el mismo: que el carrito no se abandone."

3. El Consejo Estratégico (La parte de Marta):

"Marta supervisará la imagen y la comunicación. Una vez al mes nos sentaremos aquí para revisar la 'experiencia de usuario'. Ella dirá si el packaging sigue siendo artesano o si la publicidad en redes se está volviendo pesada. Es la guardiana de vuestra marca."

4. Formación a Víctor:

"No quiero que seáis dependientes de mí para siempre. Mi objetivo es que Víctor aprenda a gestionar estas herramientas de análisis. Yo le audito y le enseño, para que a largo plazo el conocimiento se quede en tu casa."

—¿Qué te parece? —concluyó él—. Es un riesgo compartido. Si la estrategia que ha planteado Marta hoy sobre el remarketing y el toque artesano funciona, todos crecemos. Si un mes las cosas se estancan, tu estructura de costes no se resiente.

Marta asintió, añadiendo un matiz final:

—Y lo más importante, Javier: flexibilidad total. Si dentro de tres meses vemos que hay que cambiar el foco porque el mercado pide otra cosa, lo hacemos sin penalizaciones. Queremos ser vuestro equipo, no vuestros acreedores.

Javier les miraba asombrado. No era solo una propuesta barata; era una propuesta generosa y llena de sentido común. Se dio cuenta de que tenía delante a dos personas que, por alguna razón, creían en su proyecto casi tanto como él.

—¿Dónde hay que firmar? —dijo Javier con una sonrisa de alivio—. Me parece la propuesta más honesta que me han hecho en la vida.


Marta se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa con una seguridad que dejó a Javier hipnotizado. Sus palabras tenían ese peso de verdad que no se aprende en ninguna escuela de negocios.

—Mira, Javier, de nada sirve que te cobremos hoy 5.000€ y no nos quieras volver a ver el pelo... menuda fama nos ganaríamos —dijo ella con total franqueza—. Lo que queremos es que os vaya bien y que, si por alguna razón esto no funciona, este contrato nunca pueda ser el culpable. Esto es para mejorar, no para que sea un lastre.

Él se quedó mirándola, flitpando en colores. Sabía que ella era lista, pero esa capacidad de cerrar un trato apelando a la ética y a la tranquilidad del cliente era de otro nivel. Javier, por su parte, no necesitó escuchar ni una cifra más; cogió el bolígrafo y firmó el documento sin pensárselo dos veces, como quien encuentra agua en el desierto.

—Lo que sí pedimos es flexibilidad —añadió él, retomando el hilo para dejar las reglas del juego claras—. No hace falta que vengamos aquí todos los días... es decir, no lo malinterpretes, Javier. Dispongo de herramientas que puedo utilizar desde mi oficina y, ante cualquier cosa rara, haríamos una videollamada de inmediato. Si en algún momento hay que venir porque la situación lo requiere, se viene, pero la idea es que la tecnología trabaje por nosotros.

—Por supuesto —asintió Javier, guardando su copia del contrato como si fuera un tesoro—. Con que hagáis la mitad de lo que habéis hecho hoy en una hora, me doy por satisfecho. Me habéis dado una tranquilidad que no pagaba con dinero.

Se levantaron de la mesa con un apretón de manos triple. La reunión había sido un éxito rotundo. Mientras salían del local hacia el Subaru, él sentía que caminaba unos centímetros por encima del suelo. No era solo por el contrato; era por la forma en que Marta se había desenvuelto, por cómo habían encajado sus piezas y por la certeza de que, a partir de ese momento, ya no eran solo dos personas que se estaban conociendo: eran socios en la vida y, ahora también, en "lo otro".

Al llegar al coche, él se detuvo antes de abrir la puerta y la miró fijamente.

—Oye, diablesa... —le dijo en voz baja para que no les oyera nadie— eres increíble cerrando tratos. Me has dejado sin palabras.


Marta se apoyó contra la puerta del Subaru, jugueteando con las llaves y observándole con una mezcla de satisfacción y travesura. El sol de la tarde le daba de lleno en la cara, resaltando ese brillo de victoria en sus ojos.

—Bueno, he visto que ya estaba firmando, pero me ha apetecido decir eso para darle un toque más cercano. ¿No te parece? —comentó ella con una naturalidad pasmosa.

—Me parece genial... —respondió él, todavía asimilando la jugada maestra que ella acababa de hacer—. Ya verás cuando empecemos con lo otro... no va a haber quien nos pare.

En cuanto las palabras "lo otro" salieron de su boca, el ambiente cambió por completo. Se refería al proyecto de OnlyFans, la verdadera razón por la que sus mundos habían colisionado y que, entre el caos de la agencia y las reuniones con Javier, habían dejado en un segundo plano. Al recordarlo, y sobre todo al recordar la implicación de lo que eso significaba entre ellos, él se puso completamente rojo. La timidez, esa que Marta lograba desarmar a base de provocación, volvió a subirle por el cuello.

Marta se dio cuenta al instante. Se acercó un paso, invadiendo su espacio, y le lanzó una sonrisa pícara, de esas que prometían tormentas.

—No sabes las ganas que tengo de "lo otro" —le susurró, bajando el tono de voz para que solo él pudiera oírla—. Que, por cierto, esta mañana en la ducha me he quedado con las ganas...

Él resopló, abrumado por la franqueza de la diablesa, y soltó un sonido gutural intentando recuperar la compostura.

—¡Boh...! —soltó, imitando a la perfección el gesto de desdén cómico de su amigo Manuel, ese que usaban para cuando algo les superaba.

—¡Jajajajaja! —Marta estalló en una carcajada limpia, encantada con la reacción—. ¡Te invito a comer! ¿Te parece? Conozco un sitio guapísimo por aquí cerca.

—¡Me apetece muchísimo! —aceptó él, sintiendo que el hambre empezaba a aparecer ahora que la adrenalina del contrato se estaba calmando.

Se subieron al coche y, mientras ella arrancaba, él pensó que el día no podía haber salido mejor. Tenían un contrato firmado, una alianza indestructible y, sobre todo, una tarde por delante donde "lo otro" —en todos sus sentidos— empezaba a quemarles en las manos. El Subaru se alejó de la oficina de Javier, dejando atrás la seriedad de los negocios para adentrarse en el terreno donde ellos dos eran los únicos que ponían las reglas.


Marta no esperó a que él diera la vuelta al coche; se plantó directamente ante la puerta del conductor y extendió la mano con una sonrisa de "aquí mando yo".

—¡Venga, esas llaves! —le pidió con entusiasmo—. Espero que te guste el sitio.

—Seguro que sí —respondió él, entregándole el mando del Subaru y dejándose caer en el asiento del copiloto, disfrutando de que ella tomara la iniciativa.

