Marta - Esto no sale...

 Marta estaba en la cocina, controlando la tostadora con una mano y sujetando su taza de café con la otra, intentando recuperar el aliento tras el ataque de risa. El olor a pan tostado (esta vez del de verdad) empezaba a llenar la estancia, pero desde el baño solo se oía el sonido del agua corriendo con fuerza y unos bufidos de desesperación que no presagiaban nada bueno.

—¿Sales del baño ya o qué? —gritó ella con sorna—. ¡Que el pan se enfría y las cuestas del pueblo no se van a subir solas!

—¡Voy, voy! —se oyó la voz de él, un poco ahogada y con un tono de evidente frustración.

Pasaron dos minutos más y el grifo seguía abierto a todo trapo. Marta dejó la taza en la encimera y se acercó a la puerta del pasillo, apoyándose en el marco con una sonrisa burlona.

—¿Necesitas el Amazonas entero para lavarte o qué? ¡Vas a vaciar el embalse tú solo, criatura!

—¿El Amazonas? —la puerta del baño se abrió de golpe y él asomó la cabeza, con la cara empapada y la piel de las mejillas irritada de tanto frotar—. Lo que necesito es lejía, o un decapante o algo... ¡Estas putas rayas no se van!

Marta se quedó muda un segundo y luego volvió a estallar. Él salió al pasillo hecho un cuadro: tenía las mejillas rojas como tomates de tanto restregar, pero las dos marcas negras del delineador seguían allí, ahora un poco más borrosas y extendidas, dándole un aspecto de mapache guerrero bastante lamentable. Y lo peor de todo, con las prisas y los nervios, se le había olvidado quitarse el puto lazo rosa de la cabeza, que seguía coronando su pelo desordenado.

—¡Pero si te has puesto el "waterproof" de larga duración! —exclamó ella, doblándose por la mitad del ataque de risa—. ¡Eso aguanta hasta un tsunami, melón! Te dije que era delineador, no carboncillo de dibujar.

—No te rías, que no tiene gracia —dijo él, mirándose en el espejo del pasillo con cara de pocos amigos mientras intentaba frotarse con la toalla—. Me vas a llevar al pueblo así y le vas a decir a todo el mundo que soy tu nuevo juguete o algo. Menuda pinta de "elegante" llevo, no te jode...

—Venga, ven aquí, "Guerrero Miso" —le dijo ella, agarrándole de la mano para llevarlo de vuelta al lavabo—. Deja que te lo quite yo con aceite desmaquillante, que si sigues así te vas a arrancar la piel antes que el maquillaje. Eso sí, el lazo te lo dejas, que te da un toque... muy tuyo.


Él se sentó en la tapa del inodoro, dejándose hacer con una docilidad que contrastaba con su complexión física. Mientras Marta le aplicaba el aceite desmaquillante con un disco de algodón, él la miraba fijamente, disfrutando de la cercanía y de cómo ella tenía que morderse el labio para no soltar otra carcajada. En realidad, le encantaba hacer el imbécil si eso significaba verla así de feliz; había algo en su risa que le hacía sentir que todo el caos matutino valía la pena.

—Me estoy pasando de ridículo... —murmuró él con un tono cargado de un sarcasmo autocrítico, mientras ella le frotaba con cuidado la mejilla—. Vaya imagen más lamentable. Primero la mermelada radiactiva con la que casi me inmolo en la cocina... y ahora aquí, con un lazo rosa y estas pintas de mapache. Vaya día llevo, Marta. De aquí a una película de dibujos animados hay un paso.

Marta le retiró un poco de negro de la cara, deteniéndose un segundo para mirarlo con una ternura que no podía ocultar tras la guasa.

—Eres muy divertido... —le dijo ella, pasando el algodón por el otro lado—. Me meo contigo, de verdad. ¿Siempre eres así o es que te he dado un golpe fuerte en la cabeza sin querer?

Él soltó una risita suave, sintiendo el frescor del aceite en su piel irritada.

—Bueno... no suelo ser tan torpe —admitió él, encogiéndose de hombros—. Lo del wasabi me ha pillado de sorpresa, de verdad pensaba que era algún tipo de mermelada gourmet para modernos. Y esto de las rayas de jugador de rugby... —hizo una mueca mientras ella le quitaba el último rastro de negro—. No sé, supongo que en el fondo sabía que me la estaba jugando, pero el lazo me ha dado un exceso de confianza.

Marta terminó de limpiarlo y, antes de apartarse, le dio un toquecito en la nariz con el dedo.

—Pues que sepas que el "Guerrero Miso" tiene su punto —bromeó ella—. Pero venga, quítate ya el lazo, límpiate la cara con agua y vamos a desayunar pan con aceite como personas normales. El pueblo nos espera y yo quiero ver si en el monte eres tan valiente como con la pasta de rábano picante.

—Eso dalo por hecho —respondió él levantándose, recuperando un poco de su pose habitual aunque todavía con las mejillas sonrosadas por el restregón—. En el monte no hay botes verdes engañosos. Solo tú, yo y las cuestas. ¡Y ahí no hay "waterproof" que me salve!


