Marta - En casa de Marta
Él soltó una carcajada suave, dejando que la tensión del juego de los papelitos se disolviera en una atmósfera mucho más relajada y juguetona. El contacto de sus manos sobre la mesa ya era algo natural, como si sus dedos hubieran estado esperando ese momento durante años.
—Todo a su tiempo —le dijo él, mirándola con una intensidad que hacía que el champán pareciera agua al lado de la embriaguez que le producía su cercanía—. Pero, si te parece bien, ¡esta botella la pago yo!
Él ya estaba haciendo el amago de buscar la cartera, pero Marta fue más rápida. Le puso una mano sobre el antebrazo, frenándolo con un gesto decidido y una sonrisa triunfante en sus labios verdes.
—No, de eso nada —replicó ella con firmeza—. Ha sido una invitación mía, así que eso no vale. Yo pedí la botella y yo cierro la cuenta de este sitio.
Él se recostó en el sillón de terciopelo, rindiéndose ante la determinación de la morena, pero sin estar dispuesto a dejar la cuenta de "deudas" a cero tan pronto. Sus ojos recorrieron el rostro de ella, que ahora sin las lentillas negras parecía brillar con una luz propia, mucho más auténtica.
—Está bien, acepto la derrota por esta vez —cedió él con un brillo de picardía en la mirada—. Pero entonces tendrás que dejar que yo pague la siguiente.
Marta arqueó una ceja, divertida por el giro de la conversación.
—¿La siguiente? ¿Ya estás planeando la próxima copa?
—La próxima copa, la próxima cena o... el próximo brindis cuando grabemos nuestra primera escena juntos —respondió él, bajando la voz hasta convertirla en una caricia—. Porque no pienso dejar que esto se quede en una botella de champán y un par de servilletas dobladas.
Ella sintió un escalofrío eléctrico. La seguridad con la que él hablaba, mezclada con ese respeto casi caballeresco, era la combinación más letal que había conocido nunca. Sabía que "la siguiente" no iba a ser solo una cuestión de dinero o de quién invitaba a quién; iba a ser el siguiente paso hacia esa intimidad que ambos estaban deseando explorar, ahora que sabían que no había nadie más en sus vidas que pudiera interponerse entre sus cuerpos y sus planes.
—Me parece un trato justo —susurró ella, acercando su copa a la de él para un último roce de cristal—. Pero que sepas que soy muy exigente con los sitios a los que me invitan.
—No me preocupa —sentenció él con una sonrisa tranquila—. Creo que después de lo que hemos pasado hoy, ya sé perfectamente qué es lo que te gusta.
El camarero se acercó para retirar la cubitera y ellos se quedaron allí, disfrutando del último silencio antes de salir de nuevo a la noche, con la certeza de que el casting de OnlyFans había sido, en realidad, el prólogo de algo mucho más grande.
La atmósfera se volvió de repente mucho más íntima y reflexiva. El efecto del champán había disipado la euforia inicial, dejando paso a una sinceridad cruda, de esa que solo surge cuando dos personas sienten que han encontrado un refugio el uno en el otro. Marta dejó la copa en la mesa y se inclinó hacia él, con la mirada verde un poco más sombría.
—La verdad es que, pensándolo fríamente, me has salvado... —le soltó ella de pronto—. No me ha gustado nada el trato cuando nos hemos desnudado. Que si "vaya pezones", que si "eso es lo que buscamos"... No sé. Sí, vale, somos un producto en este mercado, pero me han hecho sentir súper sucia. En ese momento, con la adrenalina, no lo pensaba tanto, pero ahora... No me ha gustado que me analicen como si fuera una pieza de carne en un escaparate. No me imaginaba que fuera tan frío. Tampoco iba con la idea de que me iban a regalar una piruleta, pero me he sentido... pequeña.
Él asintió lentamente, dejando que sus palabras calaran. Sus manos, que antes estaban juguetonas, ahora transmitían un apoyo sólido.
—Te entiendo perfectamente, a mí me ha pasado igual —confesó él, con un tono de voz serio—. A ver, no nos vamos a engañar: yo estaba excitado de verdad. Verte allí, la situación, el morbo... la física ha actuado por su cuenta. Pero que te midan, que te evalúen como si fueras ganado... y lo de los tíos. ¿Que un tío me va a mirar el cuerpo así, de cerca, mientras me juzga? Ni de coña. Si fuera un médico, vale, pero ¿un tipo mirando a ver cómo me pongo cuando me excito para ver si le sirvo? Por ahí no paso. Me he inventado la milonga de que no me siento cómodo para ver por dónde salían. Si no llegas a intervenir tú, me piro y te habrías quedado allí sola. No me vas a ver por mis cojones si yo no quiero.
Marta soltó una carcajada auténtica, de esas que nacen del alivio.
—¡Joder, qué sensible el tío! —rio ella, contagiándole la risa—. Yo estaba flipando en ese momento, decía: "este se va ahora mismo y me quedo aquí vendida". Por eso salté con lo de que si solo estabas cómodo con tías, mejor probar así. Pero vamos, que olé tus huevos. También te digo que pensaba que no iban a ceder, me sorprendió que echaran al seleccionador tan rápido.
Se quedaron un momento en silencio, saboreando esa pequeña victoria compartida contra el sistema de la agencia. Marta, curiosa, le lanzó un dardo directo:
—De todas formas... ¿crees que no habría hombres tocándose viéndote detrás de una pantalla? ¿No habías pensado en eso antes de ir al casting?
Él soltó una sonrisa cínica y dio un trago largo a su copa, con una seguridad que a Marta le pareció increíblemente atractiva.