Salieron de la zona industrial rozando las 13:00h, la hora mágica donde el estómago empieza a pedir guerra y la luz del sol se vuelve más intensa. Marta manejaba con soltura, alejándose del asfalto gris y las naves de hormigón para enfilar una carretera que serpenteaba hacia las afueras.

A medida que avanzaban, el paisaje empezó a mutar. El ruido del tráfico urbano fue sustituido por el silbido del viento entre las ventanillas y el verde empezó a ganarle la partida al cemento. Los edificios altos desaparecieron, dando paso a pinos densos, encinas y un aire mucho más fresco que se colaba por los aireadores del coche.

—Mira, la carretera sube por ahí, por ahí y por ahí... —señalaba ella con el dedo hacia lo alto de la loma—. Es muy bonita. Ya verás, cuando lleguemos arriba te va a sorprender mucho. Te va a parecer mentira que un sitio así esté tan cerca de la ciudad.

La vegetación se volvió más protagonista, envolviendo la carretera en un túnel de sombras y luces filtradas. El Subaru subía con alegría, devorando las curvas que se volvían cada vez más cerradas.

—Mira, este es el desvío —dijo Marta, girando el volante con precisión—. Subir por aquí en bici tiene que ser brutal... Eso sí, aquí hace falta buen desarrollo o estar muy en forma.

Él la miró de reojo, arqueando una ceja con sorpresa. No se esperaba ese comentario técnico sobre desarrollos de montaña.

—¿También le das a la bici? —preguntó curioso.

—Sí, tengo una no muy buena, aunque me gusta más correr... pero en la bici me defiendo.

—Pues mañana, si quieres, salimos a dar una vuelta... —propuso él, imaginándosela ya con la equipación y sintiendo que cada vez descubría una capa nueva y fascinante de la mujer que tenía al lado.

—Guay —respondió ella con sencillez, pero con un brillo de ilusión en la mirada.

Pocos minutos después, llegaron al destino. Se trataba de una casa antigua restaurada, una construcción de piedra y madera que conservaba toda la solera de antaño. Al entrar, el comedor los recibió con una cristalera enorme que se abría como un balcón hacia la montaña, ofreciendo unas vistas que quitaban el hipo. Fuera, cerca de un mirador natural, unas mesas de madera invitaban a quedarse a vivir allí.

—Marta... este sitio es una pasada —confesó él, quedándose prendado del lugar mientras ella aparcaba el Subaru en el pequeño claro frente a la entrada. La "diablesa" no solo sabía de marketing y duchas, también tenía un gusto impecable para los refugios de montaña.


Después de echar un vistazo al comedor principal, fascinados por la luz que entraba por la cristalera, Marta se quedó clavada en el sitio. Al fondo, cerca de la barra de madera maciza, una mujer de sonrisa amplia y movimientos ágiles estaba organizando unas copas.

​—¡No me lo puedo creer! ¡¿Cristina?! —exclamó Marta con una euforia que resonó en todo el salón.

​La otra mujer levantó la vista y, al reconocer a Marta, soltó un grito de alegría, dejando lo que estaba haciendo para correr a darle un abrazo de esos que quitan el aliento. Él se quedó un paso por detrás, observando la escena con una sonrisa, viendo cómo Marta irradiaba una energía puramente genuina.

​—¡Marta! ¡Qué fuerte! Pero bueno, ¿qué haces tú por aquí? —preguntó Cristina, mirándola de arriba abajo, encantada de verla.

​—¡Eso te pregunto yo a ti! —rio Marta, sin soltarle las manos—. No me digas que... ¿qué pasa, que trabajas aquí o qué?

​Cristina soltó una carcajada llena de orgullo y echó un vistazo rápido a la estructura de piedra de la casa.

​—Bueno... más o menos —respondió con un guiño.

​—¿Cómo que "más o menos"? —insistió Marta, extrañada.

​—Pues que estuve haciendo un trabajito en un sitio... que bueno, me fue muy bien, me pagaron una barbaridad y... ¡me compré esto! —confesó Cristina señalando el restaurante con un gesto circular—. Ahora trabajo aquí con mi chico, lo llevamos nosotros. Es nuestro proyecto.

​Marta se quedó con la boca abierta, mirando a su amiga y luego a la espectacular casa restaurada.

​—¡Tía! ¡Qué pasada! O sea, que eres la jefa... ¡Menudo sitio te has buscado! —Marta se giró hacia él, que escuchaba la historia impresionado—. Mira, ella es Cristina, una muy buena amiga. Cris, este es... bueno, un amigo muy especial.

​Cristina le lanzó a él una mirada de arriba abajo, cargada de esa curiosidad analítica que tienen las mejores amigas, y le tendió la mano con energía.

​—Encantada. Pues habéis venido al mejor sitio, os lo aseguro. Siéntate donde quieras, Marta, que hoy os voy a cuidar como si fuerais de la familia.

​Marta miró a Cristina con una mezcla de admiración y alegría. Saber que su amiga había logrado montar aquel refugio gracias a un buen golpe de suerte y mucho trabajo le pareció el mejor de los augurios para el día que estaban viviendo ellos.


Él no podía quitar la vista de los detalles. Se fijaba en el encaje de las vigas de madera, en el herraje de las ventanas y en cómo las enormes cristaleras integraban el bosque dentro del comedor. Marta, al verle tan fascinado y sabiendo que ahora había confianza total con la dueña, no lo dudó. Se acercó a Cristina con una sonrisa.

—Cris, este hombre está alucinando con el sitio. Se fija en todo, hasta en cómo están puestas las ventanas. ¿Te importaría enseñárnoslo un poco más a fondo ahora o cuando tengas un hueco? No queremos irnos de aquí sin verlo bien para las próximas veces.

—¡Pero por supuesto! —respondió Cristina encantada—. Ahora que todavía no ha empezado el lío de las comidas os hago un tour rápido. Venid por aquí.

Cristina los llevó por las diferentes estancias, mostrándoles la bodega excavada en la roca, la cocina de última generación y las habitaciones de la planta superior, que mantenían ese aire rústico pero con un lujo sutil. Él, que por su trabajo siempre tenía la mente puesta en la viabilidad y los procesos, no pudo evitar preguntar con curiosidad profesional.

—Es increíble, de verdad. Pero... ¿cuánto tiempo os ha costado levantar algo así? Me imagino que la inversión y el esfuerzo habrán sido titánicos. ¿Os va bien el negocio? —preguntó él, interesado de verdad en la historia de éxito de la amiga de Marta.

Cristina se detuvo en mitad de un pasillo, miró a su chico que pasaba por allí con unas cajas y luego se giró hacia ellos con total naturalidad.

—Pues mira, os voy a ser sincera porque Marta es como mi hermana —empezó diciendo Cristina—. El dinero para la entrada y la reforma gorda lo sacamos de una cuenta que abrimos mi chico y yo hace un par de años en una plataforma de contenido para adultos. Le dimos mucha caña, nos funcionó de locos y en un año y medio ahorramos lo suficiente para comprar esta casa y cumplir nuestro sueño de tener el restaurante.

