Marta - Estudiando el nuevo proyecto
Marta y él estaban absortos en la pantalla, bajando por el interminable texto de los términos de servicio. El brillo del portátil iluminaba sus rostros en la penumbra de la mesa, creando una burbuja de intimidad que el resto del restaurante no podía romper.
—Vale, aquí dice que el nombre de usuario tiene que ser único y representativo —leyó él, con un tono analítico—. Tiene que ser algo que pegue con nosotros, algo que defina esta... esta locura.
Marta soltó una risita maliciosa, recordando la odisea de la mañana y la prenda que casi acaba con la circulación sanguínea de su compañero.
—Estoy pensando en uno —dijo ella al mismo tiempo que él abría la boca.
—Locomía Spiderman —soltaron los dos al unísono, con una sincronización tan perfecta que asustaba.
El absurdo del nombre, mezclando la chaqueta rosa y el superhéroe negro, flotó entre ellos como la broma definitiva. La risa que iba a estallar se quedó contenida en sus gargantas cuando, movidos por un resorte invisible, se giraron al mismo tiempo.
Se quedaron congelados, mirándose a los ojos a una distancia peligrosamente corta. El ruido de los cubiertos y las conversaciones del restaurante se desvaneció por completo. En ese silencio, él pudo ver el reflejo de las luces en el verde de los ojos de Marta, y ella sintió que el magnetismo de esos ojos azules y amarillos era ya irresistible. La química que llevaban arrastrando desde el parking, la risa de la chaqueta y la complicidad de la tarde se concentraron en ese segundo.
Él no lo pensó más. Acortó los escasos milímetros que los separaban y la besó. Fue un beso suave pero cargado de todo lo que no se habían dicho, un beso que sabía a alivio y a una verdad que ambos conocían desde hacía horas.
Cuando se separó apenas unos centímetros, él todavía sentía el calor de sus labios. La miró con una mezcla de vulnerabilidad y firmeza, dándose cuenta de que quizá había roto esa "distancia profesional" que intentaban fingir.
—Perdón —susurró él con voz ronca, sin soltarle la mano por debajo de la mesa—. Perdona, Marta, de verdad... es que no he podido evitarlo más.
Marta se quedó sin aliento, con los labios entreabiertos y el corazón golpeándole las costillas. No parecía precisamente alguien que estuviera esperando una disculpa.
Marta se quedó mirándolo, con los ojos empañados por una intensidad que amenazaba con desbordarla. El "perdón" de él todavía flotaba en el aire, pero para ella, esas palabras no tenían sentido en medio del incendio que sentía por dentro. Lejos de apartarse, se inclinó aún más hacia él, acortando cualquier rastro de aire que quedara entre sus rostros.
—No te perdono... —susurró ella con la voz quebrada, rozando sus labios con los suyos mientras hablaba—. No te perdono lo que me estás haciendo...
Él la miró confundido, atrapado en la profundidad de su mirada verde, pero ella no le dejó reaccionar. Le puso una mano en la nuca, hundiendo los dedos en su pelo con una mezcla de desesperación y ternura.
—Dame otro... bésame otra vez —le exigió en un susurro ardiente—. Y no te disculpes por el beso... discúlpate por lo que me estás haciendo sentir, que me estás volviendo loca.
Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Al escuchar esa confesión, cualquier rastro de duda o de cautela profesional se desintegró. La rodeó con el brazo, pegándola a su cuerpo con fuerza, y la besó de nuevo, pero esta vez con una pasión que ya no pedía permiso. Fue un beso profundo, hambriento, de esos que marcan un antes y un después, ignorando por completo que estaban en la esquina de un restaurante y que el portátil seguía encendido delante de ellos.
En ese momento, el "Spiderman" y la chica que odiaba el reguetón desaparecieron. Solo quedaban dos personas que, tras un día entero de tensión contenida y risas compartidas, habían decidido dejar de huir de lo inevitable. El mundo exterior, el proyecto de OnlyFans y la montaña podían esperar; allí, en ese banco corrido, el tiempo se había detenido en el único lugar donde ambos querían estar.
Marta no rompió el contacto visual con él ni un segundo, incluso cuando estiró el brazo para llamar la atención de la chica que los había atendido. La atmósfera en la mesa era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
—¡Elena! —llamó con voz clara, aunque un poco empañada por la emoción del momento. Cuando la camarera se acercó, Marta ni siquiera miró la cuenta—. Cárgalo a mi cuenta, por favor. Ya vendré mañana a cerrar lo que falte.
Sin esperar respuesta, Marta se puso de pie con una agilidad felina. Agarró la mano de él, entrelazando sus dedos con fuerza, y tiró de él hacia arriba con una determinación que no admitía réplicas. Él se levantó casi por inercia, magnetizado por la energía de ella, mientras cerraba el portátil con la mano libre y se lo colgaba al hombro.
Salieron del restaurante a la frescura de la noche urbana. El bullicio de la ciudad había bajado de intensidad, dejando las calles sumidas en una calma expectante. Caminaron en silencio, pero era un silencio que gritaba. No necesitaban palabras; el roce de sus hombros y la firmeza con la que se daban la mano lo decían todo.
