Marta - El encuentro
Elena dio un paso adelante, dejando la cámara a un lado por un momento para hablar con una profesionalidad descarnada. Su mirada era clínica, pero no por ello menos intensa.
—Mirad, chicos, lamento ser así de directa —dijo Elena, ajustándose el pelo—, pero es la realidad de este negocio. El público que manejamos es exquisito y busca la perfección visual. Hay pezones y pezones... vaginas y vaginas... y pollas y pollas. No nos sirve cualquier cosa.
Sonia asintió, dándole la razón. La tensión en la sala se volvió tan espesa que casi se podía cortar.
—Marta, por favor —continuó Elena—, necesitamos ver tus pechos. Quítate el sujetador.
Marta, con las manos temblando ligeramente por la mezcla de frío y adrenalina, se desabrochó el encaje. Al caer la prenda, el aire pareció detenerse. Sus pechos eran una maravilla: firmes, altos y con una piel de porcelana. Pero lo que llamó la atención de todas fueron sus pezones. Eran de un tono rosado muy clarito, coronados por unas aureolas perfectas, y estaban completamente puntiagudos y duros como piedras debido a la excitación que la morena ya no podía ocultar.
—Vaya... ¿estás muy excitada, Marta? Tienes unos pezones muy sexis —comentó Sonia, acercándose para apreciar la simetría. Luego, bajó la voz—. Ahora quítate el tanga. Necesitamos ver tu parte más íntima.
Marta deslizó la fina tira de seda por sus caderas, dejándola caer. Al quedar totalmente desnuda, reveló una vagina perfecta, totalmente rasurada y de un color rosado muy claro, casi infantil. Era una zona "apretada", con los labios menores recogidos, sin nada que colgara, lo que en el sector llaman una joya "a estrenar". Debido a la situación, estaba ligeramente entreabierta y visiblemente húmeda, brillando bajo el foco.
—Vaya... —exhalaron las tres mujeres a la vez.
—¿Qué tal, guaperas? ¿Qué te parece Marta? —le preguntó Sonia al chico, que no apartaba los ojos de la morena. Él tragó saliva, incapaz de articular palabra mientras su pecho subía y bajaba. —Ahora te toca a ti. Muéstranos tu... pene. Hace un rato que vemos que estás bastante "alegre"... ¿Te importa?
Él, con un movimiento decidido, se bajó el bóxer. El impacto fue sísmico. Al quedar libre, su miembro dio un latigazo hacia arriba, golpeando casi contra su vientre.
—¡Uau! ¡Joder, colega! —soltó Marta, olvidándose de su propia desnudez y fijando la vista en aquel monumento.
Era una pieza imponente. Totalmente recta y perfectamente rasurada, con una cabeza rotunda y una piel tensa que dejaba adivinar una dureza extrema. Tenía una levísima inclinación hacia la izquierda, casi inapreciable, que le daba un carácter orgánico y auténtico. Elena sacó una cinta métrica de su bolsillo y, con manos expertas, midió desde la base.
—Diecinueve centímetros exactos —sentenció Elena—. Y con una inclinación de perfil perfecta. Está extremadamente dura.
—Menuda polla... —murmuró la directora, sin poder apartar la vista—. Menuda pedazo de polla.
Sonia dio un paso más, atraída por la potencia que emanaba de él.
—¿Te parece mal si la toco? —preguntó con voz ronca. Él negó levemente con la cabeza. Sonia deslizó dos dedos por la parte inferior, desde los testículos hasta el glande. Fue un toque sutil, solo para comprobar la densidad del tejido. —Madre mía, estás hiper cachondo. Ni con tres tías delante te achantas, me encanta. Es bestial.
En ese momento, al sentir el contacto y la mirada de Marta, el miembro del chico dio un nuevo latigazo de pura energía.
—¿Qué te parece ella? —le preguntaron a él.
—Me parece... impresionante —respondió, y su polla volvió a saltar como si quisiera enfatizar sus palabras.
