Marta - La ducha

 Desde el interior del baño, entre el ruido del agua golpeando el plato de ducha, se escuchó su voz llamándola con un tono de urgencia algo sospechoso.

—¡Marta! Por fa, ¿puedes venir?

—¿Qué le pasa a este ahora? —murmuró ella para sí misma con una sonrisa, dejando los cafés a medio preparar—. ¡Sí, voy!

Marta asomó la cabeza por la puerta, encontrándose el ambiente cargado de vapor. Él ya estaba dentro de la ducha, tras la mampara.

—Dime, ¿necesitas algo?

—Sí, es que no sé cómo va el agua caliente y me estoy quedando helado —dijo él, tratando de sonar convincente.

Marta arqueó una ceja, apoyada en el marco de la puerta.

—Mira, ¿ves el grifo que es rojo y el otro azul?

—Sí...

—Pues el rojo es caliente... —respondió ella con un tono un poco incrédulo, aguantándose la risa.

—Ya, ya, pues no va.

—¿Cómo que no va?

—No va, o no va bien. Mira, ven.

Marta se acercó un poco más, haciendo como que no miraba demasiado, aunque el vapor apenas dejaba ver siluetas.

—No puede ser... —dijo ella aproximándose al borde—. No llego desde aquí, ¿estás girando bien el mando?

—Que sí, hombre... ¿No ves? Yo creo que será mejor que entres y lo compruebes tú...

Marta se olió la jugada al instante. Aquel tipo "tímido" que hace una hora temblaba en una escalera de piedra estaba empezando a jugar sus cartas de una forma cómica y decidida que a ella le encantaba.

—Em... sí, creo que lo mejor es que entre yo —respondió ella, siguiéndole el juego con una mirada cargada de intención.

—Es que no va... —insistió él con una sonrisita de suficiencia.

—Ya, ya, tranquilo, ahora voy a rescatarte.

Marta comenzó a desnudarse poco a poco, con movimientos pausados que hacían que el aire en el pequeño aseo se volviera aún más denso. Su figura imponente empezó a emerger entre la bruma del baño. De forma delicada, comenzó a entrar en la ducha, protegiéndose instintivamente la parte superior con un brazo. Al ver su piel fresca, suave y perfecta, él sintió un estremecimiento que no tenía nada que ver con el frío del agua. Pero, manteniendo esa educación que a ella tanto le atraía, le extendió la mano con caballerosidad para ayudarla a entrar en el espacio reducido.

En cuanto ella estuvo bajo el chorro, le miró con los ojos entrecerrados por las gotas de agua.

—Pero si el agua está... perfecta... ¿Me has engañado?

—¿Yo? —él soltó una carcajada que resonó en los azulejos—. ¿Acaso crees que he hecho esto solo para que entres aquí conmigo? ¿Quién te estás pensando que soy?

—Empiezo a sospecharlo un poco... pero solo un poco... —contestó ella, mientras ambos se miraban con una ternura infinita y las caras iluminadas por la risa.

—Qué malpensada eres...

—Sí, ya ves... piensa mal y acertarás —sentenció ella.

Él no esperó más y la abrazó por detrás, dejando que el agua caliente los empapara a ambos por igual. Se quedaron así, entrelazados, acariciándose y sintiéndose sin prisa, disfrutando de un momento de paz absoluta después del caos de la mañana. En ese pequeño cubículo de cristal, el mundo exterior —con sus agencias, sus contratos de Londres y sus edificios de hormigón— dejó de existir por completo.

El agua seguía resbalando por sus cuerpos, creando una cortina de sonido que los aislaba del resto del mundo. Él, con el cabello empapado y la mirada algo perdida en las gotas que caían sobre los hombros de ella, no pudo evitar que la duda que le había estado carcomiendo desde que la vio en aquel despacho de lujo saliera a la luz.

—De verdad que sigo sin entender muy bien qué haces aquí... Bueno, aquí sí, que estamos en tu casa... Me refiero a... conmigo —confesó con un hilo de voz—. Pudiendo estar con quien quisieras. Alguien como tú...