En ese momento, el tiempo pareció detenerse. Marta y él se cruzaron una mirada fulminante, un relámpago de sorpresa y revelación. Era como si el destino les estuviera enviando un mensaje directo a la cara.

—¿Una plataforma de contenido para adultos? —consiguió decir él, intentando que no se le notara demasiado el impacto—. ¿Y... eso cómo es? O sea, ¿cómo funciona exactamente eso para que dé para comprar... todo esto?

Él y Marta estaban petrificados, escuchando a Cristina hablar con naturalidad de lo que ellos mismos tenían en mente como "lo otro". La "diablesa" y el informático acababan de encontrar, de la forma más inesperada, la prueba viviente de que su plan no era ninguna locura.


Marta, haciendo gala de su instinto de "periodista" improvisada, se acercó un poco más a su amiga, con los ojos brillando de una mezcla de alegría genuina y una curiosidad que empezaba a quemar.

—¡Jolín, Cris! Pues me alegro un montón de que os vaya tan bien —dijo Marta con sinceridad, recordándolo todo—. Recuerdo que hace como cinco o seis años estuvisteis bastante mal y no podíais... de verdad, me alegro mogollón por vosotros.

Pero la cabeza de Marta iba a mil por hora, conectando puntos a una velocidad que él apenas podía seguir. No podía quedarse con la duda técnica, especialmente ahora que "lo otro" estaba sobre su propia mesa.

—¿Pero seguís haciendo vídeos y esas cosas? —le lanzó la pregunta con naturalidad, pero con la antena puesta—. ¿O ahora ya solo os dedicáis al restaurante?

Cristina soltó una carcajada limpia y cómplice, intercambiando una mirada rápida con su chico, que andaba cerca.

—¡Sí, sí, por supuesto! De vez en cuando seguimos —respondió Cristina sin ningún tipo de complejo—. Como es una cosa que tampoco nos quita mucho tiempo, grabamos algo. Es algo que nos encanta hacer, nos divierte, y si encima le podemos sacar partido económico... pues mejor que mejor, ¿no crees? —añadió guiñándole un ojo a Marta.

Él escuchaba la conversación intentando procesar que lo que para ellos era un "secreto" lleno de nervios, para esta pareja era la base de su libertad y un juego divertido.

—¿Y tú, tía? ¿Qué tal te va? —le preguntó Cristina, devolviéndole el interés—. ¿Todavía sigues de modelo? Me imagino que sí, porque estás espectacular, como siempre.

Marta se quedó un segundo en silencio, mirando de reojo a su acompañante. La pregunta de Cristina le daba la oportunidad perfecta para soltar la bomba o para seguir manteniendo el misterio un poco más, mientras la idea de ese "negocio familiar" que acababan de descubrir les rondaba con más fuerza que nunca.


Marta tomó aire, intentando mantener la compostura profesional mientras sentía el peso de la mirada de él a su espalda.

—Bueno, lo de modelo es algo que he dejado recientemente —explicó ella, restándole importancia con un gesto—. Ahora estoy con otras cosas. Estamos metidos en temas de marketing y estrategia, que es lo que siempre me gustó. De hecho, con él estamos iniciando cosas bastante chulas. Hoy venimos a celebrar que acabamos de cerrar un acuerdo con una empresa pequeñita tras una auditoría que les hicimos la semana pasada. Les han flipado los cambios y nos han contratado.

Cristina escuchaba entusiasmada, pero su radar de amiga estaba pitando con fuerza. En un momento en que él se alejó apenas unos metros para admirar de cerca el herraje de una de las puertas de la bodega, Cristina aprovechó para acorralar a Marta con un susurro cómplice.

—Tía... ¡Menudo bombón! ¿De dónde lo has sacado? —soltó Cristina con los ojos como platos—. ¿Es de la agencia de modelos o qué? Porque menuda percha tiene, parece sacado de un catálogo. Y encima, por lo poquito que he hablado con él, se le ve súper simpático.

Marta se puso roja como un tomate y empezó a titubear, intentando recomponer su fachada de "mujer de negocios".

—¡Qué dices, Cris! No, no... no es mi novio, ni somos pareja ni nada de eso —negó tajantemente, aunque la voz le temblaba un poco—. De verdad, es un compañero de trabajo. Nos estamos conociendo, sí, pero básicamente porque estamos montando proyectos juntos. Solo hace tres o cuatro días que nos conocemos...

Cristina soltó una carcajada bajita, cruzándose de brazos mientras observaba cómo Marta no podía evitar buscar a su "compañero" con la mirada cada dos segundos.

—¿Tres o cuatro días? ¿Y me quieres vender la moto de que es solo "curro"? —Cristina la miró con esa sabiduría de quien ha visto muchas historias empezar—. Marta, ya sabes que yo no te he visto con muchos chicos en todos estos años, pero este se lleva la bandera. No me lo has sacado de la agencia porque se le ve... no sé, más real. Pero tiene una planta que no es normal.

—Que no, de verdad, Cris, que hemos venido a celebrar lo del contrato y poco más... —insistió Marta, aunque sus ojos decían todo lo contrario.

Cristina le dio un toquecito afectuoso en el hombro y soltó la frase definitiva antes de que él volviera con ellos:

—Escúchame una cosa: si es solo un compañero de trabajo, deja de mirarle así, que le vas a derretir antes de que traigan el primer plato. Tienes un brillo en los ojos que no te lo he visto en la vida, chata.

Marta bajó la cabeza, sonriendo para sus adentros, dándose cuenta de que por mucho que intentara esconderlo tras contratos y estrategias de marketing, lo que sentía cada vez que él la miraba de reojo en el Subaru era imposible de ocultar a plena luz del día.


Cristina los guiaba hacia el centro del comedor, pero él se detuvo un segundo frente a la cristalera, observando cómo la luz del sol bañaba las mesas del mirador exterior. El aire de la montaña se veía tan limpio que casi se podía sentir desde dentro.

Se giró hacia Marta con esa suavidad que empezaba a ser su sello personal, rozándole apenas el brazo para captar su atención.

—Marta, ¿prefieres dentro o fuera? —le preguntó con una sonrisa genuina—. Es que estoy viendo que hace un día de la leche y, con estas vistas, igual se está de lujo ahí fuera, ¿no crees?

Marta se quedó un momento embobada con el tono de su voz, asintiendo casi sin pensar. En ese preciso instante, aprovechando que él se había girado un segundo para señalar la mesa exterior, Cristina aprovechó el ángulo muerto.

La dueña del restaurante se pegó a Marta y le soltó un codazo cómplice en las costillas, por debajo, con una fuerza que casi le saca el aire.