El breve paseo los llevó hasta el coche de él, aparcado bajo una farola que parpadeaba débilmente. La luz amarillenta resaltaba la musculatura de él y el brillo desafiante en los ojos de ella. Al llegar a la puerta del conductor, Marta se detuvo, quedando frente a él, atrapándolo entre su cuerpo y la carrocería del vehículo.
—Dime que ya te tienes que ir —le retó ella, con una sonrisa que era mitad invitación y mitad desafío—. Venga, dímelo. Es muy tarde, tienes una hora de viaje por delante y no quiero que te pase nada por el camino...
Sus palabras decían una cosa, pero su cuerpo, pegado al suyo, y la forma en que su mirada bajaba de sus ojos a sus labios, decían exactamente lo contrario. Marta le estaba poniendo el mundo en bandeja, esperando a ver si el chico de la montaña era capaz de arrancarse a sí mismo de ese momento o si, por el fin, se rendía a la evidencia de que esa noche no terminaría con un motor encendido.
Él la miró fijamente, con la mano apoyada en la puerta del coche, pero sin la más mínima intención de sacar las llaves. El conflicto entre la razón y el deseo se resolvió en sus ojos en apenas un segundo.
—Me tengo que ir... —susurró él, bajando la voz hasta que fue casi un murmullo—, pero no voy a hacerlo.
Marta no respondió con palabras. No hacían falta. Se limitó a apretar su mano con una fuerza posesiva y, con un giro decidido, emprendió el camino de vuelta hacia su portal. Él la siguió, dejándose guiar, sintiendo el ritmo de sus pasos sobre la acera como una cuenta atrás. El trayecto de regreso, que antes les había parecido un paseo, ahora se sentía como una carrera eléctrica hacia lo inevitable.
Al entrar en la casa, el silencio del recibidor se vio roto por el roce de la ropa. Marta, con un movimiento fluido y cargado de seguridad, se desprendió de su chaqueta dejándola caer sobre una silla sin mirar dónde aterrizaba. Sin soltarle la mano, lo condujo hasta el salón y, con un pequeño pero firme empujón en el pecho, lo obligó a sentarse en el sofá.
Antes de que él pudiera decir nada, ella se sentó a horcajadas sobre él, atrapando sus piernas con las suyas. El contacto fue total, directo, eliminando cualquier rastro de duda. Marta le puso las manos en las mejillas, obligándole a sostenerle la mirada, y una sonrisa traviesa pero profundamente tierna asomó a sus labios.
—Mi Spiderman... —le dijo ella, con un tono que mezclaba la broma de todo el día con una promesa ardiente.
Él soltó una carcajada suave, una risa que nació de la pura felicidad de estar allí, y esa fue la señal que ella esperaba. Marta se inclinó y empezó a besarle, primero con suavidad y luego con una urgencia que reclamaba cada segundo perdido de la tarde. Él, rindiéndose por completo, le rodeó la cintura con sus manos grandes, atrayéndola hacia sí, sintiendo que, definitivamente, la montaña podía esperar todo el tiempo del mundo. Aquella noche, el "proyecto" ya no era una página web, sino ellos dos.
El salón quedó sumido en una penumbra suave, solo interrumpida por el parpadeo de la pantalla del portátil que, olvidado sobre la mesa, seguía iluminando el rincón con un resplandor azulado. Entre beso y beso, la respiración de ambos se volvió el único sonido que llenaba la estancia, un ritmo acompasado que marcaba la urgencia del momento.
Marta se separó apenas unos milímetros de sus labios, lo justo para mirarle a los ojos mientras sus manos bajaban con decisión hacia el borde de su propia blusa. Con un movimiento fluido y sin rastro de la timidez de la mañana, se desprendió de la prenda, dejándola caer al suelo como si fuera un estorbo del pasado. Se quedó frente a él en sujetador, una pieza de encaje que resaltaba su piel bajo la luz tenue, mostrándose con una seguridad que dejó a él sin palabras, con las manos todavía ancladas en su cintura.
—Ahora te toca a ti —susurró ella, con una chispa de desafío en la mirada.
Sin darle tiempo a reaccionar, Marta enganchó sus dedos en el dobladillo de la camiseta de él. Él levantó ligeramente los brazos, facilitándole la tarea, mientras ella tiraba de la tela hacia arriba con lentitud, disfrutando del proceso. A medida que la prenda subía, la piel cálida y la musculatura definida del "chico de la montaña" fueron quedando al descubierto, hasta que la camiseta voló lejos del sofá.
Marta posó sus palmas desnudas sobre el pecho de él, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la palma de su mano. El contraste del frío de sus dedos con el calor que desprendía el cuerpo de él la hizo estremecer.
—Mucho mejor así —murmuró ella, volviendo a buscar su boca.
Él la atrajo más hacia sí, eliminando el último resquicio de aire entre sus torsos desnudos. El contacto de piel con piel fue como una descarga eléctrica que terminó de borrar cualquier pensamiento racional. Ya no había planes, ni portátiles, ni redes sociales; solo el peso de ella sobre él y la certeza de que aquella noche, en ese salón, estaban empezando a escribir la parte más importante de su historia.
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