Él conducía con una mano en el volante y la otra gesticulando con naturalidad, quitándole hierro al asunto de su "humildad" mientras encaraban la última subida hacia el pueblo. —Mira, tampoco me malinterpretes, que no soy un neandertal que bebe agua de los charcos ni duerme sobre piedras —decía él con una risita, mirándola de reojo—. Me gusta vivir bien, pero mis lujos son otros. Ya viste el baño esta mañana... No es que sea un metrosexual, pero me gusta cuidarme. Lo que pasa es que prefiero gastarme el dinero en un buen equipo de montaña o en un colchón que te arregle la espalda, que en una lámpara de diseño que solo sirve para acumular polvo. Cuando aparcaron frente a la casa de piedra, Marta la miró con otros ojos. Por la mañana, con las prisas de salir a correr y el caos del desayuno, apenas se había fijado. Ahora, con la luz de la tarde, la casa se veía sólida, honesta. Al entrar, el olor a madera limpia y a hogar la recibió de inmediato. No había muebles de catálogo. S...
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