—Sí, claro... claro que lo he pensado —respondió él, dejando la copa con un clic seco sobre la mesa—. Y bien por ellos, eso me da exactamente igual. ¡Pero desde su casa! —exclamó con un guiño pícaro—. Ahí es lo que hay, que miren lo que quieran. Pero tener a un tío ahí delante, respirándome en la nuca y dándome órdenes... eso no.
Marta asintió, dándole vueltas a la idea. La complicidad entre ellos era ya total.
—Es que, dándole vueltas, viendo cómo han cedido en cuanto han visto que el feo ese se iba... ahí es cuando he empezado a pensar. Si han cedido tan rápido a nuestras condiciones es porque han visto algo muy gordo, algo que les iba a dar mucho dinero. Y me ha entrado una rabia... —Marta le miró con determinación—. No me da la gana de que nos exploten. Si tenemos lo que ellos buscan, ¿por qué no gestionarlo nosotros?
Él sonrió de oreja a oreja. Le encantaba que ella hubiera llegado a la misma conclusión.
—Exacto. Han visto el "diamante" y querían la mina entera por cuatro duros. Pero se han encontrado con que el diamante tiene cerebro.
Marta brindó de nuevo, esta vez con la mirada encendida.
—Por el cerebro... y por lo demás —dijo ella, bajando la vista un segundo, con picardía, hacia el lugar donde sabía que él seguía siendo una fuerza de la naturaleza.
Las luces del local empezaron a atenuarse de forma gradual, adquiriendo un tono ambarino que invitaba a la despedida. El camarero comenzó a recoger las sillas de las mesas más alejadas con un estrépito sordo que anunciaba el final de la jornada. El jazz suave fue sustituido por el silencio del cierre, y ambos se dieron cuenta de que eran los últimos clientes.
Él dejó la última propina sobre la mesa y se puso en pie, estirando su figura delgada y fibrosa. Al levantarse, su percha volvió a imponerse; la ropa le caía con una elegancia natural, aunque Marta no podía evitar recordar la potencia que había visto bajo esa tela apenas una hora antes.
—Se nos ha pasado el tiempo volando —comentó él, ayudándola a ponerse la chaqueta—. ¿Dónde pasas hoy la noche? ¿Vives sola o tienes que dar explicaciones?
Marta se ajustó el cuello de la chaqueta, sintiendo el contraste del aire acondicionado con el calor que todavía emanaba de su propio cuerpo tras la charla.
—Vivo sola —respondió ella, mirándole con sus ojos verdes ahora totalmente al descubierto—. Tengo un piso pequeño en el centro, cerca de la avenida principal. Es práctico para el gimnasio y para moverme, pero a veces echo de menos un poco de paz. La ciudad nunca se calla, ¿sabes? Siempre hay una sirena, un coche o alguien gritando. ¿Y tú? Supongo que también vives por aquí cerca.
Él negó con la cabeza mientras caminaban hacia la salida, donde el aire fresco de la noche los recibió de golpe.
—Yo vivo bastante lejos, en un pueblo pequeño a las faldas de la montaña —explicó él, señalando vagamente hacia el norte—. Es una casa humilde, pero es mi refugio. Lo mejor son las vistas; por la mañana puedes ver cómo la niebla se queda enganchada en los pinos. Es un lugar increíblemente tranquilo. A cinco minutos tengo rutas donde puedo salir a correr o hacer deporte sin cruzarme con un solo coche, sin ruido, sin distracciones. Solo yo y el aire puro.
Marta le escuchaba fascinada. La idea de aquel chico imponente, moviéndose solo por la montaña, encajaba perfectamente con esa mezcla de timidez y fuerza que desprendía.
—Suena idílico —susurró ella, deteniéndose junto a la puerta de su coche—. Un poco solitario, quizás, pero idílico.
—A veces lo es —admitió él, acercándose un paso más a ella, quedando a escasos centímetros—. Pero hoy, después de lo que hemos hablado... la montaña me parece que va a estar demasiado silenciosa.
Se quedaron allí, bajo la luz de una farola que parpadeaba suavemente. La diferencia entre el bullicio de la ciudad donde ella dormía y la paz absoluta de la montaña de él parecía un abismo, pero la conexión que habían forjado en esa mesa de terciopelo era el puente perfecto.
—Me gustaría ver esas vistas algún día —dijo Marta, con una valentía que ni ella misma sabía de dónde sacaba—. Y comprobar si de verdad se puede hacer deporte sin que nadie te moleste.
Él sonrió, y por primera vez, su mirada bajó descaradamente hacia los labios de ella antes de volver a sus ojos verdes.
—Te tomo la palabra. Pero por ahora... creo que lo primero es que llegues bien a casa. Aunque, si te soy sincero, me cuesta imaginarme el camino de vuelta a mi pueblo sin pensar en todo lo que hemos planeado hoy.
La tensión era máxima. La ciudad rugía a lo lejos, pero para ellos, en ese parking semivacío, solo existía el sonido de sus respiraciones y la promesa de un proyecto que acababa de empezar a puerta cerrada.
Marta se quedó mirando el perfil de él bajo la luz anaranjada de la farola. Lo veía allí, tan alto, tan sereno, pero sabía que el cansancio de un día tan intenso y el efecto del champán no eran los mejores aliados para una carretera de montaña a esas horas de la madrugada.
—¿Y a estas horas vas a conducir tanto? —preguntó ella, frunciendo el ceño con una preocupación genuina—. Además, llevamos cuatro tragos... No sé si es muy prudente irse en estas condiciones, y menos por esas carreteras que me cuentas.
Él abrió la puerta de su coche, pero se detuvo antes de entrar, mirándola por encima del techo del vehículo.
—Si quieres, te puedes quedar a dormir en mi casa y ya mañana pronto te vas, no me importa —continuó ella, tratando de que su voz sonara natural, aunque el corazón le iba a mil por hora—. Puedo llamar a un taxi ahora mismo para que dejes el coche aquí y mañana te acerco.
