Marta - Aquí hay tema...
Marta se deslizó del regazo de él para arrodillarse a su lado en el sofá. El ambiente estaba cargado, denso por el deseo que llevaban horas acumulando. Con dedos temblorosos pero decididos, buscó el botón de su pantalón. Al bajar la cremallera, la tela reveló una pequeña mancha de humedad, el rastro inevitable de la excitación contenida durante toda la tarde.
—Quítatelo, Locomía... —susurró ella con una sonrisa traviesa, antes de deshacerse ella misma de su vaquero con un movimiento rápido y eficaz.
Él se despojó de la prenda, quedando solo en boxers, donde su anatomía se marcaba con una urgencia evidente. Marta, sin apartar la mirada, enganchó sus pulgares en la goma de la ropa interior de él y, con suavidad, liberó su miembro por encima del elástico. Estaba totalmente erecto, firme y perfectamente rasurado, con el glande descubierto y reluciente bajo la luz tenue del salón. Ella se quedó un instante en silencio, simplemente admirándolo, mientras pasaba las yemas de sus dedos en una caricia lenta que lo hizo estremecer.
—Es increíble... —murmuró ella antes de inclinarse para besarle los labios con ternura. Luego, bajó de nuevo la vista y empezó a mover su mano con una suavidad rítmica, sintiendo la respuesta inmediata de su cuerpo.
Marta volvió a subir, sentándose de nuevo a horcajadas sobre él, pero esta vez sintiendo la conexión directa de sus pieles. Se inclinó hacia su oído y, con una voz cargada de una mezcla de pasión y cuidado, le advirtió:
—No lo hagas dentro, cielo. Avísame.
Se hundió sobre él con un suspiro de placer. La conexión fue total, como si sus cuerpos hubieran sido diseñados para encajar en ese preciso instante. La respiración de él se entrecortó al sentirla tan cálida, tan suya.
—Ve despacito, Marta... ve despacito —le pidió él, agarrándola de la cintura para marcar un ritmo pausado que les permitiera saborear cada segundo de esa unión perfecta.
El tiempo se detuvo mientras se movían en una danza sincronizada, hasta que la tensión llegó a su punto crítico. Él le dio una señal apenas perceptible, un apretón más fuerte en sus caderas. Entendiendo el mensaje, Marta se deslizó hacia fuera con suavidad, sin romper el hechizo. Con una mano experta, empezó a masturbarle con un ritmo acelerado, mientras él, con una coordinación impecable, hacía lo propio con ella, encontrando el punto exacto que la hacía arquear la espalda.
La respuesta de él no se hizo esperar. Fue una liberación abundante, potente, que terminó alcanzando el rostro de Marta. Ella no se apartó; al contrario, mantuvo la mirada fija en él, sonriendo con una satisfacción absoluta mientras veía cómo su polla terminaba de latir al ritmo de su propia mano.
Cuando todo terminó, el silencio del salón solo se veía interrumpido por sus respiraciones agitadas. Marta se inclinó hacia delante, limpiándole con un gesto dulce antes de volver a besarle, esta vez con una paz infinita. Se fundieron en un abrazo apretado, piel con piel, sintiendo que después de aquello, el "chico de la montaña" y la "modelo de ciudad" ya no volverían a ser los mismos.
Él se quedó unos instantes en silencio, con el pecho todavía subiendo y bajando con fuerza, mientras sentía el peso reconfortante de Marta sobre sus brazos. La miró con una mezcla de aturdimiento y fascinación, como si estuviera intentando recomponer las piezas de un puzle que acababa de saltar por los aires.
—Pero... esto no estaba previsto —soltó él con voz ronca, casi en un susurro—. Esto no era lo que habíamos pactado, Marta. Se suponía que éramos socios, que mantendríamos las distancias...
Marta, lejos de asustarse por la mención del pacto, se incorporó un poco y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Sus ojos verdes brillaban con una luz triunfal y juguetona, reflejando una seguridad que lo desarmó por completo.
—Nada lo es... —respondió ella con una sonrisa ladeada, cargada de orgullo—. Hemos roto todos los esquemas, Locomía, y la verdad es que me encanta. Los planes están sobrevalorados cuando la realidad es mucho mejor.
Se separó de él con una lentitud calculada, dejando que el aire fresco de la habitación rozara sus cuerpos todavía calientes. Se puso en pie, mostrando su silueta con una naturalidad absoluta, y le tendió la mano con un gesto cómplice.