—Madre mía... "compañeros de trabajo" —le susurró Cristina al oído con una mezcla de envidia sana y guasa—. Me habla mi novio a mí con esa dulzura y esa cara, y te juro que me lo tiro aquí mismo, encima de la cubertería.

Marta estuvo a punto de soltar una carcajada del revuelo que le entró, pero se mordió el labio inferior, sintiendo cómo el calor le subía de nuevo a las mejillas. Intentó poner cara de "no es para tanto", pero el brillo de sus ojos la delataba por completo.

—Fuera, entonces. Está decidido —dijo él, ajeno al comentario subido de tono de Cristina, mientras empezaba a caminar hacia la terraza con ese porte que, efectivamente, no parecía de este mundo.

Marta le siguió, sintiendo el pinchazo del codazo de su amiga todavía en el costado y las palabras de Cristina retumbando en su cabeza. Miró la espalda de él, su forma de caminar y cómo la esperaba sujetando la puerta para que ella pasara primero, y pensó que, por una vez, su amiga no exageraba absolutamente nada. Aquella comida iba a ser de todo menos "profesional".


Se sentaron en la mesa del mirador, rodeados por el aire puro y el rumor de los pinos. Él, después de acomodarse y admirar el horizonte, cerró la carta sin siquiera abrirla y miró a Marta.

—Marta, ¿te apetece que nos sirva Cris lo que ella nos recomiende? —propuso con total confianza—. Nadie mejor que ella sabrá qué es lo que más brilla hoy en la cocina. Pero vamos, lo que tú quieras, ¿eh?

—Por mí perfecto —respondió ella, relajándose en la silla—. Me fío de ella a ciegas.

Cristina, que se había acercado con una botella de vino blanco bien fría, empezó a descorcharla mientras no perdía detalle de la escena. Estaba exultante. Ver a Marta allí, después de tantos años de conocerla, le producía una satisfacción enorme. Cris recordaba perfectamente a los anteriores: chicos que quizá eran "guapos de manual" pero vacíos, o auténticos gilipollas que no sabían tratarla.

Marta siempre había sido una mujer de armas tomar, pero Cristina sabía que, tras esa fachada, a veces le costaba encontrar a alguien que la viera de verdad. Y ahora, viendo cómo él la miraba —con una mezcla de admiración profunda, respeto y esa chispa de ternura que no se puede fingir—, Cristina no podía evitar chincharla cada vez que se acercaba a dejar el pan o las copas.

—Hija, Marta, de verdad... —soltó Cris mientras servía el vino, bajando un poco la voz pero con una sonrisa maliciosa—. Es que te veo una cara que no te la conocía. Estás radiante, no sé si es el aire de la montaña o qué, pero te ha cambiado hasta el tono de voz.

Marta le lanzaba miradas de "cállate ya", pero Cristina estaba en su salsa. Ella era una mujer directa, de las que no se andan con rodeos; por algo había montado aquel canal de contenido para adultos con su novio: porque le iba la marcha, porque era lanzada y porque vivía su sexualidad con una libertad absoluta.

—Os voy a traer unos entrantes que os van a volver locos —continuó Cristina, guiñándole un ojo a Marta—. Porque aquí, lo que importa es que disfrutéis... en todos los sentidos. Ya sabes que yo soy de las que piensa que, si algo está bueno, hay que aprovecharlo hasta que no quede nada en el plato.

Cada vez que Cristina se alejaba hacia la cocina, le soltaba a Marta algún comentario rápido al oído como: "Este sí, tía, este te mira como si fueras lo más valioso del restaurante, y no hablo solo del físico".

Él, ajeno a los detalles exactos pero captando el buen rollo, reía con las ocurrencias de la dueña. Cristina estaba feliz porque veía que, por fin, Marta no estaba con alguien que solo quería "ficharla" para una noche, sino con un hombre capaz de dibujarle esa sonrisa constante. Eso sí, la picardía de Cristina no descansaba:

—Disfrutad del vino... y de la compañía —soltó Cristina antes de retirarse de nuevo—. Que con este sol y estas vistas, se calientan hasta las piedras.

Marta se tapó la cara con las manos, riendo bajito, mientras él brindaba con ella, ajeno a que acababan de recibir la "bendición" de la persona que mejor conocía el historial sentimental de la diablesa.


Él tomó un sorbo de vino, observando cómo Cristina se alejaba hacia la cocina con ese contoneo lleno de energía. No necesitaba ser un genio de la informática para leer entre líneas; el lenguaje corporal de la dueña del restaurante era un libro abierto.

—Esta Cris tiene un peligro... —soltó él con una sonrisa ladeada, dejando la copa sobre el mantel.

—Calla, calla... Me está dando la comida —contestó Marta, escondiendo media cara tras su copa de vino, todavía ruborizada por el último comentario de su amiga.

—Jajaja —rio él, disfrutando genuinamente del momento—. Se la ve con chispa.

—Ha sido siempre muy graciosita y lanzada... —explicó Marta, tratando de normalizar la situación—. A veces no tiene filtro, ya la has visto.

—Ya veo, ya... jeje. Tiene esa energía de la gente que no se guarda nada.

Marta asintió, mirando hacia el bosque por un momento.

—Cada dos por tres la veías con uno... es de las que vive a tope.

—Bueno, cada uno es libre —respondió él con una naturalidad que desarmó a Marta—. Pero se le ve buena tía. Se nota que te quiere un montón y que está feliz de verte aquí.

—Ya... —murmuró Marta, relajándose al ver que él no se sentía incómodo—. Pero la has calado a la primera, ¿eh? Jeje.

Él se encogió de hombros con elegancia. Lo cierto es que le daba igual cuántas personas hubieran pasado por la vida de Cristina, o incluso por la de Marta. Él no era de los que hurgaban en el pasado; le parecía una falta de respeto total a la privacidad y, sobre todo, sentía que no tenía por qué medirse con nadie. Para él, el marcador estaba a cero y lo único que importaba era la mujer que tenía sentada enfrente, la brisa de la montaña y ese proyecto "artesano" que estaban empezando a construir juntos.

—Lo que importa es el ahora, Marta —dijo él, cortando cualquier asomo de inseguridad en ella—. Y ahora mismo, estamos en el mejor sitio posible, con la mejor compañía posible. El resto es ruido.

Marta le miró con una ternura renovada. Le encantaba esa seguridad tranquila, esa falta de toxicidad que lo hacía tan diferente a todo lo que había conocido. Sin decir nada, estiró la mano sobre la mesa y rozó sus dedos con los de él, justo cuando Cristina aparecía de nuevo con el primer entrante y una mirada de "os he pillado".