Él soltó una pequeña risa, una mezcla de timidez y esa autosuficiencia que tanto le caracterizaba. Se pasó la mano por el pelo, mirando hacia el horizonte oscuro donde se suponía que estaban sus montañas.
—Marta... no me conoces de nada —dijo él con suavidad, pero con un brillo de advertencia juguetona en los ojos—. Meterme en tu casa así, a la primera... No sé. Tampoco hemos bebido tanto, estoy bien, y en una hora estoy en casa. Me gusta conducir de noche, es cuando más tranquilo me siento.
Ella dio un paso hacia él, acortando el espacio del parking.
—No te conozco de nada, es cierto —replicó ella, sosteniéndole la mirada con sus ojos verdes—. Pero hoy me he desnudado delante de ti, hemos brindado por un proyecto que nos va a cambiar la vida y me has defendido en un sitio donde me sentía un trozo de carne. Creo que te conozco lo suficiente para saber que no me vas a robar la plata.
Él se quedó callado, sopesando la oferta. La idea de encerrarse en un coche durante una hora de curvas solitarias, con la adrenalina aún fluyendo por sus venas y el recuerdo de la piel de Marta grabado en la retina, empezaba a parecerle mucho menos atractiva que la posibilidad de alargar esa noche.
—Es una oferta muy generosa —admitió él, apoyando el brazo en el marco de la puerta—. Pero mi casa es mi templo y la tuya... bueno, la tuya es tu intimidad. No quiero que te sientas invadida.
—Invadida me sentía en el casting —sentenció ella con una media sonrisa—. En mi casa, mando yo. Y te estoy diciendo que no quiero que te pase nada en esa carretera. Quédate. Tengo un sofá cómodo... o bueno, ya veremos. Pero no te vayas así.
Él cerró la puerta de su coche con un golpe seco. El sonido resonó en el parking vacío como una decisión tomada.
—Vale —dijo él, rindiéndose finalmente—. Me has convencido. Pero con una condición: mañana el café lo pago yo antes de irme.
Marta sonrió, sacando las llaves de su bolso.
—Trato hecho. Sígueme, mi piso está a diez minutos.
Mientras subían a sus respectivos coches, él la miraba por el retrovisor. Sabía que esa noche en la ciudad iba a ser cualquier cosa menos tranquila, y que la montaña podía esperar un día más. La verdadera aventura no estaba en las cumbres, sino en el trayecto que estaba a punto de recorrer hacia el centro de la ciudad, siguiendo las luces traseras de la chica de los ojos verdes.
El trayecto fue rápido, un desfile de semáforos en ámbar y calles casi desiertas que Marta recorrió con la soltura de quien se conoce cada bache de su ciudad. Él la seguía a una distancia prudencial, viendo cómo la silueta de su coche se recortaba contra el asfalto mojado por el riego nocturno. Finalmente, giraron en una calle flanqueada por edificios de fachada clásica y ella señaló una entrada de garaje.
Aparcaron uno al lado del otro. En la penumbra del parking subterráneo, el sonido de los motores al apagarse dejó un silencio denso, cargado de esa expectativa que solo surge cuando sabes que el siguiente paso ya no tiene marcha atrás. Al salir de los vehículos, las miradas volvieron a cruzarse; él, con su presencia imponente y su percha de atleta, parecía llenar el espacio del garaje, mientras ella, con sus ojos verdes brillando en la oscuridad, caminaba con una seguridad nueva.
Subieron en el ascensor. El espacio era pequeño, lo que obligó a que sus cuerpos quedaran a escasos centímetros. El perfume de Marta, ese aroma a vainilla y piel limpia, inundó el cubículo. Él mantenía las manos en los bolsillos, pero sus hombros rozaban la pared del ascensor, tratando de controlar la energía que recorría su espina dorsal. Ella, frente a él, pulsó el botón del quinto piso con un movimiento elegante, sin dejar de mirarle de reojo por el espejo de la cabina.
Al llegar, se oyó el "clic" metálico de la puerta abriéndose. Ella caminó por el pasillo y él la siguió, marcando un ritmo de pasos acompasados. Al llegar a la puerta del piso, Marta insertó la llave y entró primero, dejando la puerta abierta para que él pasara.
—Pasa, no te quedes ahí —dijo ella con una voz suave, dejando las llaves en una consola de cristal—. Bienvenida a mi pequeño refugio.
Él entró, cerrando la puerta tras de sí con un movimiento suave pero definitivo. Se quedó de pie en el recibidor, sintiéndose un gigante en aquel espacio decorado con un gusto exquisito y femenino. La luz del salón estaba tenue, creando un ambiente acogedor. Al quitarse la chaqueta, la silueta de sus hombros anchos y su torso esbelto volvió a dominar la escena.
Marta se giró para mirarlo, apoyando la espalda en la pared del pasillo. Allí estaban los dos, solos, sin cámaras, sin directores y sin contratos.
—Es un sitio muy bonito, Marta —dijo él, bajando la voz mientras recorría el lugar con la vista—. Tiene mucha personalidad. Como tú.
Ella sonrió, acercándose un paso. La timidez del casting se había transformado en una curiosidad eléctrica. Sabían que el sofá estaba cerca, pero también sabían que la verdadera conexión, esa que habían jurado proteger de la explotación ajena, estaba a punto de ponerse a prueba en la intimidad más absoluta.
Marta se movió por el salón con la familiaridad de quien recupera su territorio. Se quitó la chaqueta y la dejó caer con descuido sobre una silla, revelando de nuevo sus brazos atléticos y la curva de su espalda. Fue directa a la cocina americana, integrada en el salón, y encendió el hervidor.