Por fin, tras el drama del "maquillaje de guerra" y el atentado culinario, el silencio volvió a la cocina, solo interrumpido por el sonido reconfortante de la cafetera y el crujir del pan de verdad. Él salió del baño con la cara reluciente, ligeramente roja por el fregado pero libre de marcas negras, y sin rastro del lazo rosa.

Marta ya había servido dos platos con tostadas doradas, un chorro generoso de aceite de oliva virgen y una pizca de sal. Nada de experimentos, nada de sorpresas orientales; solo el aroma de un desayuno clásico y honesto.

—Ahora sí —sentenció él, sentándose a la mesa con una reverencia exagerada ante su plato—. Esto sí que es una obra de arte. Reconozco que el aceite de oliva gana a la pasta de rábano por goleada.

Marta se sentó frente a él, saboreando su café y observando cómo él devoraba la tostada con ganas, como si estuviera recuperando las energías perdidas en su batalla contra el wasabi. El ambiente era relajado, envuelto en esa complicidad de quienes ya han compartido risas, desastres y sábanas.

—Ves, no era tan difícil —le pinchó ella con una sonrisa—. Desayuno para gente normal que va a subir una montaña. ¿Cómo tienes la lengua? ¿Sobrevive?

—Está recuperando la sensibilidad por momentos —bromeó él, dándole un trago al café—. Pero te digo una cosa: después de lo de antes, este aceite me sabe a gloria bendita.

Comieron tranquilos, compartiendo miradas cómplices por encima de las tazas. El sol empezaba a asomar tímidamente por la ventana de la cocina, recordándoles que el tiempo corría. Había algo casi doméstico en la escena, una calidez que hacía olvidar que apenas hacía veinticuatro horas ni siquiera se conocían.

—Venga, termina eso —le urgió Marta, dándole un último bocado a su tostada—. Recogemos esto en un segundo, pillo la mochila y nos largamos. Estoy deseando ver si ese pueblo tuyo es tan bonito como dices... y si tus rutas de entrenamiento son tan duras como presumes.

Él se terminó el café de un trago y se puso en pie, recogiendo los platos con una agilidad que ya no tenía nada de torpe.

—Prepara las piernas, guerrera —le respondió guiñándole un ojo—. Porque una vez que pasemos el cartel del pueblo, el "melón" del wasabi se queda en el coche y aparece el guía de montaña. Te va a encantar, ya lo verás.


Mientras Marta terminaba de apurar los platos en el fregadero, él desapareció por el pasillo. Se oía el trajín de las sábanas siendo sacudidas y el sonido de las cortinas al abrirse. No quería dejar la casa de ella como si hubiera pasado un huracán de "wasabi y locura".

—¡Ale, listo! —exclamó él, bajando los escalones de dos en dos con una energía renovada—. Ya nos podemos ir. He dejado el cuarto como si aquí no hubiera dormido nadie... o al menos, como si nadie se hubiera peleado con un lazo rosa.

Salieron del portal y el aire fresco de la mañana les terminó de espabilar. Se montaron en su coche, un vehículo que olía a campo y a pino, y en cuanto él giró la llave de contacto, los altavoces escupieron un ritmo de reguetón machacón a todo volumen. Marta se quedó congelada, con el cinturón de seguridad a medio abrochar, mirándole con una ceja tan levantada que casi se le pierde en el pelo.

—Pero... ¿no decías que odiabas esto? —preguntó ella, perpleja, mientras el "pum-cha-pum-cha" retumbaba en el habitáculo.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —dijo él, desconcertado un segundo hasta que se dio cuenta de lo que sonaba. Rápidamente puso cara de asco—. Ah, es Radio 3. A veces la pongo porque ponen grupos nuevos y música interesante, pero a veces... a veces hay caquita. He aquí un claro ejemplo.

Con un gesto rápido de quien domina su territorio, tocó dos botones del equipo táctil, mandando al reguetón al olvido. En su lugar, empezó a sonar un metal suave y melódico, con guitarras limpias y una batería rítmica que llenaba el coche de una vibración mucho más acorde con el paisaje que les esperaba.

—¡Ale, marchando! —sentenció él, metiendo primera con decisión.

Marta se hundió en el asiento, dejando escapar un suspiro de alivio pero sin dejar de vacilarle.

—Me vas a matar de una de estas, de verdad... —dijo ella, soltando una risita—. Entre el desayuno samurái y la radio, llevo el corazón a mil. A ver, "Fitipaldi", espero que tu conducción no me haga vomitar la tostada de aceite.

Él sonrió de lado, esa sonrisa de suficiencia que tanto le picaba a ella, y se puso las gafas de sol mientras encaraba la salida hacia la carretera nacional.

—Vas a flipar... —presumió él, ajustando el volante con una mano—. Las curvas ni las vas a sentir. Conduzco como los ángeles, Marta. En diez minutos estamos en plena naturaleza y te vas a olvidar hasta de cómo se llama el reguetón ese.

El coche empezó a ganar velocidad, dejando atrás los edificios y el ruido de la ciudad, mientras el metal melódico marcaba el ritmo de una escapada que, a juzgar por cómo empezaba el día, prometía ser cualquier cosa menos aburrida.

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