—¿Te hace una ducha? —le preguntó, arqueando una ceja con malicia—. ¿O piensas quedarte así toda la noche en mi sofá, como un trofeo de caza?
Él soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza mientras aceptaba su mano para levantarse. El "protocolo" y las normas que habían discutido durante la cena se sentían ahora como algo de otra vida.
—Creo que la ducha es una excelente idea —respondió él, atrayéndola de nuevo hacia sí por un instante antes de caminar hacia el baño—. Pero no te garantizo que salgamos de ella pronto.
Marta soltó una risotada traviesa y le dio un palmetazo juguetón donde antes había aterrizado la cachetada de la mañana.
—Menos charla y más acción, Spiderman. El agua caliente no espera.
Entraron en el baño, un espacio pequeño pero acogedor que pronto se llenó de una nube de vapor envolvente. Él caminaba tras ella, sintiendo cómo la piel se le erizaba no por el frío, sino por la cercanía. A pesar de haber culminado hace apenas unos minutos, su cuerpo seguía reaccionando a la presencia de Marta; mantenía una erección firme y orgullosa que delataba lo mucho que ella le seguía alterando.
Marta se dio la vuelta mientras abría el grifo y, lejos de mostrarse sorprendida o incómoda, le dedicó una mirada de absoluta admiración. Con una naturalidad pasmosa, pasó su mano por su vientre, rozando su miembro con una caricia que buscaba darle seguridad.
—¿Te gusta así o más caliente? —preguntó ella, ajustando el mando de la ducha mientras el agua empezaba a golpear los azulejos con un sonido rítmico.
Él dio un paso al frente, entrando bajo el chorro de agua que empezaba a empaparles el pelo y a resbalar por sus hombros. La atrajo hacia sí, pegando su pecho contra el de ella, sintiendo cómo el agua caliente hacía que el contacto de sus pieles fuera aún más fluido.
—Así es perfecta —dijo él, rodeándola con sus brazos y hundiendo el rostro en su cuello húmedo—. Eres perfecta... Aunque el agua estuviera helada, dudo que fuera a pasar frío a tu lado.
Se quedaron así unos instantes, dejando que el agua recorriera sus cuerpos, borrando el cansancio y dejando solo la frescura de una conexión nueva. Fue entonces cuando él, separándose un poco para mirarla a la cara, lanzó la propuesta que llevaba rondándole la cabeza desde la cena.
—¿Vendrás mañana conmigo al pueblo? —le preguntó con una mezcla de ilusión y timidez—. Si quieres, puedes salir a entrenar conmigo. Me gustaría enseñarte mi rincón en el mundo... y ver cómo te desenvuelves fuera del asfalto.
Marta sonrió, bajo la lluvia artificial de la ducha, sintiendo que aquel viaje no era solo una invitación a su casa, sino una entrada oficial a su vida real, lejos de las cámaras y los planes de marketing.
Salieron del baño envueltos en una nube de vapor y en el aroma del jabón que ahora compartían. Él tomó una toalla grande y esponjosa y, con una dulzura exquisita, empezó a secarla. No era un gesto apresurado; pasaba la toalla por sus hombros, bajando por su espalda con una delicadeza que parecía querer memorizar cada curva de su piel. Marta cerraba los ojos, disfrutando de ese mimo inesperado, pero sus manos no se quedaban quietas: buscaban constantemente el contacto, acariciando sus brazos húmedos o enredando sus dedos en el vello de su pecho.
Ella estaba encantada, flotando en esa burbuja de atención que él le brindaba. Se sentía cuidada, pero también traviesa.
—¿Te pondrás la chaquetita hoy para dormir? Spiderman... —le soltó ella con una mirada cargada de guasa, recordando la famosa chaqueta rosa que había empezado todo este lío.
Él soltó una risita corta mientras le secaba el pelo con suavidad, intentando recuperar un poco de esa compostura de "hombre que tiene planes".
—No, yo me iba ya... —respondió él, aunque sus manos seguían recorriendo su cintura, desmintiendo cada una de sus palabras.
Marta soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en el pasillo, se zafó un momento de la toalla y se plantó frente a él, desnuda y radiante, con los brazos cruzados y una chispa de victoria en los ojos.
—No te lo crees ni tú... —le dijo ella riéndose de su falta de voluntad—. Además, te cuento un secreto: he cerrado por dentro y ahora mismo no encuentro la llave.
Él dejó caer la toalla sobre sus hombros y se quedó mirándola, rindiéndose finalmente a la evidencia. La idea de la montaña, del entrenamiento temprano y de la hora de viaje se sentía como algo que le había pasado a otra persona en otra vida.