Cristina llegó a la mesa con una tabla de quesos de la zona y unas croquetas que humeaban, dejando un aroma irresistible. Al dejar el plato frente a ellos, rozó el hombro de Marta y, mirando fijamente a él, soltó otra de las suyas con esa media sonrisa cargada de intención.

—Oye, de verdad... si necesitáis subir a alguna de las habitaciones después del postre para "echar la siesta", solo tenéis que pedírmelo, ¿eh? Que aquí el silencio de la montaña ayuda mucho a... concentrarse.

Marta estuvo a punto de atragantarse con el vino. Se puso de todos los colores posibles, mirando al suelo mientras intentaba que la tierra la tragara. Él, sin embargo, no perdió la calma. Con una sonrisa tranquila, esperó a que Cristina terminara de colocar los cubiertos y, cuando ella se inclinó un poco más cerca de él, aprovechó para susurrarle al oído, con un tono suave pero firme que irradiaba una seguridad absoluta.

—Me encanta tu energía, de verdad... pero estás incomodando a Marta.

Cristina se quedó congelada un segundo, procesando la frase. No se esperaba esa respuesta directa, sin rodeos, pero dicha con una clase que no permitía ninguna réplica. De repente, soltó una carcajada limpia y asintió con la cabeza, dándole una palmadita de aprobación en el hombro. Lo había captado perfectamente: este chico no solo era un "bombón", sino que además sabía proteger el espacio de su amiga.

—¿Qué le has dicho? —preguntó Marta en cuanto Cristina se alejó un par de pasos, todavía algo tensa.

—Nada, que está todo espectacular... —respondió él, volviendo a su tono normal y pinchando una croqueta.

—Pues sí, está muy bueno todo... la comida digo —añadió Marta, intentando recuperar el hilo de la conversación, aunque todavía sospechaba algo.

Él la miró a los ojos, dejando escapar una pequeña sonrisa cómplice. Sabía que con Marta no valía de nada ocultarle las cosas, y menos después de la confianza que estaban construyendo.

—No, en realidad le he dicho que levante un poco el acelerador —confesó él con naturalidad—. Estaba pasándose de frenada y no quiero que estés incómoda. Hemos venido a disfrutar, no a que te ponga en un compromiso cada vez que trae un plato.

Marta se quedó muda un instante, sintiendo una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con el sol. Le encantaba que él tuviera esa capacidad de poner límites sin perder la educación, y sobre todo, que su prioridad fuera que ella se sintiera a gusto.

—Gracias —susurró ella, relajando los hombros por fin—. A veces se le olvida que no todo el mundo va a su ritmo.

—No te preocupes —concluyó él, brindando de nuevo con ella—. Ahora, a comer, que esto tiene una pinta increíble.


Cristina regresó a la mesa unos minutos más tarde, esta vez portando una bandeja con un pulpo a la brasa que olía a gloria y un par de platos de barro humeantes. Su lenguaje corporal había cambiado ligeramente; seguía manteniendo esa chispa eléctrica en los ojos, pero su actitud era mucho más comedida y profesional, aunque sin perder la calidez que la caracterizaba.

Al dejar el plato frente a Marta, le puso una mano suave sobre el hombro y, por primera vez en toda la comida, la miró con una calma sincera, sin rastro de burla.

—Marta, tía, perdóname si me he pasado de lista —le dijo en un tono lo suficientemente bajo para que fuera algo íntimo entre ellas—. Ya sabes cómo soy, que a veces me emociono y se me va la fuerza por la boca. Lo último que quería era que estuvieras incómoda aquí, en mi casa.

Marta levantó la vista, sorprendida por el cambio de registro de su amiga. Vio en la mirada de Cristina una disculpa honesta y un cariño profundo.

—No pasa nada, Cris... si ya te conozco —respondió Marta con una sonrisa de alivio, sintiendo cómo la tensión que le subía por el cuello terminaba de evaporarse.

Cristina se giró entonces hacia él y le dedicó un pequeño gesto de asentimiento, como reconociendo el "toque" que le había dado antes.

—Tienes un buen guardaespaldas aquí, ¿eh? —añadió Cristina con un guiño rápido, pero esta vez de forma suave, sin presionar—. Venga, disfrutad de este pulpo, que es la joya de la corona. Os dejo tranquilos, que la montaña hoy está para escucharla a ella.

Se retiró con una elegancia que demostraba por qué el restaurante funcionaba tan bien. Él, por su parte, cortó un trozo del pulpo y se lo ofreció a Marta con el tenedor, celebrando en silencio el nuevo ambiente de paz que se había instalado en la terraza.

—Ves... si en el fondo es un trozo de pan —comentó él con una sonrisa—. Ahora sí que vamos a disfrutar del festín como nos merecemos.

Marta probó el bocado, cerrando los ojos. El sabor era increíble, pero la sensación de sentirse protegida y comprendida por el hombre que tenía sentado delante sabía mucho mejor que cualquier plato de cinco tenedores. Aquella "auditoría" de su amiga Cris había servido, irónicamente, para que ella se diera cuenta de que él no solo era bueno con los números y la tecnología, sino que tenía un instinto protector que la desarmaba por completo.



El sol de la tarde empezó a caer con una luz más dorada y pesada, bañando la terraza con una paz absoluta. El goteo de clientes fue cesando y, para las 14:30h, el bullicio de los cubiertos y las risas de otras mesas habían desaparecido. El restaurante se quedó en ese silencio acogedor que solo interrumpía el viento entre los pinos y el sonido de la cocina recogiendo.

Cristina se acercó a la mesa, ya sin el delantal, con una actitud mucho más relajada.

—Oye, ya que estamos en familia... ¿os apetece tomar el café con nosotros? —propuso señalando una mesa redonda en el rincón del mirador donde un chico alto y de aspecto atlético terminaba de organizar unas facturas—. Rafa se muere por conoceros.

—Por mí, sin problema —dijo él, mirando a Marta para ver si le apetecía.

—Vale, sí, claro —asintió ella, con curiosidad por conocer al "socio" de su amiga.

Se levantaron y se acercaron a la mesa. Cristina, con las palabras de él todavía grabadas a fuego para no meter la pata, hizo las presentaciones con un cuidado casi milimétrico.

—Rafa, mira —empezó Cristina—, esta es Marta, mi amiga modelo de la que te he hablado alguna vez. Y este es su... —Marta y él se pusieron tensos al instante, esperando el "patinazo", pero Cristina se contuvo— ...compañero de trabajo. Hacen marketing.

Rafa se levantó con una agilidad eléctrica. Tenía ese aire de hombre que no conoce la timidez, con una sonrisa blanca y una mirada que escaneaba todo con rapidez. Al ver a Marta, sus ojos se iluminaron con una intensidad descarada.

—¡Hombre! Encantado de conocerte al fin, preciosa —soltó Rafa, dándole dos besos a Marta con una confianza que rozaba el límite de lo permitido—. Cris se quedaba corta, la verdad. Menuda suerte tienes, compañero —añadió dándole una palmada en el hombro a él, sin soltar la sonrisa.