Marta dejó escapar una sonrisa lánguida, entornando los ojos bajo el chorro de agua.

—¿Sí? Pues no creas... Tampoco creas que he estado con tantos... y a ti me está costando un poquito convencerte —respondió ella con un tono que mezclaba la broma con una vulnerabilidad inesperada.

Se hizo el silencio, un silencio denso y cargado, únicamente roto por el rítmico repiqueteo del agua contra el plato de ducha. Ella se acomodó más contra él, buscando su calor.

—Nadie me ha visto nunca de la forma que lo haces tú —continuó ella, casi en un susurro—. Me han hecho sentir siempre como a la que le quieren echar un buen polvo. Nunca he sentido que alguien me vea y me haga sentir como me lo haces tú... ¿Te puede servir eso?

Él bajó la vista, abrumado por la sinceridad de esas palabras. La imagen de la Marta sofisticada de la oficina se desmoronaba para dejar paso a una mujer que solo buscaba ser vista de verdad.

—No lo sé... alguien tan simple como yo estar contigo me parece como una broma... Como si esto fuera una broma que me está gastando algún demonio.

—Anda que no eres tonto ni nada... y por eso me llamas diablesa, ¿verdad? —le soltó ella mientras se giraba con un movimiento grácil, quedando frente a frente.

Marta apoyó sus muñecas sobre los hombros de él, entrelazando los dedos por detrás de su nuca, obligándole a estar a escasos centímetros de su rostro. Él, sintiendo el magnetismo de sus ojos verdes, no conseguía sostenerle la mirada fijamente.

—Más o menos... —contestó él con una media sonrisa nerviosa.

—O sea, que ese diablillo que te está gastando una broma soy yo, ¿eh? —le retó ella, divertida.

—Tiene sentido, sí... visto así, de ahí puede venir... —balbuceó él, dándose cuenta de que ya no había nada más que ocultar detrás de los apodos.

—¿Y tú qué? ¿Qué me estás haciendo a mí? ¿Vudú? ¿Brujería? ¿Por qué no me puedo separar de ti? —siguió ella, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Quizá cuando alguien ve más allá de una cara bonita y encima descubre cosas que ni yo misma sabía... ¿qué crees que puedo pensar? ¿Que de verdad eres tan simple? Pues no lo creo.

Ella le acarició la mandíbula con el pulgar, con una devoción que le hizo temblar más que el frío de la mañana.

—Y no solo por eso... ¿Tú te has visto bien? Tú sí que habrás estado con mil... o más. Con esos ojos que hablan solos, con esa voz que cautiva a cualquiera... Tú sí que embrujas a cualquiera.

Él se quedó desarmado, viendo cómo la "diablesa" le devolvía el espejo de su propio embrujo. Ya no era el informático tímido de la montaña ni ella era la modelo inalcanzable de la ciudad; eran simplemente dos personas desnudas, bajo el agua, reconociendo que el hechizo era mutuo y que, por alguna razón que escapaba a la lógica, no querían que se rompiera nunca.


Él se permitió una carcajada suave, dejando que la tensión se transformara en esa complicidad tan suya, mientras el agua seguía resbalando por sus pechos unidos.

—Admite que es más chulo "diablesa" que "Locomía"... o "Spiderman" —le dijo él, con los ojos brillando de picardía—. Sobre todo sabiendo de dónde vienen esos motes. El mío tiene mucha más garra, ¿no crees?

—¿Más garra? ¡Jajaja, ya te vale! —respondió ella, apretándose un poco más contra él.

Marta sentía perfectamente la enorme erección de él presionando contra su propio vientre, un recordatorio físico de lo que estaba provocando, pero por el momento no quería romper la magia. Estaba totalmente excitada, pero era un deseo diferente; no era la urgencia mecánica de otras veces, era algo que le nacía del pecho. Allí estaban los dos, con el tiempo detenido el uno delante del otro, totalmente desnudos y disfrutando de ese momento bajo el chorro infinito... hasta que algo le rozó los tobillos a él.