—¿Y a ti él, Marta? —preguntó Elena, mientras capturaba por fin las primeras imágenes de ambos desnudos.
Marta se pasó la mano por el pelo, echándose los mechones hacia atrás y mirando al chico de arriba abajo con un hambre que ya no tenía nada de timidez.
—Me parece impresionante. Muy impresionante. Guapo, dulce y potente... —Marta sonrió de forma traviesa hacia Sonia—. Me lo quedo.
Al oír eso, la polla de él volvió a vibrar con un latigazo final, marcando el inicio de lo que prometía ser la colaboración más explosiva que la agencia hubiera visto jamás.
La tensión profesional volvió a ocupar el centro de la sala, aunque el aire seguía cargado con el rastro de la excitación reciente. Sonia y Elena, satisfechas con el material visual y la química evidente, comenzaron a recoger sus cosas mientras daban por finalizada la parte física del casting.
—Podéis vistiros —dijo Sonia con una sonrisa—. Ya hemos visto lo que necesitábamos. Ahora, la pregunta final: después de este primer contacto, ¿estaríais dispuestos a trabajar como pareja estable para la agencia?
Él no paraba de mirarla. Mientras se ponía el bóxer y los pantalones, sus ojos seguían fijos en la silueta de Marta, que se movía con una gracia felina mientras recuperaba su lencería. Él tenía un plan trazado en su mente, algo que iba más allá de firmar un contrato en ese despacho frío.
—Yo... me lo tengo que pensar —dijo él, sorprendiendo a las presentes.
—¿Ah, sí? —Marta le miró un segundo, arqueando una ceja—. Yo por mi parte digo que sí. Me he sentido muy cómoda.
Él continuó, con una madurez que imponía respeto.
—Es que esto, cuando se publica, no hay retorno. Es una decisión que quiero meditar bien. Me encanta la idea, por eso estoy aquí, pero es un paso importante. —Miró a Marta, que ya estaba casi vestida, con una mirada cómplice que solo ella podía descifrar—. No es falta de ganas, es responsabilidad.
Marta, captando algo en la intensidad de su mirada, modificó su respuesta casi al instante, contagiada por esa cautela.
—Ya, es verdad... eso sí. Esto es para siempre —reflexionó ella, deteniéndose con la camisa a medio abotonar—. Si un día tengo hijos y tal... Uy, no sé. Me encanta la idea también y lo tengo casi claro, pero prefiero enviaros una respuesta un poco más adelante. Ha sido un placer conoceros y me llevo una GRAN experiencia.
La directora asintió con total comprensión.
—Claro, no es problema. Es una decisión difícil por la que hemos pasado todos al iniciarnos. Nos encantaría contar con vosotros, sois una pareja de diez, pero la decisión es vuestra y no estáis comprometidos a nada.
Marta le miraba a él un poco extrañada mientras caminaban por el pasillo hacia la salida. ¿Por qué había frenado de golpe si hace un momento su cuerpo decía otra cosa?
Al salir al parking, el aire fresco de la tarde les golpeó la cara. El silencio entre ambos era vibrante. Cada uno se dirigió a su coche, pero justo cuando ella iba a abrir la puerta del suyo, él la llamó con voz firme.
—¡Marta! —Ella se giró, con el corazón dándole un vuelco—. ¿Te importa tomar algo conmigo?
Marta no pudo evitar que se le escapara una sonrisa radiante. El "plan" de él empezaba a cobrar sentido.
—¡Claro! Sí, sí, sí. Claro —respondió ella con un entusiasmo que no pudo disimular.
—Mira, sígueme con tu coche —le dijo él, señalando hacia la salida del recinto—. Aparcamos allí abajo y te llevo a un sitio chulo que conozco en el mío. Así hablamos de verdad, sin cámaras delante.
—Genial, te sigo —contestó ella, entrando en su coche con la sensación de que la verdadera audición acababa de empezar.