Rafa era el típico lanzado, el tipo de hombre que vive al mismo ritmo acelerado que Cristina. Se sentaron los cuatro y Rafa, sin perder un segundo, sacó un paquete de tabaco y lo ofreció.

—¿Café solo, con hielo? —preguntó Rafa mientras llamaba a un camarero con un gesto enérgico—. Aquí se está de lujo ahora que se han ido todos. Contadme, ¿qué tal ese marketing? ¿Es lo que os ha traído hasta aquí hoy o simplemente habéis venido a que mi chica os dé de comer como Dios manda?

Él observaba a Rafa con curiosidad. Veía en él ese punto de audacia necesario para montar el tipo de negocio que Cristina le había confesado en el pasillo. Mientras tanto, Marta intentaba digerir el "preciosa" de Rafa, sintiendo que, aunque la pareja era de armas tomar, el ambiente era tan auténtico que resultaba imposible no contagiarse de su energía. El café estaba servido y la conversación, ahora sí, prometía entrar en terrenos mucho más interesantes.


La atmósfera en la mesa cambió. Ya no eran cliente y dueña, sino cuatro personas compartiendo una sobremesa en la intimidad de una montaña que parecía pertenecerles solo a ellos. El café llegó humeante, pero el ambiente estaba más cargado por la energía de Rafa que por la cafeína.

Él observaba a Rafa con calma. Reconocía ese tipo de perfil: el hombre de acción, directo, sin filtros, el complemento perfecto para la intensidad de Cristina.

—Pues ha sido un poco de todo, Rafa —respondió él con naturalidad, cruzándose de brazos y recostándose en la silla—. Hemos cerrado un contrato por la mañana y Marta ha tenido la genial idea de traerme aquí para celebrarlo. No se ha equivocado con el sitio.

—¡Ya te digo que no! —exclamó Rafa, echando el humo del cigarrillo hacia un lado y volviendo a clavar sus ojos en Marta—. Escucha, preciosa, Cris me había hablado de ti, pero no me había dicho que eras la que ponía el orden en el equipo. Me gusta la gente con iniciativa.

Marta sonrió de forma algo forzada, agradeciendo el cumplido pero sintiendo el "marcaje" descarado de Rafa. Él, por su parte, intervino con un tono relajado, quitándole peso a la intensidad del anfitrión:

—Bueno, en realidad nos equilibramos bien. Ella pone la visión estratégica y yo me peleo con los números y la tecnología. Un tándem de marketing moderno, ya sabes.

Rafa soltó una carcajada y le dio un trago largo a su café.

—Marketing, ya... —dijo Rafa, bajando un poco el tono y lanzando una mirada cómplice a Cristina—. Nosotros también sabemos algo de eso. Al final, todo es saber venderse y crear deseo, ¿no? Da igual que vendas comida, una marca de ropa o... bueno, contenido más personal.

Rafa se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa, y miró a los dos con una expresión más seria pero vibrante.

—Cris me ha dicho que habéis estado viendo la casa. ¿Os ha contado de dónde salió la pasta para este capricho? —preguntó Rafa sin ningún tipo de pudor.

Marta y él asintieron casi al unísono.

—Sí, nos lo ha comentado —dijo él—. La verdad es que es impresionante lo que habéis levantado en tan poco tiempo.

—Pues no os lo penséis mucho si tenéis algo en mente —soltó Rafa, volviendo a mirar a Marta con ese descaro simpático—. Porque con la percha que tienes tú, preciosa, y la cabeza que parece tener tu "compañero" aquí presente... podríais compraros tres casas como esta en un par de años si os lo proponéis. Nosotros empezamos por probar, y mira... ahora somos los reyes de la montaña.

Marta sintió que el corazón le daba un vuelco. Era la primera vez que alguien externo, y que además tenía éxito en ello, les validaba la idea de "lo otro" con tanta contundencia. Miró a él de reojo y vio que él también estaba procesando las palabras de Rafa. La tarde ya no solo olía a café y pino, olía a una oportunidad que estaba gritando sus nombres desde el mirador.


Se sentaron con los cafés, y mientras Rafa no dejaba de lanzarle piropos a Marta, de repente se quedó en silencio, con la taza a medio camino de la boca, mirando fijamente a él. Entornó los ojos, analizando cada rasgo de su cara.

—Oye... a ti te conozco yo de algo. Me suenas un montón —soltó Rafa, frunciendo el ceño.

—¿A mí? —respondió él, extrañado, buscando en su memoria sin éxito.

—¡Joder, ya sé quién eres! —exclamó Rafa dándose un palmetazo en el muslo—. Un día bajando Lagos de Covadonga... tú ibas para arriba como un puto misil y me viste en la cuneta peleándome con la puta cadena.

—No caigo, la verdad... —dijo él, tratando de recordar entre tantos kilómetros de asfalto.

—¡Que sí! Paraste y me la pusiste en cinco segundos. Iba yo negro de grasa y de mala leche.

—¡Hostia, sí! Ya me acuerdo —soltó él rompiendo a reír—. Se te oía cagarte en Dios desde tres curvas más abajo, ¡jajaja!

Cristina, que escuchaba con los ojos como platos, intervino de golpe señalando a su chico:

—¿Este fue el de la cadena? ¿El que me contaste?

—Este fue... —confirmó Rafa, mirando a su amigo con un respeto renovado—. Me salvó la bajada.

—Vamos... paso yo por allí con la mala hostia que llevabas y ni te saludo —bromeó Cristina, dándole un empujón cariñoso a Rafa.

Marta observaba la escena en silencio, con una media sonrisa que le iluminaba la cara. Le encantaba lo que estaba pasando. Confirmaba lo que ya sospechaba: él no estaba simulando ser alguien que no era durante estos días para impresionarla. Él era así. Un tío que, aunque fuera "como un misil", era capaz de frenar para ensuciarse las manos por un desconocido.

—Bueno, se portó bien —dijo él, restándole importancia con un gesto—. Con la mala hostia que calzaba me daba cosa parar, pero sé que si bajas así y se te mete la cadena en la rueda o se te atasca en los piñones, el hostión es épico. Fue amable y me dejó ayudarle, que ya he tenido que mandar a la mierda a alguno que ni se deja ayudar... Pero como soy gilipollas, pues siempre intento echar una mano, o al menos preguntar. No cuesta nada.

Marta le dio un apretón suave en la pierna por debajo de la mesa, un gesto que solo él sintió. Esa mezcla de humildad, competencia técnica y buen fondo la tenía completamente ganada. Rafa, por su parte, ya le servía el café como si fueran amigos de toda la vida.