—Me voy a preparar un té para bajar un poco el champán —dijo, sacando dos tazas de cerámica—. ¿Te pongo algo a ti?
Él se había quedado apoyado en el marco de la puerta que dividía el pasillo del salón, observándola. La luz cálida de las lámparas de pie subrayaba su silueta esbelta. Al oír la pregunta, una chispa de picardía, ya sin el freno del casting, asomó a sus ojos.
—Me pones mucho... —susurró él, con una voz tan grave y profunda que pareció hacer vibrar el aire entre los dos.
Marta se quedó congelada un segundo con la caja de té en la mano, sintiendo un escalofrío que le recorrió toda la columna. Él, al ver su reacción, soltó una risita nerviosa y sacudió la cabeza.
—Es broma, es broma, jaja... perdona —añadió rápidamente, volviendo a su tono caballeroso—. Sí, sí... ponme otro a mí, por favor, si no te importa. El té me vendrá bien.
Marta soltó el aire que estaba reteniendo y rió, tratando de disimular que el pulso se le había disparado.
—Qué tonto eres... me has dejado seca.
Mientras el agua empezaba a borbotear, él se acercó al salón y puso una mano sobre el respaldo del sofá de tela gris.
—Este sofá tiene muy buena pinta, Marta. Estaré aquí de lujo, de verdad. La verdad es que estoy reventado, ha sido un día de locos.
—Antes de que te desmayes ahí, deja que te enseñe esto —dijo ella, guiándole por el pequeño pasillo—. Es pequeñita, pero me encanta. Es mi sitio.
Le enseñó el baño, un pequeño estudio lleno de libros y, finalmente, su habitación. Era una estancia amplia donde dominaba una cama de dimensiones considerables.
—Vaya cama... —comentó él, impresionado por el tamaño—. ¿Esperas visitas a menudo o qué?
—No —respondió ella rápidamente, girándose para mirarlo—. Solo porque me gusta más así, me gusta tener espacio. No es porque la ocupe nadie, créeme. Duermo sola desde hace mucho.
Volvieron al salón con las tazas humeantes entre las manos. Él se sentó en un extremo del sofá y ella en el otro, encogiendo las piernas bajo su cuerpo. El silencio ahora era cómodo, sin presiones.
—Vaya día... qué raro ha sido todo —reflexionó él, mirando el vapor que salía de su taza—. No esperaba para nada este giro de los acontecimientos.
—¿Y lo dices por mal? —preguntó ella, entornando sus ojos verdes, buscándole la mirada.
—Para nada —sentenció él con firmeza—. Ha sido intenso... Me ha encantado. Ha sido raro y muy... muy diferente a lo que pensaba. Cuando salí esta mañana de mi casa hacia la ciudad, pensaba que iba a ser un trámite frío, algo de negocios. No esperaba encontrarme con alguien así, como tú. Alguien que piensa, que siente... y que me hace sentir así.
Marta bajó la mirada hacia su taza, con una sonrisa pequeña y auténtica.
—La verdad es que sí... yo también pensaba que sería otra cosa. Pero me alegro de que el destino nos haya puesto ese casting de excusa.
Se quedaron un momento callados, escuchando el lejano rumor de la ciudad tras los cristales, sabiendo que en ese pequeño salón se estaba cocinando algo mucho más real y potente que cualquier guion de OnlyFans. Él la miró de reojo, apreciando de nuevo su belleza natural, y ella sintió que el sofá, por muy grande que fuera, empezaba a quedarse pequeño para la atracción que sentían.
Él dejó la taza sobre la mesa de centro con un movimiento lento, sin apartar la vista de ella. La luz de la lámpara dibujaba sombras suaves en su rostro, dándole un aire todavía más misterioso y atractivo. Se recolocó en el sofá, girándose un poco hacia ella, y dejó que su brazo descansara sobre el respaldo, reduciendo esa distancia invisible que aún los separaba.
—Sigo dándole vueltas a la cabeza de por qué alguien como tú no tiene pareja... —soltó él, con un tono que mezclaba la curiosidad genuina con esa ironía juguetona que empezaba a ser su lenguaje común—. ¿Qué escondes, Marta? ¿Eres verde por dentro? ¿Eres un alienígena? —bromeó, soltando una pequeña carcajada que iluminó su rostro.
Marta soltó una risa suave, negando con la cabeza mientras jugaba con el borde de su taza de té. Sus ojos verdes brillaron con una intensidad especial bajo la luz tenue.
—¿Verde por dentro? —repitió ella, siguiéndole el juego—. Pues mira, viendo mis ojos, igual algo de marciana sí que tengo. Pero no, no escondo ningún cadáver en el armario, te lo prometo.
Se quedó un momento en silencio, buscando las palabras exactas, y su expresión se volvió un poco más seria, más honesta.
—La verdad es que... me cuesta. Me cuesta mucho que la gente pase de la fachada. Los tíos se quedan en lo que han visto hoy las tres de la agencia. Ven el cuerpo, ven la cara, y creen que ya lo saben todo de mí. Se montan su propia película y, cuando ven que soy una chica que prefiere quedarse en casa leyendo o tomando un té antes que estar en todos los saraos, se aburren. O peor, intentan cambiarme.
Él la escuchaba con una atención casi magnética, asintiendo levemente. Sabía perfectamente de qué hablaba.
—Supongo que me he vuelto muy selectiva —continuó ella, mirándole fijamente—. Prefiero estar sola en mi cama gigante, aunque me sobre sitio, que estar con alguien que solo quiere presumir de mí como si fuera un trofeo. Busco a alguien que... bueno, que me defienda de los "feos" de la vida, como has hecho tú hoy.
Él sonrió de forma casi imperceptible, con una ternura que contrastaba con su físico imponente.