Marta arrancó el motor, viendo cómo el coche de él se ponía en marcha. Lo seguía de cerca, observando su silueta a través del cristal. Sabía que aquel chico tímido y dulce, que escondía una potencia capaz de dejar muda a una agencia entera, tenía mucho más que enseñarle en la intimidad de ese "sitio chulo" que en cualquier set de rodaje.
Llegaron a un rincón escondido de la ciudad, un pequeño local con grandes ventanales que daban a un jardín interior iluminado con pequeñas luces de verbena. El sitio era sereno, minimalista y muy cálido, con sillones de terciopelo que parecían abrazarte. De fondo, sonaba un jazz suave, casi un susurro, que lograba que el ruido del mundo exterior desapareciera por completo.
—Has acertado de pleno —dijo Marta, hundiéndose en el sillón y soltando un suspiro de alivio—. Parece que me conoces de toda la vida. Odio los sitios con música alta donde hay que gritar para decir un "hola".
Él sonrió, pidiendo dos copas de vino blanco frío. El ambiente era tan relajado que la timidez del casting empezó a transformarse en una complicidad magnética.
—Cuéntame, Marta... ¿Qué hace una chica como tú, con ese aire de modelo, buscando una agencia de este tipo? ¿Es solo por el dinero o hay algo más?
—Un poco de todo —respondió ella, mirando el reflejo de las luces en su copa—. Siempre me ha gustado que me miren, no te voy a mentir. Pero me cansé de la moda convencional; es fría, vacía. Aquí sentí que podía ser dueña de mi propia sensualidad. ¿Y tú? Un chico tan reservado y... con esa presencia...
—Necesidad y curiosidad —admitió él—. Pero cuando te vi entrar, supe que si lo hacía, tenía que ser con alguien que me hiciera olvidar que hay una cámara delante.
De repente, ella se llevó la mano a la cara con un gesto de cansancio simpático.
—Oye... ¿te importa si me quito las lentillas? Llevo horas con ellas y ya me molestan, jejeje.
—Claro, faltaría más —rio él.
Marta se acercó un pequeño espejo de su bolso y, con destreza, se quitó las lentes de contacto de color negro que le habían pedido en la agencia para "dar un perfil más racial". Al parpadear y recuperar su mirada natural, el chico se quedó mudo. Tenía unos ojos verdes cristalinos, profundos y brillantes, que bajo la luz tenue del local parecían dos esmeraldas.
—¡Uau, vaya ojos! —exclamó él, genuinamente impresionado—. ¿Es que no tienes nada normal? ¿Es todo en ti tan espectacular?
Marta se puso roja como un tomate, bajando la mirada mientras jugaba con el posavasos.
—Me dijeron en otra agencia que los ojos negros daban un aire más misterioso para este tipo de contenido, pero a mí me gustan los míos. Me siento más... yo.
Él se inclinó hacia adelante, rompiendo la distancia de seguridad.
—Te sientan mil veces mejor. Son increíbles. Pero dime... ¿tan claro tienes que te quieres dedicar a esto? A que una agencia gestione tu imagen, a que se lleven un porcentaje, a seguir sus guiones...
Marta suspiró, volviendo a esa duda que él había sembrado en el parking.
—No lo sé. Me gusta la idea de crear contenido, de explorar mi cuerpo, pero me agobia pensar en los contratos y en ser un "producto" más de Sonia y su equipo. Me asusta perder el control de lo que soy.
Él asintió, como si hubiera estado esperando exactamente esa respuesta. La miró fijamente, con una seriedad nueva en los ojos.
—Marta... ¿Qué te parece si lo hacemos tú y yo solos? —propuso él, con voz baja pero decidida—. Por nuestra cuenta. Sin contratos de permanencia, sin intermediarios, sin hombres detrás de las cámaras... ni siquiera mujeres si no queremos. Podemos crear nuestro propio canal, nuestra propia marca. Yo tengo el equipo, sé cómo hacerlo y, por lo que hemos visto hoy... la química ya la ponemos nosotros. Sería algo de nosotros dos, para nosotros dos. ¿Qué me dices?