—De gilipollas nada, tío. Eres un grande —sentenció Rafa—. Pídete lo que quieras, que después de lo de la cadena y de traerme a esta preciosidad aquí hoy, esta ronda y la que haga falta corre por mi cuenta.


Él hizo un gesto con la mano, restándole importancia al asunto con una calma que contrastaba con la hiperactividad de Rafa.

—De verdad, Rafa, no hace falta. Te lo agradezco, pero no tiene mayor importancia. Me pilló de paso y ya está —dijo él, intentando cerrar el tema de la gratitud.

Pero Rafa no era de los que aceptaban un "no" por respuesta, y menos cuando su impulsividad estaba a flor de piel. Se giró hacia Marta, barriéndola de nuevo con una mirada que derrochaba descaro.

—¡Qué humilde el tío! Escucha, preciosa, no solo tienes a un fuera de serie al lado, sino que encima es un santo. Porque mira que hay que tener paciencia para aguantarme a mí con un cable cruzado —soltó Rafa, dándole un trago a su café—. Venga, una ronda de chupitos para esta pareja de... "compañeros". ¡Hostia, el tío! Que es que todavía no me lo creo, qué pequeño es el mundo.

Rafa se puso en pie un segundo, haciendo señas a la barra con autoridad de jefe.

—Te tengo que agradecer de alguna manera lo de Lagos, tío, en serio. Déjame invitarte a la comida de hoy. ¡Invita la casa, coño! La amiga macizorra de Cris y el tío de Lagos... es que es una combinación de locos. Te lo juro que me quedé con tu cara por aquel gesto. La mala hostia me nublaba el juicio y seguramente ni te lo agradecí como es debido con los juramentos que soltaba.

Él soltó una carcajada, recordando perfectamente la escena del hombre sudado y enfurecido en la cuneta.

—Si me dijiste gracias, tranquilo... —le soltó él con un brillo de guasa en los ojos—. Eso sí, me jodiste el PR (récord personal) de la subida a Lagos, pero bueno. Ya volveré otro día a por el tiempo, jajaja.

Rafa soltó una carcajada de las que retumban en todo el salón vacío, señalándole con el dedo mientras miraba a Cristina y a Marta.

—¿Lo veis? ¡Qué hijoputa! —rio Rafa—. ¡Subía el tío silbando! Yo estaba allí muriéndome, con los pulmones en la mano, y este pasaba para arriba como si fuera en moto. Y encima tiene el detalle de parar.

Marta le miraba fascinada, apoyando la barbilla en la mano. Le encantaba confirmar que su "compañero" no era un personaje impostado para conquistarla; era el mismo tío íntegro y resolutivo tanto si estaba en una reunión de marketing como si estaba subiendo un puerto de montaña.

Cristina, mientras tanto, ya estaba preparando los chupitos en la mesa, disfrutando de ver cómo la energía de Rafa y la presencia de aquel "misil" de la carretera habían convertido una comida tensa en una celebración de las que hacen época.

—Bueno, si vas a invitar tú, Rafa —dijo ella guiñándole un ojo a su amiga—, entonces que sean de los caros, que Marta se merece lo mejor y este "mecánico de emergencia" también.


La sobremesa se estaba volviendo espesa. Rafa era de esa clase de hombres que agotan por saturación: necesitaba ser el centro de atención, hablaba a gritos y su filtro de respeto brillaba por su ausencia. Él, que prefería observar y analizar antes de intervenir, empezaba a sentir un agobio real. Le cansaba la gente que reclamaba protagonismo constante y, sobre todo, le estaba empezando a hervir la sangre con el tono que Rafa usaba con Marta.

Rafa, ajeno al clima que estaba creando, volvió a la carga inclinándose hacia Marta con una mirada que pretendía ser seductora pero resultaba burda.

—Es que estás muy buena, coño —soltó Rafa con un bufido, para luego girarse hacia él con una carcajada de barra de bar—. Bua, tú debes de llevar los huevos ya a punto de reventar, ¿eh? Tengo yo una compañera así y...

—¿Y tú qué sabes? —le cortó Marta en seco. Su paciencia, aunque curtida por años de modelaje, había llegado al límite.

Cristina, que veía que la situación se les escapaba de las manos, intervino con un tono de advertencia:

—Y, y, ¡y qué! Te estás pasando, Rafa. Corta un poco.

Él no sabía dónde meterse. Evitaba mirar a Rafa para no soltarle una frescura y buscó la mirada de Marta. Sus ojos decían: "Igual deberíamos irnos ya". No era por timidez, era puro hastío.

Marta, al ver que él estaba realmente molesto por el comentario de los "huevos a punto de reventar", decidió que le daba igual lo que su amiga pensara sobre si eran pareja o no. Solo quería poner a Rafa en su sitio y aliviar la presión sobre su acompañante.

—Mira, Rafa, igual a él le resulto algo más que una fachada —dijo Marta, clavando sus ojos en él para darle seguridad—. Por mucho que estés de coña, ese comentario está fuera de lugar. No necesito tanto piropo barato, de verdad. Guárdatelos para Cris o no te esfuerces tanto conmigo.

Él, al ver que Marta había dado el paso de defender no solo su posición, sino también el respeto mutuo, decidió rematar la faena con su habitual calma técnica, obviando por completo la ordinariez de Rafa.

—¿Te suele pasar mucho a ti eso o qué? —le preguntó él a Rafa, con una voz tranquila que sonaba mucho más contundente que los gritos del otro—. Yo no solo me fijo en si la fachada es bonita. Lo que me importa es que las vigas sean de acero. Si la estructura no aguanta, la estética no sirve de nada.

Se hizo un silencio gélido en la mesa. Fue un golpe seco de autoridad y elegancia.

—Eso es un piropo en condiciones —sentenció Cristina, mirando a su chico con una mezcla de decepción y envidia—. Y eso lo dice sobre una "compañera".

—No hay que ser mucho más para saber cómo es una persona —continuó él, manteniendo la mirada fija en Rafa sin parpadear—. Solo hay que rascar un pelín. Si te quedas en la superficie, te pierdes lo importante.

Cristina miraba a Rafa como si fuera un niño pequeño que acaba de romper un jarrón, con una cara que decía claramente: "Ni en dos vidas me dices tú algo similar a mí". Rafa, por primera vez en toda la tarde, se quedó cortado, sin saber muy bien cómo reaccionar ante un hombre que le acababa de dar una lección de clase sin levantar la voz.


Marta aprovechó el silencio que siguió a la lección de elegancia de él para cerrar el capítulo con determinación. No quería que la despedida pareciera una huida precipitada por el comentario de Rafa, así que recuperó su tono de "mujer de negocios" y consultó su reloj con precisión profesional.

—Cris, de verdad, ha sido un placer y la comida estaba increíble —dijo Marta, levantándose y buscando su bolso—. Pero tenemos que pedirte la cuenta ya. Tenemos ahora otra reunión y no podemos llegar tarde, que ya sabes cómo se pone el tráfico en esta zona.