—Te entiendo mejor de lo que crees —dijo él, bajando la voz—. A veces, tener un físico que llama la atención es como una maldición. La gente deja de preguntarse quién eres porque creen que la respuesta ya está a la vista. Por eso me gusta mi montaña. A los árboles les da igual cómo sea mi percha o lo que mida mi... bueno, ya sabes. Allí soy solo yo.
Marta dejó la taza en la mesa y se acercó un poco más a él en el sofá, rompiendo la barrera del espacio personal. El ambiente se volvió eléctrico de nuevo.
—Pues me alegra que hoy no te hayas quedado en tu montaña —susurró ella—. Y me alegra que seas tú el que está sentado en mi sofá preguntándome si soy verde por dentro.
Él sintió cómo el calor le subía por el cuello. Tener a Marta así de cerca, en la intimidad de su casa, con ese olor a té y vainilla, y sabiendo que ambos estaban buscando lo mismo —alguien real—, era una tentación casi insoportable. Su cuerpo, ese que había dejado mudas a las expertas de la agencia, empezaba a reaccionar de nuevo ante la cercanía de la morena, recordándole que, aunque fueran dos almas solitarias, también eran dos seres cargados de una química explosiva.
Marta dejó su taza sobre la mesa y se giró por completo en el sofá, apoyando la mejilla sobre su mano. Se quedó hipnotizada por un instante, observando de cerca los ojos de él: eran de un azul cristalino, casi gélidos, pero tenían una corona amarillenta alrededor de la pupila que les daba una profundidad felina, salvaje y extrañamente acogedora al mismo tiempo.
—Y tú... —susurró ella, sin apartar la mirada—. ¿Por qué alguien como tú también está solo? Porque, vamos a ver, con esa cara y ese... "empaque", cuesta creerlo. ¿Acaso eres un maníaco o un bicho raro cuando sale a flote tu personalidad? ¿Escondes algún secreto oscuro en esa montaña tuya?
Él soltó una sonrisa melancólica, mirando el fondo de su propia taza antes de volver a clavar sus ojos bicolores en los verdes de ella. Se recostó en el sofá, dejando que su cuerpo se relajara, aunque su presencia seguía llenando la estancia.
—No encajo en el mundo de ahora, creo... —respondió él con una sinceridad que desarmaba—. Me siento como un anacronismo. No me va la fiesta, no me va el ruido de la ciudad... me agota el postureo de las redes sociales donde todo es fachada. El mundo de hoy va demasiado rápido para mí, todo es usar y tirar, incluso las personas.
Hizo una pausa, y su mirada se volvió un poco más intensa, casi protectora.
—Y tampoco me gusta cualquiera, Marta. Me he acostumbrado tanto a mi propia compañía y a la paz de mi casa que, para dejar entrar a alguien en mi vida, tiene que ser alguien que me aporte más que ese silencio. Alguien que tenga algo de verdad bajo la piel. Hoy en día, la gente se asusta si no quieres salir un sábado por la noche o si prefieres quedarte viendo cómo llueve en la montaña.
Marta asintió, sintiendo que cada palabra de él resonaba en su propio interior. No era un "bicho raro" por defecto, sino por elección; era un hombre que valoraba la esencia por encima del ruido.
—Así que no soy el único que se siente un poco fuera de lugar —comentó ella con una sonrisa tierna—. Me gusta eso de que no te guste cualquiera. Me hace sentir... especial que estés aquí sentado conmigo.
—Es que eres especial —sentenció él, acortando un poco más la distancia en el sofá—. No sé si es por este giro del destino o por el champagne, pero es la primera vez en mucho tiempo que no tengo ganas de salir corriendo hacia mi montaña para estar solo.
La luz del salón, cada vez más tenue, parecía envolverlos en una burbuja. Él la observaba con esa mezcla de dulzura y potencia contenida, y Marta se dio cuenta de que aquel "bicho raro" era, precisamente, el único hombre que hablaba su mismo idioma.
—Pues... —dijo ella, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo—, creo que los dos somos un par de bichos raros que han tenido la suerte de tropezar en el sitio más inesperado del mundo.
Él sonrió, y por un momento, sus ojos azules y amarillos brillaron con una determinación nueva. Estaban solos, en silencio, y la ciudad exterior parecía haber desaparecido por completo.
Marta se recolocó en el sofá, cruzando las piernas y mirándolo con una mezcla de curiosidad intelectual y una chispa de picardía. El contraste entre la personalidad reflexiva que él mostraba y el lugar donde se habían conocido —un casting de contenido adulto— era demasiado grande como para no profundizar en ello.
—Oye... hay algo que no me cuadra —empezó ella, entornando los ojos—. ¿En qué momento pensaste que lo del casting era buena idea? Con todo lo que me cuentas, cuesta creer que tomaras esa iniciativa tú solo. Tu timidez, tu gusto por la soledad, esa paz de la montaña... Entiendo que es un mundo que está totalmente fuera de tu zona de confort. Y, por qué no decirlo, es un sector que mucha gente liga a la "mala vida", o al menos a algo poco espiritual. ¿Qué se te pasó por la cabeza?
Él bajó la mirada hacia sus manos, que jugueteaban con el borde de la taza vacía. Se hizo un silencio largo, uno de esos silencios donde se siente que la respuesta viene de un lugar muy profundo y honesto. Soltó un suspiro pesado y levantó la vista hacia ella, con sus ojos azules y amarillos mostrando una vulnerabilidad absoluta.
—Pues no lo sé... No lo sé, la verdad —confesó con la voz algo más ronca—. Casi hasta me avergüenza pensarlo ahora que estoy aquí contigo. Supongo que fue una mezcla de curiosidad y... no sé, impulsividad. El sexo, el morbo... supongo que esa parte de mí que es puramente física quería ponerse a prueba.