Marta se quedó helada, con el corazón galopando. La propuesta era audaz, íntima y, sobre todo, le daba esa libertad que tanto buscaba. Miró de reojo la figura de él, recordando la potencia descomunal que escondía bajo su ropa y la dulzura con la que la miraba, y sintió que esa era la señal que estaba esperando.
Marta se quedó unos segundos en silencio, procesando la propuesta. De repente, se levantó del sillón sin decir palabra. Él la vio alejarse con el corazón en un puño; por un momento, el pánico le recorrió la espalda. Pensó que había cruzado una línea, que su oferta había sonado demasiado atrevida o incluso turbia. Se quedó mirando su espalda, convencido de que ella buscaría la salida y no volvería a verle más que la nuca desapareciendo entre la gente.
Él se hundió en el asiento, dándose cabezazos mentales por haber arruinado un momento tan perfecto. Pero Marta no se dirigió a la puerta, sino al fondo del local. Pasó un buen rato.
Cuando ella regresó, no fue directa a la mesa. Se detuvo en la barra de madera oscura, intercambió unas palabras con el barman y señaló una de las botellas que descansaban en la cubitera de plata. Luego, con una sonrisa que iluminaba sus nuevos y radiantes ojos verdes, volvió hacia él.
Él, nervioso, empezó a hablar antes siquiera de que ella se sentara:
—Oye, de verdad, discúlpame... Perdona si te ha sentado mal lo que te he dicho —balbuceó, gesticulando con las manos—. Yo no quería... Seguro que ha sonado fatal, o lo he planteado mal, de verdad que lo siento. Siento haber sido tan directo, es que me he emocionado y...
En ese momento, una camarera apareció por el flanco de la mesa portando una cubitera con una botella de Champagne y dos copas de cristal fino.
—Esto es para usted, ¿verdad, señorita? —preguntó la camarera.
—Sí, gracias —respondió Marta con una voz aterciopelada y segura.
Él se quedó mudo, con la boca a medio abrir.
—Vaya... ¿y eso? —acertó a decir, completamente descolocado.
Marta soltó una risita cristalina mientras tomaba la botella y servía con parsimonia una copa para cada uno. El sonido de las burbujas subiendo por el cristal parecía marcar el ritmo de sus pulsaciones.
—Por nosotros —dijo ella, levantando su copa y fijando sus ojos esmeralda en los de él.
Él estaba flipando, con una sonrisa de incredulidad absoluta dibujándosele en la cara.
—¿En serio? —preguntó, casi sin aliento.
—Sí, por nosotros. —Marta se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia hasta que él pudo sentir el calor de su piel, y le dio un beso suave y prolongado en la mejilla, dejando el rastro de su perfume en él—. Por nuestro proyecto. Es la idea más loca que he tenido en mi vida, pero ha hecho posible que te conozca a ti y no a un contrato frío de una agencia. Me fío de mi instinto... y mi instinto me dice que contigo estoy a salvo.
—Jaja, joder... ¡Mola! —exclamó él, brindando con fuerza, sintiendo que la adrenalina del casting no era nada comparada con esto—. ¡Por nosotros!
Siguieron charlando, ya mucho más relajados, dejando que el champagne hiciera su efecto y suavizara los últimos restos de timidez. Hablaron de música, de viajes, de miedos... hasta que Marta, dejando la copa vacía sobre la mesa y apoyando la barbilla en su mano, lanzó la pregunta que llevaba flotando en el aire desde que se vieron en el pasillo de la agencia.
—Por cierto... sé que quizás no importa ahora mismo, pero tengo curiosidad... —le dijo ella, entornando esos ojos verdes que le daban un aire felino—. ¿Tienes novia?
Él se quedó un instante en silencio, mirando el fondo de su copa antes de volver a clavar la mirada en ella. Sabía que la respuesta a esa pregunta iba a determinar la temperatura de lo que quedaba de noche.