—Eres un peligro, Marta —murmuró él, acortando la distancia y volviendo a pegarla a su cuerpo—. Un peligro absoluto.
—Y tú eres un pésimo mentiroso —replicó ella, rodeándole el cuello con los brazos—. Así que olvídate de la llave y llévame a la cama, que mañana el entrenamiento en el pueblo va a ser duro y necesito descansar... o no.
Él la atrajo hacia sí, sintiendo todavía la humedad de la ducha en sus pieles, y la miró con una ceja arqueada y una sonrisa que era pura provocación.
—O sea, ¿eso es un sí? —le preguntó en voz baja—. ¿Mañana vienes a entrenar conmigo? Te prometo que seré bueno... Mañana tampoco me toca hacer tanto, podemos ir a un ritmo tranquilo para que no sufras.
Marta se separó apenas un centímetro, lo suficiente para clavarle una mirada cargada de una suficiencia muy sexy. Se pasó una mano por el pelo mojado, apartándoselo de la cara con un gesto decidido.
—¿Que serás bueno? ¿Que no sufra? —Marta soltó una risita seca, casi desafiante—. Escúchame bien, Spiderman: que me guste el rosa no significa que no sepa lo que es sufrir en una cuesta. Entreno cinco días a la semana y te aseguro que tengo más fondo del que aparento. Igual el que tiene que pedir clemencia mañana eres tú como me dé por apretar el paso.
Él se quedó mudo un segundo, gratamente sorprendido por ese fuego competitivo que no había visto venir, y terminó por reírse, asintiendo con respeto.
—Vale, vale... No he dicho nada. Me muero por ver de qué eres capaz fuera del gimnasio.
Se metieron en la cama y las sábanas frescas fueron el último refugio del día. El cansancio, ahora sí, empezaba a pesar, pero era un cansancio dulce. Se acomodaron de lado, encajando perfectamente, con ella de espaldas y él rodeándola, formando esa "cuchara" que parecía la posición natural de sus cuerpos.
—¿A qué hora te quieres levantar mañana? —le preguntó Marta, sintiendo el aliento cálido de él en su nuca.
—Pues para salir pronto a entrenar y aprovechar la fresca, ¿sobre las seis te va bien? —propuso él—. Si quieres, puedes ir durmiendo por el camino mientras yo conduzco. O bueno... si prefieres, sube con tu coche y así te bajas cuando quieras, supongo que tendrás cosas que hacer. O te bajo yo luego... lo que prefieras.
Marta dio media vuelta entre sus brazos para quedar frente a él, compartiendo la misma almohada. Sus narices se rozaron en la penumbra.
—Mañana a las seis arriba —sentenció ella con determinación—. Y no necesito dos coches. Subimos en el tuyo, entrenamos, y luego ya veremos cómo volvemos... o si volvemos. No tengo ninguna prisa por bajarme de tu montaña.
Él sonrió, le dio un último beso suave en la frente y la apretó un poco más contra su pecho.
—Hecho. A las seis te quiero lista, guerrera.
Se quedaron pegados, escuchando la respiración del otro hasta que el sueño los venció, con la promesa de un amanecer entre senderos y el eco de una jornada que lo había cambiado todo.
El despertador ni siquiera llegó a sonar. A las 5:45, él ya estaba en pie, moviéndose por la casa con el sigilo de un cazador para no despertar a la "guerrera". Se tomó su tiempo en la cocina, peleándose con una cafetera que no era la suya y rebuscando en los armarios con la curiosidad de quien explora una cueva.
Antes de que ella abriera los ojos, él regresó un momento al dormitorio y dejó un detalle sobre la almohada: una pequeña flor que había arrancado de una maceta del balcón, colocada con cuidado junto a una nota que decía: "A ver si corres tanto como hablas".
Marta empezó a desperezarse, sintiendo el vacío en el colchón y el olor a café recién hecho. Sonrió para sus adentros, pero enseguida se puso en guardia.
—A ver con qué pintas me encuentro a este melón hoy... —pensó, imaginándoselo de nuevo con la chaqueta rosa o algo peor.
Se levantó, se puso una bata fina y caminó hacia la cocina. Al cruzar el umbral, se quedó congelada. Allí estaba él, de espaldas, intentando dominar la tostadora. No llevaba la chaqueta rosa, pero para "dar la nota", se había puesto una cinta del pelo de ella con un lazo enorme y se había pintado dos rayas de guerrero en las mejillas... con lo que parecía ser delineador de ojos.