Hizo una pausa y se pasó la mano por la nuca, un poco incómodo pero decidido a ser sincero.
—A veces, cuando vives tan solo, te preguntas si estás desperdiciando algo. Sabía que tenía... bueno, que tenía condiciones para esto, y por un momento pensé: "¿Por qué no?". Pensé que sería algo mecánico, entrar, grabar y salir con el dinero. Pero en cuanto llegué allí y sentí ese ambiente tan frío, me di cuenta de que me había equivocado de sitio. —La miró fijamente—. Hasta que apareciste tú. Si tú no hubieras estado en esa sala, yo habría durado cinco minutos antes de pedir perdón y largarme por donde he venido.
Marta sonrió, enternecida por la confesión. Le gustaba que no intentara ir de tipo duro o de "profesional" del sector, sino que admitiera que el morbo y la curiosidad humana lo habían llevado allí, igual que a ella.
—Entiendo lo que dices —dijo ella en un susurro—. El morbo es un motor muy potente, incluso para los que parecemos más tranquilos. Pero tienes razón, aquello olía a negocio frío desde la puerta.
—Es que no quería que me vieran como un objeto —continuó él—. Y lo más irónico de todo es que, buscando ese "morbo", lo que he acabado encontrando es a alguien con quien puedo hablar de estas cosas a las tres de la mañana en un sofá. Es el giro más extraño de mi vida, te lo aseguro.
La tensión entre los dos cambió de frecuencia. Ya no era solo la atracción física por lo que habían visto desnudo el uno del otro; era la fascinación por haber encontrado a alguien que, a pesar de sus cuerpos imponentes, tenía las mismas dudas y los mismos miedos sobre exponer su intimidad al mundo.
Marta arqueó una ceja y se inclinó hacia delante, dejando que el silencio creciera entre ellos. El ambiente en el salón era tan íntimo que cualquier mínima vibración se sentía como un trueno. Ella lo escrutó con esos ojos verdes que parecían leerle el alma, buscando cualquier rastro de duda.
—A ver si lo he entendido bien... —soltó ella con una sonrisa ladeada, entre juguetona y desafiante—. ¿Entonces lo de hacer algo nosotros por nuestra cuenta ha sido solo una excusa para venir aquí? ¿Un movimiento maestro para que no me fuera de aquel parking?
Se acercó un poco más, invadiendo ese último espacio de seguridad que quedaba entre los dos.
—¿Realmente no lo piensas? —insistió, bajando la voz—. ¿O es que el "bicho raro" de la montaña es, en realidad, un estratega increíble que sabía perfectamente qué decir para terminar en mi sofá a estas horas?
Él se quedó de piedra un segundo, sorprendido por la franqueza de ella. Miró la taza vacía y luego volvió a esos ojos esmeralda, esta vez con una expresión mucho más seria, casi solemne. El aire parecía haber recuperado la carga eléctrica del casting, pero sin la suciedad de la agencia.
—Marta, te aseguro por lo que más quieras que no es ninguna estrategia —respondió él, y su voz sonó más profunda que nunca—. Lo dije de verdad. En el momento en que nos vimos allí desnudos, analizados por esas mujeres, sentí que teníamos algo que ellos no podían comprar ni dirigir. Fue un impulso de protección, sí, pero también de ambición. Ambición de que, si alguien va a disfrutar de esto, seamos nosotros y no ellos.
Hizo una pausa, y su mirada bajó por un instante a los labios de Marta antes de volver a sus ojos.
—Venir aquí... bueno, eso ha sido un regalo que no esperaba. Pero lo del proyecto va en serio. No te mentiría con algo así solo para entrar en tu casa. No soy ese tipo de hombre. Si te propuse hacerlo juntos es porque, sinceramente, no me imagino haciéndolo con nadie más. Después de verte a ti, cualquier otra opción me parece... vacía.
Marta sintió un vuelco en el estómago. La sinceridad de él era tan contundente como su físico. No había rastro de mentira, solo una determinación que la asustaba y la atraía a partes iguales.
—Vaya... —susurró ella, relajando los hombros—. Pues me dejas más tranquila. Y un poco más nerviosa a la vez, si te soy sincera. Porque eso significa que esto no acaba cuando salga el sol mañana.
Él sonrió de forma casi imperceptible, estirando un dedo para rozar apenas la mano de ella, que descansaba sobre el sofá.
—Mañana solo es el día uno, Marta. Si tú quieres, claro.
Él se echó un poco hacia atrás, dejando que la espalda se hundiera en el sofá mientras procesaba la magnitud de lo que acababa de proponer. Su mirada, esa mezcla de azul y amarillo que tanto fascinaba a Marta, se perdió un momento en el techo del salón, como si estuviera visualizando un mapa que aún no existía.
—También te digo una cosa, Marta —continuó él, volviendo a mirarla con una honestidad casi brutal—. No tengo ni idea de cómo hacerlo. No sé cómo se empieza un canal, ni cómo funciona la plataforma por dentro, ni qué luces hay que comprar... nada. Pero tengo claro que, si los dos pensamos igual y tenemos la misma visión, nos lo podemos pasar muy bien. Y si nos lo curramos y somos constantes, con lo que tenemos nosotros dos... el éxito está asegurado.
Marta asintió, sintiendo que esa idea, que hace una hora parecía una locura, empezaba a cobrar una forma sólida y emocionante. Pero había una barrera, un muro que ambos sabían que existía pero que no habían nombrado hasta ese preciso instante.
Fue una sincronía perfecta. Como si sus pensamientos hubieran chocado en medio del salón, ambos abrieron la boca al mismo tiempo y soltaron la misma frase, con la misma urgencia:
—...pero sin que se nos vea la cara.
Se quedaron mirándose, sorprendidos por la coincidencia exacta de sus palabras. Él soltó una carcajada de alivio y ella se echó a reír, tapándose la boca con la mano.