La química entre ellos en ese momento era algo casi físico, una corriente estática que hacía que el vello de los brazos se erizara cada vez que sus manos rozaban la mesa. Ya no eran dos desconocidos en un casting; eran dos personas que habían reconocido en el otro una rareza similar, una mezcla de belleza imponente y una vulnerabilidad que los protegía del mundo exterior.
Él sonrió, una sonrisa de medio lado que por primera vez no tenía nada de timidez. Sacó un pequeño bolígrafo de su chaqueta y arrancó un trozo de una servilleta de papel con movimientos lentos.
—Hagamos un juego —dijo él, bajando la voz hasta que solo ella pudiera oírlo—. En este papel voy a escribir la verdad. Porque esa pregunta me importa, Marta... me importa mucho más de lo que pueden parecer mis intenciones. No es solo curiosidad.
Garabateó un par de palabras en la servilleta, la dobló meticulosamente y la dejó en el centro de la mesa, bajo la base de la cubitera de champán.
—Ahí está la verdad. Ahora tú responde: ¿Tú qué crees? —la miró fijamente, desafiándola dulcemente con la mirada—. Y ya de paso... ¿tú tienes pareja?
Marta soltó una carcajada nerviosa, sintiendo el pulso acelerado en el cuello. La intensidad con la que él la miraba la hacía sentir desnuda de una forma mucho más profunda que en el casting.
—Interesante... —murmuró ella, mordiéndose el labio inferior—. Mismo juego. Te propongo el mismo juego.
Ella le quitó el bolígrafo, rozando sus dedos en el proceso, y anotó su propia verdad en otro trozo de papel. Lo dobló y lo puso junto al de él.
—Ahí tienes mi respuesta. Pero antes de abrirlos, dime... ¿qué piensas tú de mí en ese sentido? ¿Crees que una chica como yo está sola?
Él suspiró, recorriendo con la vista cada detalle de su rostro, desde sus ojos verdes hasta la curva de su cuello.
—Sinceramente, cuesta creer que estés libre. Eres... increíble. Pero hay algo en tu forma de mirar, como si estuvieras buscando algo que no es fácil de encontrar, que me hace pensar que no te conformas con cualquiera.
Abrieron los papeles a la vez. Ambos decían lo mismo: "No".
—No tengo novia —explicó él, relajando los hombros—. La verdad es que me cuesta mucho conectar con alguien a ese nivel. Y con lo que viste en la agencia... bueno, no es fácil encontrar a una chica que entienda que mi físico no es lo único que tengo que ofrecer, o que no se sienta intimidada. La mayoría de las veces, las relaciones se vuelven complicadas cuando hay tanta... —hizo un gesto hacia abajo, refiriéndose a su potencia— tanta diferencia de expectativas. Prefiero estar solo que mal acompañado o sentirme como un objeto.
Marta asintió, sintiéndose identificada con cada palabra.
—A mí me pasa igual —confesó ella, sirviendo el último resto de champán—. La gente asume que, por tener este cuerpo o estos ojos, tengo una cola de tíos esperando. Y los hay, pero solo quieren la foto, el trofeo. Se olvidan de que soy tímida, de que me gusta el silencio y de que busco a alguien que me vea de verdad. He tenido parejas, pero siempre sentía que me faltaba algo... una conexión real, sin máscaras.
Se quedaron mirándose en silencio, con los papelitos del "No" sobre la mesa. El hecho de que ambos estuvieran libres por elección, por buscar algo genuino, fue el último empujón que necesitaban. La química brutal que sentían no era solo deseo físico por sus cuerpos espectaculares; era el alivio de haber encontrado, por fin, a alguien que hablaba su mismo idioma.
—Pues parece —dijo él, cogiendo la mano de Marta sobre la mesa y esta vez sin soltarla— que el destino ha tenido que llevarnos a un casting de OnlyFans para que dos personas como nosotros se encuentren.
Marta entrelazó sus dedos con los de él, sintiendo la fuerza y el calor de su mano grande.
—Parece que sí. Y ahora que sabemos que no hay nadie más... ¿qué te parece si empezamos a planear ese proyecto "nuestro"?
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