—¡Buenos días! —exclamó él con una sonrisa triunfal, señalando la mesa—. He improvisado un desayuno de campeones. Hay que desayunar fuerte para el viaje y el entreno.
Marta miró la mesa. Había café humeante y unas tostadas con un aspecto... peculiar. Tenían una capa generosa de algo verde brillante y encima, unos pegotes de una sustancia oscura y densa.
—Pero bueno... tostadas y todo, qué detalle —dijo ella, acercándose con curiosidad—. ¿Esto de dónde ha salido? ¿De dónde has sacado mermelada de ciruela? ¿La has traído tú en el coche?
—¿Yo? No, de ese armario de ahí arriba —respondió él muy convencido, dándole un sorbo a su café—. Estaba al fondo. Parecía un poco espesa, pero oye, el sabor debe ser intenso.
Marta cogió una de las tostadas, la olió y luego miró el bote que él había dejado sobre la encimera. Se quedó muda un segundo, procesando el desastre culinario.
—La madre que te parió... —soltó ella, estallando en una carcajada que casi le hace tirar el café—. ¡Eso no es mermelada, melón!
—¿Cómo que no? Es oscura, tiene trozos... —replicó él, frunciendo el ceño.
—¡Es pasta de miso fermentada! —rio ella, señalando el tarro—. Y lo verde no es aguacate, ¡es wasabi! Me vas a quemar el estómago antes de salir de la ciudad. ¿Tú te has fijado en lo que ponía en el bote?
Él se quedó mirando la tostada, luego a ella, y finalmente soltó una risa avergonzada mientras se quitaba la cinta del pelo con el lazo.
—Vale, acepto el error técnico. Es que los botes de los modernos son muy raros —se defendió él riendo—. Pero oye, despejar, te va a despejar de golpe. ¿Hacemos unas nuevas de aceite y sal o te atreves con el "desayuno samurái"?
Marta se apoyó contra la encimera, sujetándose el estómago, incapaz de contener las carcajadas mientras veía a aquel hombre, con sus pinturas de guerra en la cara, defendiendo su creación culinaria.
—¿Desayuno Samurái? —repitió ella entre risas—. ¿Pero quién te crees que eres ahora, Daniel San? Qué cabeza... te veo cazando moscas con palos chinos de aquí a un rato, no me jodas.
Él la miró con una indignación fingida, inflando el pecho y tratando de recuperar una dignidad que el lazo de la cabeza le había robado por completo.
—Anda, anda... Daniel San era un rarito, no como yo —replicó él, señalándose con el pulgar—. Yo soy un tío elegante, con gusto y clase. Nada de moscas con palitos ni pollas. Es cocina de vanguardia, Marta, se llama "fusión". Pues yo lo voy a probar, que me lo he currao y no puede estar tan...
—¿Pero qué coño dices? —le interrumpió ella, descojonándose viva al ver cómo se acercaba la tostada a la boca con una determinación suicida—. ¡Que te va a dar un parraque, que eso es puro fuego!
Él, haciendo gala de su cabezonería, le pegó un bocado valiente a la tostada de wasabi y miso. Durante tres segundos, se quedó estático, masticando con una expresión de "aquí no pasa nada". Pero entonces, el picante del wasabi le subió directo por la nariz y el salado extremo del miso le invadió las papilas. Sus ojos se abrieron como platos, empezaron a lagrimear y su cara pasó de un tono normal a un rojo brillante en tiempo récord.
—¡Hostias! —soltó de golpe, apartando la tostada como si fuera uranio—. ¡Esto no se puede comer! ¡Con esto se te abre el alma en canal, me cago en todo!
Marta tuvo que sentarse en la silla porque las piernas no la sostenían de la risa. Ver a aquel tipo, que ayer parecía un experto informático serio y un amante sofisticado, luchando por su vida contra una tostada de "mermelada de ciruela" era demasiado.
—¡Te lo he dicho, melón! —rio ella, acercándole un vaso de agua—. Que eres un peligro en la cocina. Quítate esas pinturas de la cara, que pareces un indio que ha perdido la guerra, y deja que yo haga unas tostadas normales. A este paso no llegamos al pueblo, llegamos a urgencias.
Él bebió el agua de un trago, resoplando como un toro, mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano.
—Vale, me rindo —admitió con la voz un poco tomada por el picante—. El samurái se retira. Pero oye... admitamos que como despertador no tiene precio. ¡Tengo los poros de la piel más abiertos que las puertas de un centro comercial!
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