—¡Joder! —exclamó él, riendo todavía—. Veo que estamos en la misma página al cien por cien.
—Es fundamental —sentenció Marta, ya más seria—. Mi cara es mi identidad, es lo que ven mis vecinos, mi familia... No quiero que el mundo sepa quién soy por eso. Pero mi cuerpo... eso es otra cosa. Eso puede ser arte, puede ser misterio.
—Exacto —coincidió él, con los ojos brillando de entusiasmo—. El anonimato nos da libertad total. Podemos ser quienes queramos sin que nadie nos juzgue cuando vayamos a comprar el pan. Además, hay algo mucho más potente en el misterio, ¿no crees? Que la gente se imagine quiénes somos. Solo nosotros sabremos quién es la chica de los ojos verdes y quién es el tipo de la montaña.
—Me gusta —susurró ella, acercándose un poco más—. Un proyecto secreto. Una marca propia. Tú, yo, y una cámara que solo grabe lo que nosotros queramos mostrar.
Él la miró, y por un momento la idea del trabajo y el dinero pasó a un segundo plano. Estar allí, compartiendo ese secreto antes incluso de que naciera, los unía más que cualquier contrato firmado con sangre. La complicidad era tan alta que el sofá parecía haber encogido; estaban a un solo movimiento de distancia, dos "bichos raros" que acababan de pactar su propia libertad en mitad de la noche.
La penumbra del salón se volvió aún más densa, envolviéndolos en una calidez que nada tenía que ver con la calefacción. Marta dejó la taza vacía sobre la mesa, un sonido seco que pareció marcar el final de las palabras y el inicio de algo más profundo. Se giró hacia él, encogiendo las piernas, y le buscó la mirada con una vulnerabilidad que le encogió el corazón.
—La verdad es que estoy tan a gusto aquí contigo... que se me ha quitado hasta el cansancio —susurró ella, y su voz tembló un poco—. Es una sensación extraña. Como has dicho antes, no te conozco de nada, pero... no me quiero separar de ti. No sé qué me pasa.
Él la miró fijamente, con esos ojos azules y amarillos que parecían atravesar cualquier defensa. En ese silencio absoluto, Marta sintió que el peso de todo el día —la frialdad del casting, el miedo a ser un objeto, la soledad de su cama grande— caía de golpe sobre ella. Sin poder evitarlo, una lágrima solitaria se escapó y rodó por su mejilla.
—Uy... —exclamó él con una ternura infinita.
No lo pensó. Se acercó a ella en un movimiento fluido y la rodeó con sus brazos largos y fuertes, atrayéndola hacia su pecho. Marta se hundió en ese abrazo, sintiendo la solidez de sus hombros y el latido rítmico de su corazón. Él se echó un poco hacia atrás, sin soltarle las manos, y le obligó a levantar la cara para mirarla de frente.
—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? —le preguntó con una preocupación genuina—. ¿Qué pasa, Marta?
Ella bajó la vista al suelo un segundo, abrumada por la intensidad de tenerlo tan cerca, sintiendo el calor de sus manos grandes apretando las suyas. Se limpió la mejilla rápidamente con el hombro, volvió a clavar sus ojos verdes en los de él y vio algo allí que la desarmó por completo: no había juicio, ni hambre depredadora; solo una comprensión absoluta.
Marta no respondió con palabras. Se acercó lentamente, centrímetro a centímetro, sintiendo cómo el aire entre sus labios quemaba. Él no se movió, manteniendo la respiración contenida, hasta que ella acortó la distancia final y le besó.
Fue un beso suave al principio, cargado de todo lo que no habían dicho, pero que rápidamente se volvió intenso, impulsado por la química brutal que llevaban horas reprimiendo. Al separarse, Marta se echó hacia atrás bruscamente, con el pecho subiendo y bajando con fuerza.
—¡Dios! Lo siento, perdona... —balbuceó ella, cubriéndose la boca con la mano, con el rostro encendido—. Me he dejado llevar. De verdad, perdóname... no quería que pensaras que...
Se quedó mirándolo, asustada por su propia audacia, mientras él permanecía en silencio, con los labios todavía entreabiertos y la mirada fija en ella, procesando el sabor de un beso que acababa de cambiar las reglas de todo su "proyecto".
Él sintió cómo el corazón le golpeaba contra las costillas, pero al verla a ella tan vulnerable, tan asustada por su propia reacción, su instinto de protección se impuso a la tormenta que el beso había desatado en su interior. Con una suavidad que contrastaba con su envergadura, volvió a rodearla con sus brazos, atrayéndola de nuevo hacia el hueco de su cuello.
—Tranquila... tranquila —le susurró al oído, dejando que su voz grave actuara como un sedante—. Solo estamos hablando mucho... el alcohol, jeje. No te preocupes, de verdad.
Intentaba restarle importancia con esa risilla nerviosa, pero por dentro estaba conmocionado. El contacto de los labios de Marta —carnosos, suaves, pero con una firmeza que denotaba carácter— le había provocado un estremecimiento que no recordaba haber sentido nunca. No era el morbo profesional del casting; era una descarga eléctrica, real y peligrosa.
Marta se separó apenas unos centímetros, lo justo para buscar de nuevo sus ojos. El rímel se le había corrido un poco, dándole un aire todavía más humano y hermoso.
—Me encantan tus labios... —soltó ella en un suspiro, casi sin ser consciente de que lo decía en voz alta. Se quedó hipnotizada, atrapada en esa mirada azul y amarilla que parecía leerle hasta el último pensamiento—. ¿Por qué me miras así? ¿Qué me estás haciendo? ¿Es brujería?