Él se levantó al unísono, agradeciendo el capote. Su lenguaje corporal era impecable: no había rastro de rencor hacia Rafa, solo una prisa educada.

—Rafa, un gusto volver a cruzarme contigo —dijo él, tendiéndole la mano con firmeza para zanjar cualquier tensión—. Suerte con la temporada, que el sitio lo merece.

Rafa, que aún estaba procesando lo de las "vigas de acero", le devolvió el apretón con algo menos de fanfarronería que antes. Cristina, por su parte, se acercó a Marta para darle dos besos, con una mirada que pedía disculpas silenciosas por la bocaza de su chico y, a la vez, celebraba el hallazgo que Marta tenía al lado.

—Nada de cuentas, que ya os ha dicho este que hoy invita la casa por lo de Lagos —insistió Cris—. Corred a esa reunión, que los negocios no esperan. Pero volved pronto, ¿vale?

—Lo intentaremos, Cris. Gracias por todo —respondió Marta con una sonrisa sincera.

Salieron del restaurante con paso firme, sintiendo el aire fresco de la montaña en la cara después de la intensidad del comedor. En cuanto la puerta de madera se cerró tras ellos y empezaron a caminar hacia el Subaru, el silencio del bosque les envolvió. Él soltó un suspiro de alivio contenido, mientras Marta le echaba una mirada de reojo, todavía saboreando la forma en que él la había definido frente a su amiga.

—Vigas de acero, ¿eh? —murmuró ella con una sonrisa traviesa mientras sacaba las llaves del coche.

—La mejor estructura que he auditado en mi vida —respondió él, abriéndole la puerta con un gesto suave, dejando claro que, para él, la reunión de marketing podía esperar, pero su complicidad no.


Caminaron hacia el Subaru bajo un sol que ya empezaba a declinar, estirando las sombras sobre el asfalto. Antes de que el silencio pudiera volverse incómodo o que Marta empezara a rumiar que la visita había sido un error por culpa de la bocaza de Rafa, él se detuvo junto a la puerta del copiloto y la miró a los ojos con total sinceridad.

—Marta, de verdad... quitando ese último mal momento, el sitio ha sido increíble. Ha sido un acierto total —le dijo, relajando los hombros—. Cris es muy maja, aunque algo lanzadilla... son tal para cual esos dos, ¿eh?

Marta soltó un suspiro de alivio y se echó a reír, contagiada por su tono.

—Sí, sí... ¡vaya par! Te juro que no lo decía por compromiso. No me esperaba encontrarme aquí con nadie conocido y mucho menos con esta. Que la quiero un montón, pero... no te ha tirado los tejos de milagro.

—Bueno, Rafa no se lo ha pensado mucho... —comentó él con una media sonrisa, recordando el "marcaje" del jefe del restaurante.

—Ya ves... puto Rafa. Y tú sacándolo de un apuro en la carretera —Marta negó con la cabeza, divertida—. ¿Eso cuándo fue?

—Buf, pues tengo un recuerdo muy vago, pero igual hace seis o siete años. Fui de vacaciones a Cangas de Onís y me dio por subir el puerto.

—Qué guay... —murmuró ella, apoyándose en la carrocería del coche, disfrutando de descubrir esas pequeñas parcelas de su pasado.

—Sí, precioso —contestó él, mirando el horizonte—. Bueno, ¿qué te apetece hacer ahora? Porque creo que tendría que ir a mi piso a recoger alguna cosa.

Marta lo miró con curiosidad, sopesando las opciones de la tarde después de semejante comida.

—Pues lo que tú quieras, cielo...

Él se quedó congelado un segundo. El corazón le dio un vuelco y el silencio que siguió a esa palabra fue tan denso que casi se podía tocar.

—¿Cielo? —repitió Marta, alzando una ceja con una sonrisa pícara que le llegaba hasta los ojos.

Él sintió cómo el calor le subía por el cuello a una velocidad alarmante, poniéndose rojo como un tomate de los que acababan de comer. Ese "cielo" le había salido del alma, de forma instintiva, rompiendo cualquier barrera de "compañeros de trabajo".

—¡Sí, eh! Digo... que... ¡qué cielo! —balbuceó señalando hacia arriba con un gesto torpe y exagerado—. Mira qué bonito está, ¿no? Ahí con sus nubes y... no sé qué...

Marta rompió a reír con ganas, viendo cómo aquel tipo tan seguro de sí mismo, capaz de enfrentarse a un "misil" de montaña o a un bocazas como Rafa, acababa de ser derrotado por un simple descuido cariñoso. No dijo nada más para no hundirlo más en su rubor, pero se subió al coche con una sensación de triunfo dulce: las vigas eran de acero, sí, pero el corazón era de los que se entregaban sin red.


Marta se quedó unos segundos con la mano en la maneta de la puerta del conductor, sintiendo cómo sus propias mejillas se encendían al mismo ritmo que las de él. Ese "cielo" había roto una barrera invisible, y aunque el corazón le iba a mil por hora, decidió hacer gala de sus tablas y actuar como si nada hubiera pasado, aunque su sonrisa la delatara.

—Sí, el cielo está... espectacular, de verdad —dijo ella con un tono juguetón, dándole un respiro mientras él intentaba recuperar la compostura.

Se subieron al coche y, mientras el motor del Subaru empezaba a ronronear, Marta rompió el silencio con una propuesta que buscaba recuperar la calma y la intimidad que habían perdido entre el ruido de Rafa y Cristina.

—Oye... ¿qué te parece si vamos a mi piso a descansar un poco? —propuso ella, mirando al frente pero con un tono suave—. Nos echamos en el sofá, nos ponemos una peli o algo... Con lo que hemos madrugado hoy y el trote que llevamos, yo estoy algo cansada, la verdad.

Él, que todavía sentía el calor del "desliz" en la cara, agradeció la oferta como quien encuentra un oasis en el desierto. La idea de estar a solas con ella, sin testigos, sin jefes de restaurante lanzados y sin tener que mantener ninguna pose profesional, era justo lo que necesitaba para resetear.

—Vale, sí... me parece bien —respondió él, relajando por fin las manos sobre las rodillas.

El trayecto de vuelta se sintió diferente. El ambiente en el coche estaba cargado de una electricidad nueva, más doméstica pero mucho más intensa. Ya no eran dos desconocidos haciendo una auditoría, ni siquiera solo dos compañeros de proyecto; eran dos personas que, después de un día de locos, solo querían compartir un sofá y dejar que el tiempo se detuviera un rato. Marta arrancó y enfiló la carretera, dejando atrás la montaña y el ruido de los demás, poniendo rumbo a ese refugio donde las vigas de acero y los cielos improvisados por fin estarían a solas.



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