—¡Oye! —exclamó él de repente, bajando la vista— ¿Por qué hay aquí tanta agua? ¿Has taponado el desagüe?

Marta miró hacia abajo y sus ojos se abrieron de par en par. El plato de ducha estaba desbordado y el agua empezaba a saltar el reborde, cubriendo ya todo el suelo del aseo.

—¡Hostias! ¡Si está el baño inundado! ¡Jajajajaja! —rio ella, contagiada por lo absurdo de la situación mientras el agua ya llegaba a los sanitarios—. ¡Cierra el agua, corre!

Él cortó el grifo de golpe y el repentino silencio solo hizo más evidente el "chof, chof" que hacían sus pies al moverse.

—Búa, chaval, qué liada —soltó él, pasándose las manos por la cara empapada, viendo cómo el agua buscaba camino hacia el pasillo—. La que hemos montado en un momento.

—No te preocupes, que es más escándalo de lo que parece —dijo ella, saliendo de la ducha con cuidado y agarrando una toalla para enrollarse en ella, todavía muerta de risa por el contraste entre el momento romántico y el desastre doméstico—. Salimos y lo solucionamos rápido. Nos tenemos que ir pronto y no podemos dejar esto así, que se me levanta el parqué.

—Sí, sí... —asintió él, saliendo tras ella y tratando de no resbalar en el espejo de agua que era ahora el suelo—. Dime dónde hay una fregona. Y ten cuidado, no te caigas, que esto es una pista de patinaje.

La estampa no podía ser más caótica: los dos desnudos, goteando, con el baño convertido en una piscina improvisada y Javier esperando una llamada, pero entre fregona y fregona, se lanzaban miradas que confirmaban que, incluso en mitad de una inundación, no querrían estar en ningún otro lugar del mundo.


Él escurría la fregona con energía, tratando de secar los últimos charcos antes de que el agua llegara al pasillo, mientras el vaho aún empañaba los espejos.

—Luego, cuando volvamos de hablar con Javier, te reviso el desagüe este y lo reparamos —dijo él, señalando con la cabeza hacia la ducha—. Seguro que tiene algo atascado y por eso no tragaba.

Marta, que ya se estaba secando el pelo con una toalla pequeña, se quedó un momento pensativa, mirando las paredes de aquel baño que conocía tan bien.

—No te preocupes demasiado... —respondió ella con voz suave—. Creo que ya no voy a estar aquí mucho tiempo. El alquiler me vence en un mes; suelen renovármelo año a año, pero esta vez veremos... Este piso me venía bien porque el estudio me pilla a diez minutos andando, pero ahora que ya no hay agencia... igual me busco algo más tranquilito.

Él se quedó quieto un segundo, procesando la información. Que ella dejara ese piso significaba que el último hilo que la ataba a su antigua vida en la ciudad se estaba soltando.

—Mira a ver qué hora es, que Javier ya nos estará esperando —continuó ella, rompiendo el momento de reflexión—. Venga, anda, que te acompaño. No sé cuánto tiempo llevamos aquí dentro, pero me has hecho el lío con el grifo de la ducha pero bien...

—¿Yo? —soltó él con una risa traviesa, dejando la fregona apoyada en la pared.

—Sí, tú. Jejeje —ella le lanzó la toalla a la cara de broma mientras salía del baño—. Y antes de nada, me das tu número de teléfono ahora mismo. No me vaya a pasar como a ti, que me vuelvo loca buscándote por algún sitio si te pierdo.

Él la siguió al salón, todavía medio desnudo y goteando un poco, pero con una sonrisa que no le cabía en la cara. Se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no le importaba no tener un plan trazado ni saber qué pasaría el mes que viene. Le dictó el número mientras ella lo guardaba en el móvil con una concentración casi solemne.

—Ya estás fichado —dijo ella guiñándole un ojo—. Venga, vístete, "Locomía", que Javier nos espera.

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