Mientras lo decía, una nueva lágrima resbaló por su mejilla. No era una lágrima de tristeza, sino de esa saturación emocional que surge cuando encuentras a alguien que te desarma por completo.
Él, que siempre se había sentido seguro de su físico, se sintió de repente como un niño pequeño descubierto en una travesura. La pregunta de ella —¿qué me estás haciendo?— le golpeó de lleno. Por primera vez en la noche, el chico de la montaña, el tipo duro que no pasaba por el aro de las agencias, perdió el escudo.
Se puso rojo de inmediato, un rubor que subió desde el cuello hasta las mejillas, haciéndolo parecer mucho más joven y vulnerable. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. No sabía qué decir porque él mismo se estaba haciendo la misma pregunta. ¿Qué le estaba pasando? ¿Cómo era posible que una desconocida le hiciera sentir que su soledad en la montaña era, de repente, el lugar más vacío del mundo?
Se quedó allí, sosteniéndole las manos, con la cara encendida y el corazón a mil, simplemente dejando que el silencio del salón confirmara que, fuera brujería o no, estaban irremediablemente perdidos el uno en el otro.
Marta, conmovida por ese rubor tan honesto que él no podía ocultar, sintió que cualquier resto de barrera entre ellos se terminaba de desmoronar. Se acercó de nuevo, esta vez con una lentitud deliberada, y rodeó su cuello con los brazos, hundiéndose en su pecho. A esa distancia, casi a la misma altura, podía sentir el calor de su piel y la fuerza contenida de su cuerpo.
—Me ha encantado conocerte —susurró contra su cuello—. Eres súper especial. De verdad, no esperaba que alguien como tú existiera.
Él la estrechó contra sí, apoyando la barbilla en su hombro. El silencio en el salón era total, roto solo por el tic-tac de un reloj lejano. Marta se separó un poco, rompiendo el abrazo pero manteniendo sus manos sobre los hombros de él. Lo miró con una mezcla de cariño y sentido común.
—Bueno... habrá que descansar algo —dijo, intentando recuperar un poco la compostura—. Mañana tienes un viaje que hacer e imagino que obligaciones. No vas a dormir nada a este paso.
Echó un vistazo al reloj de la pared. Eran las 4:30 de la madrugada. El tiempo se había evaporado entre confidencias, confesiones y ese beso que aún les quemaba en los labios.
Él la miró con una media sonrisa, esa que le nacía cuando se sentía realmente cómodo. Sus ojos azules y amarillos parecían brillar más con la luz de la madrugada.
—La verdad es que no es que tenga mucho sueño... —admitió él, bajando el tono de voz hasta que fue casi un secreto—. Y mañana tampoco tenía grandes planes, la verdad. Mi montaña me espera, pero no tiene reloj.
Se quedaron así, de pie en mitad del salón, a escasos centímetros el uno del otro. Marta sentía que la cama grande de su habitación, esa que siempre le había parecido el lugar más solitario del mundo, hoy se sentía demasiado lejos y, a la vez, demasiado tentadora. La tensión ya no era solo por el cansancio o el alcohol; era la consciencia plena de que ninguno de los dos quería que esa noche terminara con un "buenas noches" en el sofá.
—Yo tampoco tengo prisa por que te vayas —confesó ella, bajando la mirada a las manos de él—. Pero el sofá se me hace poco para alguien que me ha salvado el día.
Él le apretó las manos con suavidad, dándose cuenta de que el "proyecto" que habían planeado hacía apenas una hora ya estaba ocurriendo, pero sin cámaras, sin guiones y con una verdad que los sobrepasaba a ambos.
Marta no esperó a que él respondiera. Con un movimiento decidido, entrelazó sus dedos con los de él y tiró suavemente para levantarle del sofá. Él, dejándose guiar por esa pequeña mano que ahora mandaba sobre su voluntad, se puso en pie. Caminaron por el pasillo en un silencio cargado de electricidad, hasta llegar al umbral de la habitación, donde la luz de la calle se filtraba entre las persianas dibujando líneas de sombra sobre la cama.
—La cama es enorme —dijo ella, señalando el colchón con un gesto de barbilla—. Tú aquí y yo allí. Hay sitio de sobra para los dos. Ese sofá engaña... para una siesta está bien, pero si duermes más, seguro que te levantas doblado.
Al decir esto último, Marta le lanzó un guiño cargado de picardía. No era un guiño sexual explícito, sino una señal de inteligencia compartida: ella sabía que él no era "solo un cuerpo", pero también era plenamente consciente de que ese cuerpo, de proporciones atléticas y potencia evidente, necesitaba un espacio real para descansar. Era su forma de decirle que no tenía por qué sufrir en un sofá estrecho solo por protocolo, y que ella se sentía lo suficientemente segura a su lado como para compartir su espacio más íntimo.
—¿Seguro? —preguntó él, deteniéndose en el borde de la alfombra. Sus ojos azules y amarillos brillaban con una mezcla de respeto y una duda razonable.
Marta soltó una risita, girándose para quedar frente a él, casi a la misma altura.
—¿No te fías de ti? —le soltó ella con una ceja arqueada—. ¿O es que no te fías de mí?
Él sintió que el rubor volvía a asomar por su cuello. La franqueza de Marta era un arma de doble filo que le encantaba y le desarmaba a partes iguales. Era imposible ganar un duelo de palabras con ella.
—Vale, vale... —cedió él, levantando las manos en señal de rendición pacífica—. Yo aquí.
Se sentó en el borde de la cama, probando la firmeza del colchón. Por un momento, el peso de todo lo vivido —el casting, la rabia, el brindis y ese beso inesperado— pareció condensarse en ese dormitorio silencioso. Estaban a punto de dormir juntos, dos desconocidos que se habían reconocido entre la multitud, unidos por un pacto de anonimato y una atracción que ya no podían negar.
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